ARDIENTE SECRETO
Aún tengo en la mano el
auricular del teléfono —ha sido la policía quien me ha comunicado la noticia— y
me dispongo a hablar con Emma. Subo despacio las escaleras hasta el dormitorio
y desde el umbral de la puerta contemplo su figura recostada.
—¿Quién llamaba? —Su
voz se escucha adormecida.
Me acerco a la cama y
me siento a su lado. Emma se incorpora, leo la inquietud en sus ojos.
—Sara
ha… —empiezo a decir, pero me callo. Emma adivina el resto por la forma en que
aprieto su brazo.
En una hora ha tomado
el control de la situación. Prepara una maleta con lo indispensable, y
arrancamos el coche sin despedirnos de nadie. Apenas charlamos durante el
viaje. Emma conduce las primeras horas hasta que entramos en Francia y hacemos
un alto al llegar la hora de la comida. En la cafetería yo devoro un sándwich
tras otro y pido una segunda Coca-Cola. Ella sólo le ha dado un mordisco al
suyo, y permanece con la vista baja.
—¿Te arrepientes? —dice
Emma de improviso. Olvido la comida un instante para enfrentar sus ojos. Nunca
creí que la oiría preguntarme eso.
Pero sí, lo he pensado
muchas veces. Durante las interminables peleas con Sara, su amiga Emma siempre
aparecía como por ensalmo, inundando mis sentidos con su aura pacífica, con la
promesa silenciosa de una vida estable y tranquila, sin sobresaltos. Justo lo
contrario a lo que en ese momento era mi matrimonio con Sara. Parecía inevitable
ceder al benéfico reposo que prometía Emma.
Sara me hizo una última
gran escena al enterarse y se fue a Viena con la excusa de un lectorado. Cortó
toda comunicación con su amiga, pero a mí me escribía con cierta frecuencia. Le
gustaba zaherirme y yo releía sus correos electrónicos dos, tres, diez veces. «Me
has destrozado la vida», escribía Sara. «Mi amiga jamás me hubiera traicionado.
Éramos uña y carne. Has debido seducirla con todas tus artes».
En la cafetería, Emma
continúa aguardando mi contestación. Podría responder con otra pregunta: «¿Por
qué la envidiabas tanto?», pero me excuso diciendo que tengo que ir al aseo.
Los baños públicos
masculinos son el único lugar donde puedo hablar a solas con Clarisa. Es
compañera de trabajo de Emma, y desde hace varios meses, mi desahogo emocional.
Hasta hace poco, solo charlábamos de los problemas con nuestras respectivas
parejas, pero la última vez se nos fue de las manos y acabamos en su cama. Clarisa
es fuego. Echaba de menos esa visceralidad, la de mi primera mujer.
Sara ha muerto en Viena.
Pero cuando regrese a España, los ardientes brazos de Clarisa me estarán esperando.
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