ÁNGULO
MUERTO
Aquel
verano leí en las noticias que un chino de setenta años llevaba más de la mitad
de su vida bebiendo queroseno. Lo hacía para curar sus tos persistente. Se
calculaba que la cantidad de combustible que el hombre había consumido era
suficiente como para recorrer una distancia similar a la de Jerez-Vladivostok,
ida y vuelta, en automóvil.
Yo me acababa de sacar el carné de conducir, a
mi casi medio siglo de edad, y el trayecto de Jerez a Monesterio me hacía
pensar en la historia del oriental. Iba allí cada fin de semana para relevar a
mi hermano en el cuidado de nuestra madre, que había cogido una neumonía
bastante seria. Tosía de un modo que me encogía el pecho. No dejaba de
preguntarme si el chino del artículo se habría curado de su dolencia. Me
imaginaba diciéndole a mi madre: «Mamá, bébete una tacita de queroseno y verás
cómo te alivia». «Tú lo que quieres es no coger el coche», me respondería. Y hubiera
tenido razón. Ella era el único motivo por el que me había atrevido a superar
aquel miedo atávico a conducir.
Aquel verano, en cierto pueblecito de Siberia, los
osos incrementaron los ataques al ganado. Las noticias justificaban aquel
comportamiento inusual por el conflicto entre los osos jóvenes y los adultos. Yo había discutido con mi madre casi
desde el momento de nacer. En la primera ocasión que tuve —una beca de
estudios— puse más de 200 km entre nosotras. No por eso desistió de expresarme
cualquier opinión que tuviera sobre mis elecciones personales o profesionales.
«Tenías cabeza para una oposición y no quisiste, ahora no protestes porque te
despidan». «Ese hombre no te convenía, solo a ti se te ocurre buscarte un
militar». «¿Y criarías el bebé tú sola? Porque no creo que me lo trajeras a
casa». Estaba segura de lo que hacía,
eso afirmaba yo en alto; pero la verdad es que llevaba meses saliendo con un
hombre casado y nadie, ni siquiera mis amistades más cercanas, sabían este
«detalle».
La noticia que más me impactó oír en esos meses
—subía el volumen en el coche cada vez que la mencionaban—, había sido la de un
parricidio. Ocurrió en los EE.UU. Un menor de edad había asesinado a sus
padres, y luego dejó los cadáveres en el dormitorio. Esa misma tarde convocó
una fiesta en su casa y la abarrotó de gente. Alguien le había denunciado, por
eso la policía pudo descubrir el pastel antes de que el chico saliera huyendo.
Yo no había
tenido padre. Era tan pequeña cuando nos dejó, que sólo invocaba la imagen de
unos zapatos color marrón con cordones; recuerdo que me gustaba tirar de ellos.
Mi madre nos había criado a mi hermano y a mí con más firmeza que carantoñas. Nunca
me atreví a preguntarle por él.
—Cuéntame algo, hija —me pedía en
aquellas horas largas del verano que ambas pasábamos encerradas en la casa de Monesterio.
Solía sentarse en la pequeña salita de estar, arrebujada en un mantón de lana,
y con los pies bajo la falda de la camilla, casi rozando el brasero.
Yo le leía
los cotilleos de las revistas, de los nuevos amores de los famosos, las
monarquías que enseñaban sus palacios y los viajes que se permitían los
millonarios. Ella torcía el gesto, y cerraba los ojos, aburrida.
Hasta que un día me rebelé.
Así que le hablé del chino que bebía
queroseno como si fuera Flumicil, de los osos que hacían equipos de padres
contra hijos para asaltar granjas siberianas, y del chico que escondía un
macabro secreto en el dormitorio mientras montaba una fiesta a lo grande en su
propia casa. Los ojos de mi madre chispeaban, y hasta parecía toser menos. Y
entonces llegó la confidencia.
—Tu padre no nos dejó. —Se envolvió
más en su manta—. Tenía otra familia, ¿sabes? Antes de conocerme, pero eso no
me importaba. Estuvimos juntos cinco años. —La mirada se le había aguado, y yo
la contemplaba sin atreverme a respirar. Comenzó a toser, y me apresuré a
alcanzarle el vaso de agua.
—Lamento que tengas que conducir tanto para
venir a verme —finalizó.
La contemplé
unos segundos. De repente sentía frío, a pesar de la cercanía del brasero, de
la casa caldeada, del sol que brillaba inmisericorde al otro lado de la
ventana. Me acerqué y le cogí una de sus manos huesudas entre las mías.
—No es tan
terrible la carretera. Cada vez lo hago mejor. —Hice una pausa—. Estoy
aprendiendo a vigilar el ángulo muerto, ¿sabes? Es lo más peligroso.
E insistí:
—Sí, creo que cada vez lo hago mejor.
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