martes, 7 de junio de 2022

Ejercicio 8B2- Relato- Rocío de Juan

 

ARDIENTE SECRETO

 Sara ha muerto en Viena. Quiero creer que no estaba sola, que al menos le acompañaba el profesor de música del que me hablaba en su último correo electrónico, hace ya dos meses. Me cuesta unos minutos asimilar que no volveré a escuchar su risa alocada, la que en otro tiempo excitaba mi malhumor y preludiaba los gritos.

Aún tengo en la mano el auricular del teléfono —ha sido la policía quien me ha comunicado la noticia— y me dispongo a hablar con Emma. Subo despacio las escaleras hasta el dormitorio y desde el umbral de la puerta contemplo su figura recostada.

—¿Quién llamaba? —Su voz se escucha adormecida.

Me acerco a la cama y me siento a su lado. Emma se incorpora, leo la inquietud en sus ojos.

—Sara ha… —empiezo a decir, pero me callo. Emma adivina el resto por la forma en que aprieto su brazo.

En una hora ha tomado el control de la situación. Prepara una maleta con lo indispensable, y arrancamos el coche sin despedirnos de nadie. Apenas charlamos durante el viaje. Emma conduce las primeras horas hasta que entramos en Francia y hacemos un alto al llegar la hora de la comida. En la cafetería yo devoro un sándwich tras otro y pido una segunda Coca-Cola. Ella sólo le ha dado un mordisco al suyo, y permanece con la vista baja.

—¿Te arrepientes? —dice Emma de improviso. Olvido la comida un instante para enfrentar sus ojos. Nunca creí que la oiría preguntarme eso.

Pero sí, lo he pensado muchas veces. Durante las interminables peleas con Sara, su amiga Emma siempre aparecía como por ensalmo, inundando mis sentidos con su aura pacífica, con la promesa silenciosa de una vida estable y tranquila, sin sobresaltos. Justo lo contrario a lo que en ese momento era mi matrimonio con Sara. Parecía inevitable ceder al benéfico reposo que prometía Emma.

Sara me hizo una última gran escena al enterarse y se fue a Viena con la excusa de un lectorado. Cortó toda comunicación con su amiga, pero a mí me escribía con cierta frecuencia. Le gustaba zaherirme y yo releía sus correos electrónicos dos, tres, diez veces. «Me has destrozado la vida», escribía Sara. «Mi amiga jamás me hubiera traicionado. Éramos uña y carne. Has debido seducirla con todas tus artes».

En la cafetería, Emma continúa aguardando mi contestación. Podría responder con otra pregunta: «¿Por qué la envidiabas tanto?», pero me excuso diciendo que tengo que ir al aseo.

Los baños públicos masculinos son el único lugar donde puedo hablar a solas con Clarisa. Es compañera de trabajo de Emma, y desde hace varios meses, mi desahogo emocional. Hasta hace poco, solo charlábamos de los problemas con nuestras respectivas parejas, pero la última vez se nos fue de las manos y acabamos en su cama. Clarisa es fuego. Echaba de menos esa visceralidad, la de mi primera mujer.

Sara ha muerto en Viena. Pero cuando regrese a España, los ardientes brazos de Clarisa me estarán esperando.

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