DESDE LA OTRA ORILLA
Ella podría haber sido el titular del día: “Una mujer de veinticinco años vuelve a la vida gracias al corazón de un delfín”. Pero, afortunadamente, nada se sabrá públicamente de la intervención atrevidísima del cardiólogo que la ha salvado de una muerte segura. La malformación congénita que estaba acabando con ella no tenía solución salvo con un transplante que llevaba meses esperando.
No tenía nada que perder. Todos los especialistas a los que consultó le habían confirmado que su debilitado corazón no aguantaría más allá de unos pocos días. Situación de declive clínico, dictaminaron todos. Y ella quería vivir. A cualquier precio. Cuando suplicó al cirujano que hiciera un milagro, él le contestó con una sonrisa : “Te voy a implantar el corazón de un delfín, bella sirena”. Ella ni lo dudó.
“La intervención ha sido un éxito”, oye decir entre sueños al cirujano.
Dos días más tarde sale de la espesa niebla, rodeada por varias máquinas que pitan sin parar. Se toca el pecho recubierto por un grueso vendaje. Nada traspasa de lo que hay debajo pero siente los latidos acompasados.
No tiene plena conciencia de lo que ha sucedido aunque el médico se lo explicó todo detenidamente antes de la anestesia. Sólo siente la vida golpeándola en el pecho. Y dolor de cabeza.
Cierra los ojos y se deja acunar por los pensamientos que van y vienen como un oleaje que la tranquiliza. Nota el roce del agua sobre su piel y cierto olor a yodo, y al levantar los párpados, se zambulle en la dulzura de la mirada de la enfermera que está limpiándole la zona de la muñeca donde está pinchada la vía.
Y de nuevo se abisma en el sueño.
Le llegan voces distorsionadas que parecen estar cerca pero carece de fuerza para abrir los ojos. Se deja mecer por esta canción que le trae retazos de la infancia que desfilan como fotogramas.
Las amigas saltando a la comba en el patio del colegio. Entre risas aceleran el ritmo hasta enloquecerlo.
“Yo tengo unas tijeras
que se abren y se cierran
yo toco el cielo
yo toco la tierra
yo me arrodillo
y me salgo fuera”
Ella las mira sentada debajo del castaño. “No le convienen los esfuerzos físicos, la pueden matar”, sentenció el médico cuando detectaron la malformación. De las ganas que tiene de saltar se le mueve todo el cuerpo y las patas de la silla chirrían contra el suelo.
Al anterior juego se le solapa ahora el de la rayuela. Dibujar en el suelo con tiza las casillas del avión es lo único que le permiten. Nada de saltar a la pata coja ni tampoco jugar al pilla-pilla y menos aún a policías y ladrones.
De nuevo intenta abrir los ojos para contestar a esta voz que la llama pero sus párpados son de plomo y está tan cansada.
Sin embargo se nota ligera. Al intentar moverse, con la ondulación de la parte inferior de su cuerpo, la sábana y la manta resbalan por la lisura de su piel húmeda. La sorprende el frío metálico de las barandillas de sujeción.
Suelta el pelo aprisionado por el gorro quirúrgico y las mechas se esparcen como algas sobre la almohada. Y nada veloz entre las aguas que refrescan la fiebre de su cuerpo. Pero la cabeza se vuelve densa y pesada. Siente que la arrastra hacia las profundidades. El olor salino se clava en sus fosas nasales. No consigue respirar, debe volver a la superficie, se ahoga.
Un grito saca de su modorra a la señora recostada en el sillón. Debe de ser su madre. No lo tiene claro porque no distingue bien sus rasgos.
Ahora sus dedos, nerviosos, desenredan las algas que le envuelven el cuello. No lo consigue, se agobia. “Tranquila, hija. ¿Te aprieta el cuello del camisón?”, le pregunta solícita su acompañante. No puede responder. Solo asiente con la cabeza al tiempo que llora de impotencia. “Tranquila, hija, todo ha ido muy bien. El médico es muy optimista”. La voz le llega como desde muy lejos.
En su cabeza se entrechocan las distintas partes de su cerebro. El dolor se vuelve mareante. Siente náuseas. Tiene la boca llena de agua salada. Va a vomitar. Se asoma por encima de la barandilla. La superficie centelleante del agua oscila agravando la sensación de balanceo. El frescor de una mano la ayuda a recostarse. “Ya ha pasado, Cristina. Tranquila.”
La sensación de ahogo permanece. Quiere quitarse el collarín de algas que la ahoga. Nota con las yemas las vesículas del tamaño de un guisante que les sirven de flotadores y que tanto le gustaba aplastar de niña. Oye el chasquido que hace cada una al estallar…pero las algas no ceden y le lastiman los dedos. Y, ¡cuánto le duele la cabeza! Se lleva la mano a la frente en un intento de mitigar el dolor pero descubre entonces una protuberancia encima de la ceja. ¿Se habrá caído en el posoperatorio? Su mano asustada tantea ahora la otra ceja. El abultamiento abarca la totalidad de la frente. Quiere gritar pero solo consigue emitir por el orificio nasal ruidos extraños que sacan a su acompañante del libro que está leyendo. Esta vuelve a taparla con la manta y le sonríe. Cristina no comprende. ¿Es que no ve en qué monstruo me estoy convirtiendo? Su boca reseca intenta tragar saliva y entonces su lengua tropieza con unos dientes cónicos de punta afilada. El corazón, su nuevo corazón, se dispara, descontrolado. “¡Enfermera, enfermera, mi hija está convulsionando!” grita la madre por el pasillo mientras el cuerpo de la chica se arquea sobre la cama.
Le inyectan un sedante. De nuevo el mar está en calma. Y Cristina se abandona al balanceo que le da la sensación de estar colgada en una hamaca, sobre las olas espumosas que centellean con luz trémula. El océano cabrillea hasta la línea del horizonte.
De pronto un dolor punzante, como si le clavaran un arpón, la hace doblarse en dos. Toda ella ahora no es más que ese dolor que la desgarra. Boquea sin conseguir retomar aire. Siente que la han abandonado a su suerte mar adentro. Sabe que su cuerpo gris azulado se va a pique y lo acepta.
Y ya no oye nada más.
No saldrá a la superficie hasta dos días después.
Cuando emerge, el médico la tranquiliza con la sonrisa de siempre. “¡Enhorabuena campeona! Ha sido una lucha titánica y aquí estás con tu corazón recién estrenado”. Y con un guiño añade: “¡Cuidado, sirena, hay mucho tiburón suelto! Tienes un corazón tierno, que no te lo rompan”.
Ella agradece el calor de sus manos sobre sus dedos helados.
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