sábado, 28 de mayo de 2022

EJERCICIO 9 PARA JOSÉ MANUEL ROMERO Andrea Sanz

 LINEA 6


Definitivamente él no era un skater acrobático, “V” (UVE), a sus 16 años, era un patinador callejero hasta la médula. Al salir de clase había ido a probar el bol recién inaugurado en el parque cercano a su instituto, pero había acabado harto de intentar realizar figuras que no le interesaban en absoluto. A él lo que le ponía era deslizarse a toda velocidad por las aceras esquivando gente, sentir sus miradas de miedo repentino que se convertía en asombro y admiración al comprobar que no tropezaba con nada ni con nadie. Sus planes diarios se limitaban a deslizarse sobre barandillas, volar escaleras abajo, saltar papeleras y todo tipo de obstáculos callejeros, descubrir cada día nuevos rincones y dificultades que  salvar de la manera más limpia e impresionante posible. 

Se dirigió patinando hacia su casa. Al llegar a la boca del metro bajó volando por los aires las escaleras que en ese momento estaban poco transitadas. Una vez pasado el control de billetes se volvió a subir al patín con el reto de todos los días, intentar no bajarse de él hasta entrar en su vagón. Cogió velocidad  hasta llegar a la escalera, con un golpe certero en la cola, hizo saltar por los aires su patín, y ambos, como perfectos siameses, cayeron sobre la barandilla, por la que se deslizaron vertiginosamente. Casi no perdió velocidad al caer sobre el andén, y esta vez tuvo suerte y el metro estaba esperando con las puertas abiertas. Otro pequeño golpe de cola levantó el patín lo justo para colarse en el último vagón por la primera puerta, giró, derrapó y frenó en seco sin haber rozado a nadie. Con un golpe precisó puso el patín vertical pegado e su pierna derecha sujetando su extremo delantero con la mano. Con su mano izquierda se agarró a una barra y recorrió con la mirada al resto de los viajeros que no dieron ninguna muestra de estar impresionados. El cuerpo le pedía hacer una reverencia, pero, tampoco hoy le iban a aplaudir. 

Era viernes, perfecto. En 15 minutos en casa. Merienda, un rato de descanso con una sesión de videojuegos, duchita y otra vez a la calle. La semana pasada sus colegas mayores prometieron un plan sorpresa con el que iban a flipar. Llevaban tiempo haciendo comentarios sobre circuitos de azoteas. V solo había probado a saltar pequeños espacios entre ellas, pero ya se sentía preparado para lanzarse a afrontar grandes vacíos.

" Azoteas,¡a ver si es verdad!"

 Esta era su parada. Adolescente y monopatín se aproximan a la puerta pero, -"¡joder!, ¡no para!"-, el tren no se detiene, no le quedará más remedio que dar la vuelta en la próxima estación.

Pero tampoco se detuvo en la siguiente, ni en la otra, ni en la otra. No paraba en ninguna. Todos los pasajeros se levantaban de sus asientos, preguntaban unos a otros sobre lo que estaba sucediendo, volvían a sentarse sin saber qué hacer.  

Tiempo después, observó que volvían a pasar por La Puerta del Ángel, la estación donde él se subió. Tampoco paró. Sin ningún aviso por megafonía, sin ningún cambio, el metro siguió su camino sin detenerse. 

Después de haber dado tres vueltas completas a la línea 6, la circular, y haberse roto la cabeza intentando encontrar alguna justificación para ello, lo que más verosímil le pareció fue que alguien lo habría planificado así, probablemente con cámaras ocultas para grabar sus reacciones y  subirlo a la red para hacerlo viral o para hacer más tarde un videojuego basado en ellos.

Comenzó a observar a sus compañeros y al poco rato estaba totalmente convencido de su teoría, porque ¡vaya panda de elementos raros había allí dentro!. Había unas gemelas que parecían dos replicantes, tenían el pelo largo, con flequillo como si fueran niñas pequeñas, pero blanco como ancianas, una mezcla entre zombi y bruja urbana un poco inquietante, probablemente lo que pretendía el que había maquinado todo. En la misma fila de las gemelas estaba sentada una chica joven que era la primera que había llamado su atención, porque una vez que se levantó para acercarse a la puerta, pudo ver su mejilla izquierda con un ancla tatuada ocupando toda la superficie.

- "Seguro que está puesta en el tren por el organizador de toda esta historia, para sembrar polémica dentro del vagón, o vaya usted a saber para qué. Y esa tía del cochecito con un bebe negro? Quien quiera que sea el cerebro, quiere provocarnos. El organizador podría ser ese pedazo de gordo que está sentado en el extremo opuesto a una de las gemelas. Esos gordos tan deformes no tienen muy bien la cabeza, no sería raro que se pasara 20 horas al día sentado enfrente de un ordenador, maquinando una historia rara mientras se pone hasta el culo de comida, aunque pensándolo bien, ese otro tío con pinta de don nadie, en el que no me había fijado hasta ahora, podría ser el cerebro. Es el que menos llama la atención del vagón, y puede que eso sea, precisamente, lo que él pretende.

También podría ser este ciego que está a mi lado y que no para de hacerme preguntas, como si yo fuera sus ojos. Me tiene hasta los cojones, no deja que me concentre para decidir lo que tengo que hacer, pero no quiero ser borde con él, no vaya a cabrearse su puto perro conmigo, que dicen que estos perros tienen casi superpoderes".-

En el fondo admiraba a quien hubiera ideado este recorrido sin fin, es lo que a él le hubiera gustado hacer con su monopatín , un circuito eterno, perfecto, donde nunca necesitara detenerse.

El resto de los pasajeros hacían disparatadas conjeturas sobre la causa de toda esta historia y proponían igualmente disparatadas soluciones.

Al final llegaron a la conclusión de que alguien tenía que saltar del vagón y llegar a alguna estación para pedir ayuda. Lo malo es que nadie se atrevía a bajar en marcha, se mataría. A Uve, cuando escuchó esta posible solución, se le iluminó la cara e inmediatamente se ofreció  voluntario, sería su oportunidad de realizar algo único.

"¡Yo me bajo!, rompemos una ventana de emergencia, y al llegar a una estación  salto. Cuando esté en el aire me coloco sobre el monopatín, y al tocar el suelo me puedo deslizar sobre el andén  fácilmente, si lo hago en la misma dirección que el tren".

Rompieron la ventana y quitaron cristales en una superficie amplia para que no tuviera problemas al saltar. Uve no se podía creer la suerte que estaba teniendo, ni en sus más estrambóticas fantasías había imaginado encontrarse en una situación semejante, ¡todos expectantes, con el corazón en un puño, pendientes de su salto! Qué casualidad, la próxima estación era la suya, Planetario, la primera en la que el tren no se había detenido. Ayudado por varios viajeros se subió al borde de la ventana, y nada más llegar a la estación, se lanzó hacia fuera y hacia arriba, como tenía planeado. Cuando estaba en lo más alto se colocó el patín bajo los pies y con una pericia increíble aterrizó en el anden deslizándose casi con suavidad, dejando una estela de chispas como si fuera un cometa.

Todos los viajeros le vitorearon hasta desgañitarse para luego sentarse aliviados a esperar la ayuda que pondría fin a esta situación. 

Pero había pasado casi una hora y volvían a impacientarse de nuevo, no sabían que habría sucedido, pero sospechaban que la ayuda ya no iba a llegar.

 Cuando entraron en la estación de Cuatro Caminos, el perro apoyó sus patas delanteras en el borde de la ventana rota y comenzó a ladrar.

"Mirad", gritó la chica del tatuaje. Se acercaron a la ventana y pudieron observar a Uve deslizándose por la superficie lisa entre los rieles. Uve abrió sus brazos con las palmas hacia arriba y se encogió de hombros hasta que su imagen, cada vez más pequeña, desapareció.

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