OLVIDO
Ella me recogió de la acera y me llevó a su casa.
De eso me enteré al día siguiente cuando, con la boca seca,
me desperté sin saber dónde estaba. No conocía aquella casa y, desde luego, la
cárcel no era.
La borrachera de la noche anterior me había llevado a caer
en un charco de la acera del que no pude levantarme y, refugiando mi cabeza
entre mis manos, bocabajo, me había quedado dormido.
—Buenos días, me dijo ella al verme perdido en el pasillo.
—Buenos días —contesté. ¿Qué hago aquí?
—Te encontré tirado en la calle Tomares, cerca del Bar
Alberto. Me diste pena y te recogí. Eso es todo.
—¿Están los niños?
—No. No te preocupes, los niños no están.
—No es que no quiera verlos, lo sabes. Es que no quiero que
me vean ellos a mí.
—Ya —dijo sonriendo, mirando mis calzoncillos.
—Tu ropa está en la secadora. En media hora estará lista.
Los calzoncillos no te los quité para no violar tu intimidad —esta vez se puso
seria.
—Ya —asentí sin mirarla. No recuerdo esta casa. ¿Te has cambiado
de casa?
—Hace ocho meses. Te lo dije por WhatsApp. Te envié
ubicación y todo. Por si querías venir a vernos.
—No puedo. Lo sabes. A los que somos como yo, nadie los
quiere en su casa. Los borrachos son solo problemas y a los problemas nadie los
quiere.
—Ya —dijo mirando la mesa de la cocina. Nadie los quiere excepto
tú. Siéntate y te hago un café.
Una gata saltó de la encimera a la mesa y cogió una galleta
entre sus dientes. Su cascabel no dejaba de sonar.
—A esta no la conozco.
Su tilín, tilín del cascabel dejó un rastro sonoro que nos
llevó a las canciones infantiles que cantábamos en los recreos. Los dos nos
miramos sonriendo.
—Ya —dijo ella. Lleva con nosotros cinco meses.
—Bebo agua y me voy.
—Ya, ya.
—Gracias
—Tendrás que vestirte antes
—Verdad. Me espero.
—¿Recuerdas cuando …? —paró porque yo le indiqué que se
callara tapándome la boca con mi dedo índice.
Nos reímos.
Nos miramos.
Callamos.
Ella lloró.
No nos tocamos.
Ni siquiera estuvimos cerca el uno del otro.
—Últimamente hago listas.
—Listas de qué.
—Listas. Mementos. Apunto tu nombre. Apunto mi fecha de
nacimiento. Apunto ducharme. Apunto comer. Apunto dormir. Apunto escribir.
Apunto comprar folios. Apunto dinero. Apunto cosas. Muchas cosas.
—Ya. Venga, desayuna.
—Una magdalena está bien.
—Tengo cerveza. Magdalena con cerveza puede ser una mezcla
estupenda. Cebada con magdalena. Magdalena con cebada. Puedes mojarla en la
cerveza.
De nuevo recuerdos de los que huir o en los que regocijarse
en soledad, en el regusto que da revolcarte en lo que no tienes, el haberlos
perdido. Mojar la magdalena en el colacao.
De nuevo nos miramos.
—¿Dónde estabas anoche que me encontraste en la calle?
—Estaba en el mismo bar que tú. Cuando yo llegué tú ya
estabas borracho. Creo que no me viste. Yo sí te vi. Mis amigos también te
vieron, pero no sabían quién eras.
—Ya
—Sí, ya.
Nos miramos. Bajé la cabeza.
—Ya
—¿Está ya mi ropa? —me estaba impacientando por irme.
—No
—¡Venga esa cerveza y esa magdalena! —anuncié para no
hacerle daño.
—Yo tomaré otra. Te acompaño. Hoy mi día está claro que va
a ser distinto.
—Ya
—Sí, ya
Tomamos la cerveza mojando la magdalena. Me levanté a
buscar cucharillas para poder sacar los trozos de magdalenas que se caían
dentro del vaso de cerveza. Ella me indicó dónde estaban. Cogí dos, una para
cada uno.
Cuando terminamos se levantó y me ofreció otra cerveza. Yo
estaba deseando irme.
—¿No está mi ropa? Prefiero irme.
—Ya.
—Sabes que prefiero irme
—Pero la secadora avisa cuando termina con una musiquita y
aún no ha sonado. Tomemos otra cerveza.
—Como tú quieras.
—¿No me vas a preguntar por los niños?
—Ya lo he hecho
—Pero no en el sentido de saber de ellos. Has preguntado
solo si estaban aquí.
—Ya. Mejor me voy ya. Todo esto ya está hablado. No quiero
discutir. Sabes que no quiero hacerte daño.
Estaba claro que la cerveza le había hecho efecto. Nuestra
relación estaba más que clara. Yo prefería llevar mi vida solo, emborrachándome
y escribiendo. Me iba bien. Vivía de escribir. No quería vivir con nadie.
Me fui al baño.
Ella vino a la puerta. Empezó a hablar alto. Me suplicaba
que me quedara en su casa. Decía que yo necesitaba una familia, que necesitaba
cambiar de vida, que tenía que dejar de beber, que ese día ella lo había
recogido pero que cualquier día no lo contaría, que iba a salir en la prensa o
que a ella la llamaría la policía para reconocer mi cadáver, el cadáver de su
hermano. El cadáver de su hermano mellizo. Decía que ella tenía un hermano, y
que no quería vivir sin mí.
Tenía que irme urgentemente pero no me atrevía a abrir la
puerta. Yo no quería cambiar. Tenía la vida que quería y ella lo sabía.
La oí llorar. Cuando se calló salí. Me fui a la cocina a
buscar mi ropa, pero la secadora no estaba allí. Busqué en el otro baño y
tampoco. No había secadora. Mi ropa estaba tendida en el tendedero. La cogí y
me la puse.
Ella se acercó a mí
—No tienes que cargar con la culpa con la que cargas —dijo.
—Déjalo ya. Yo vivo como vivo. Sabes que me gusta. No te
preocupes.
—¡No quiero dejarlo! —casi gritó.
—Ya. Déjalo ya. Sabes que no puedo estar feliz, que solo
escribo cuando estoy mal, que mientras más triste estoy mejor escribo, que gano
premios y que se me considera un gran escritor.
—Eso son tonterías. Para escribir no hace falta estar
amargado ¿o es que todos los escritores son unos amargados?
—Claro que no, pero en mi caso sí. Mi primer premio lo gané
un año después del accidente
—Ese año estuviste ausente. Ese año te perdí. Fui yo la que
se quedó sola, totalmente sola. No estabais ninguno de los tres. Te encanta
hacerte la víctima.
—Ya. Pero eso es lo que hago y lo que dejamos claro hace
mucho tiempo porque sentirme mal, tan mal, hasta querer desaparecer, es mi
gasolina. Es entonces cuando fluyen de mí las palabras. Es cuando creo relatos
que se convierten en películas, cuando escribo frases que se convierten en
sentencias y referentes. Es entonces cuando más siento que soy yo.
—Pues escribe de otras cosas. Tu vida, como la mía, cambió
el día que murieron nuestros padres y yo no bebo hasta emborracharme. Tengo dos
hijos y llevo una vida normal.
—Esa es tu vida. Pero no olvides que el día del accidente
de papá y mamá venían a recogerme a mí de mi campamento de verano. Es mi culpa.
Fue mi culpa y será mi culpa.
—Podría haber pasado en cualquier momento.
—Pero ocurrió en ese momento, no en otro. No te preocupes.
Yo vivo bien así. Ya lo hemos hablado y parecía que lo habías aceptado. No me
apetece cambiar de ciudad, pero si es necesario lo haré y así no tienes que
volver a recogerme.
—No. No te vayas. No voy a molestarte.
—Ya
Me fui hacia la puerta. Ella me miró. Cuando abrí la puerta
mi hermana volvió a hablar.
—Es curioso. Yo también hago listas últimamente. Yo
escribo: coño, puta, mierda, qué asco, me cago en tó, joder, joder, una mierda
para todos.
Lloró.
Yo no me volví. Ni siquiera me giré para verla.
Salí de su casa a la calle. Respiré libre al fin.
Un coche pasó a toda velocidad. Casi me despeina. Respiré.
Imaginé que el coche me había atropellado y que mi sangre estaba en la acera
con trozos de pelo pegados.
Ya de noche, llegué a mi casa. Mi ordenador estaba
encendido. Abrí un Word y escribí el título de mi nueva novela: Olvido.
Algo se movió de repente. El brillo de sus ojos destacó en
el sofá. Mi hermana se levantó.
—No sé si tener un hermano fracasado siendo escritor o si
tener un hermano fracasado sin escribir o si tirarme por el balcón y darte el
gusto de más penas y razones para estar triste o amargado o no feliz o como sea
que necesites estar para escribir novelas memorables que todos quieren leer.
Se dirigió al balcón.
La imaginé cayendo lentamente.
Imaginé su pelo pegado a su cara y sus brazos planeando
hasta llegar al suelo. Imaginé que intentaba agarrarla. Imaginé que se me
escapaba y que caía.
—No es necesario —le dije. Duerme y mañana hablamos. Le
tendí mi mano y ella la tomó. Lloraba.
Ella entró y se sentó en el sofá. Se durmió pronto.
Cuando se despertó yo ya no estaba allí.
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