martes, 7 de junio de 2022

Ejercicio 6C- Relato- Rocío de Juan

 EL AUTÓGRAFO

Lo que más me gusta de las calles de Andalucía es que están diseñadas con la inteligencia del que sabe que tiene que resguardarse de un sol impenitente. Y eso hice yo, justo antes de la hora del almuerzo, al entrar en una cafetería de la capital gaditana en plena calle del Rosario. El local, fresquito gracias al aire acondicionado, las contraventanas cerradas y las paredes de piedra, estaba solitario debido a la canícula. La excepción era el dueño, acodado tras el mostrador y un anciano, sentado en el banco azul frente a la barra, que movía su mano derecha en frenético movimiento.

—Buenas tardes, o mañanas, según se mire —saludé, sin despegar la vista del hombre.

—Mañanas, mejor, que aún no hemos almorzado. ¿Una cervecita?

—Sí, sí. —Y todavía distraído por mis pensamientos me situé frente a la barra, dando la espalda al banco azul y su ocupante. Resuelto a ser discreto, le atisbaba de tanto en tanto, haciendo uso del reflejo en el cristal que enmarcaba el famoso cartel de Lolita de Nabokov. Esta parecía sacarle la lengua a su tocaya, Lola, la faraona, cuya fotografía situada justo enfrente, la mostraba posando jovencísima y orgullosa.

Al final no pude contenerme y me giré:

—¿Puedo ayudarle en algo? —y repetí en inglés—: Do you need anything?

Él alzó la vista de inmediato. Le calculé unos ochenta años, lustro arriba o abajo. Poseía unas cejas pobladas y anárquicas, canosas pero con trazos de un castaño desvaído. El cabello, de un blanco rubio, corto y lacio, aún le poblaba la cabeza. La boca era gruesa y ancha, y encajaba perfectamente con su ancho mentón, tan cuadrado que parecía el de un pugilista. Cuando enfrenté sus ojos azules estos brillaban de un modo tan vivaz que descarté enseguida que el anciano tuviera perdida la razón.

—Papel —dijo el hombre.

—¿Papel? —repetí yo, confuso por un momento. Si me hubiera respondido en inglés me hubiera sorprendido menos, pues ya le había calificado de güiri en mi fuero interno. Hecho que tuve que descartar, porque su acento era suave, pero inequívocamente de la tierra.

—Me ha preguntado si necesito algo, y le pido papel —insistió el falso guïri.

Despejadas mis dudas sobre la lucidez del anciano, le sonreí. Con un gesto ampuloso, extraje la libreta y el bolígrafo que siempre llevo en un bolsillo de la chaqueta, y se los tendí. Sus ojos relumbraron aún más, y extendió la mano con el ansia del indigente al que se le ofrece una bebida confortante en una noche de invierno.

—Quédesela si quiere —musité, mientras terminaba la cerveza de un trago, y asistía a la confirmación de mis sospechas.

La mano nerviosa del hombre desplegó una actividad frenética sobre el papel. No me había equivocado en mi intuición y aquello me proporcionó una extraña sensación de déjà vu, de un sueño muy repetido. Porque lo que el anciano ejecutaba sobre el papel era algo que me había imaginado haciendo yo mismo: rubricar un texto con mi firma como si fuera famoso.

El hombre rellenó toda una página con su autógrafo —o eso deduje yo—, confirmando lo que había sospechado al verle mover la mano, en un gesto que unía pulgar e índice, como si sostuviera un bolígrafo invisible, al tiempo que trazaba letras en el aire. Y ahora que portaba uno real, se dedicaba a firmar, sí, pero de modo compulsivo e imparable, de manera que apenas tardó diez minutos en completar todos los espacios en blanco de la libreta. Al terminar, alzó la vista hacia mí como un niño al que se le rompe el juguete con el que se entretenía, su brillante mirada azul empañada por la frustración de no poder seguir.

Oí una voz a mi espalda:

—¿Le ha reconocido? —dijo el joven tras el mostrador.

—¿Debería conocerle?

—Claro que sí. ¿No le resulta familiar?

Ambos, el joven y yo, dirigimos nuestra atención hacia el hombre mayor, que nos contemplaba con una media sonrisa, como disfrutando del juego de adivinación en el que me habían embarcado.

—No es un cantante…

—No —confirmó satisfecho el falso güiri, que ahora ampliaba la sonrisa mostrando todos los dientes, cuadrados, perfectos y alineados.

—¿Actor?

—Caliente, caliente.

Yo seguía contemplando aquellos ojos azules, el cabello rubio canoso, su boca gruesa y ancha que parecía burlarse de mí, el mentón… ¡el mentón!

—¡Como no me he dado cuenta antes! ¡Es usted clavadito a Charlton Heston!

La boca del anciano, si era posible, se abrió aún más al expandirse la sonrisa. Extendió la libreta que yo le había cedido para mostrarme lo que allí estaba escrito. Repetido de un modo obsesivo, una gigantesca «C» envolvía el «harlton», y una «H» también descomunal donde la línea horizontal se alargaba hasta el final de la firma, daba sombra al «eston».

—Pero usted no es Charlton Heston —objeté—. Mi padre tiene su edad y casi hizo luto el día que murió ese actor, hace casi diez años.

—Ah, entonces no sabe a quién tiene delante —dijo el joven del mostrador, dejándome aún más boquiabierto—. Pues nada menos que a Gonzalo de Esquiroz, que aunque vive en Murcia ahora de vez en cuando hace una visita a la tierra donde se crio después de venirse de Canarias.

—¿Y por qué firma como…?

—Pues porque yo fui su doble, hijo —intervino el anciano—. En la época en la que rodaban los yanquis en Almería me cogieron a mí como doble del gran Heston. Y no fue el único actor del que fui su especialista, pero sí al que más me parecía. Aquí la gente me detenía por la calle gritando: «¡Charlon, un autógrafo, plis!», y yo me hacía el güiri, firmaba, y les hacía felices.

—Hasta hace diez años, claro —completó la historia el joven—. Por eso, cuando viene de visita a Cádiz, se acerca aquí a recordar. —Con la mano hizo un gesto amplio que abarcaba todos los retratos de artistas.

No pude evitar hacerle una petición.

—¿Me firmaría un autógrafo para mi padre? Se va a morir de ilusión, figúrese.

El anciano, confuso, me tendió la libreta repleta de las firmas que creía que le estaba pidiendo.

—No, no —aclaré—. Con su nombre: Gonzalo. ¡La ilusión que le va a hacer cuando le diga que le he conocido!

Y desde ese día, es la firma de ese nombre desconocido la que preside la casa de mis padres, aunque todas las visitas, muy educadas, no se atrevan a preguntar quién es ese tal Gonzalo de Ezquiroz que provoca en mi progenitor esa sonrisa de orgullo cada vez que lo mira.

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