EUSTAQUIA
En aquel pueblo de Orense existía el matriarcado. Todas las mañanas las mujeres se afanaban en la viticultura heroica, pero las tardes estaban dedicadas al bordado, al tricot, al cotilleo y a instaurar las normas de convivencia en la vecindad. Redactaban todos los meses el decálogo que regiría para el mes siguiente y que iban modificando en función de las necesidades. La penitencia que aplicaban al que se desviara del camino quedaba al buen juicio de cada una de ellas.
Para Eustaquia, la más mayor, el poder despellejar a la Tacones era el principal motivo por el que asistía puntual a la reunión. La había ofendido de gravedad. La Tacones era una mujer incontrolable que no sabía vendimiar.
Eustaquia, en realidad, se llamaba Flor. No había nacido en el pueblo. Su
infancia y juventud transcurrió en la capital. Hija única, con padres de
posibles, entre algodones, sólo sabía bordar y hacer pasteles. Se enamoró
locamente a los diecisiete años de un roquero que tocaba la guitarra con
frenesí al que veía a escondidas. Una tarde, dejando su vestido de falda
plisada y su rebeca color hueso encima de un taburete mugriento del amigo de su
amor que acababa de aprender la técnica del tatuaje en Estados Unidos, se grabó
en honor de su guitarrista un águila de garras aceradas sobre el omóplato
derecho. Creyó que la llevaría en su pico a mejores horizontes.
A los seis meses, el águila aterrizó, le clavó las garras, escondió la cabeza
debajo del ala, y se durmió. Sus padres llamaron al pueblo de Orense y un
primo lejano, Gustavo, apareció de la nada. Llegaron a un acuerdo. No era
feo, pero no comía pasteles y necesitaba una mujer que supiera fregar, zurcir
pantalones, dar de comer a las gallinas y cuidar vacas. Y, por supuesto, que no
se llamara Flor. Inmediatamente le cambió el nombre, sería
Eustaquia. La frialdad de su mujer le resultaba indiferente siempre que
su nueva casa fuera decente y el establo amplio para albergar a sus nuevos inquilinos. Eustaquia,
resignada, salió de su casa y, con su energía habitual, decidió aplicarse en
sus nuevas tareas bastante pesadas: ordeñar, segar y subir a vendimiar.
Al mes siguiente le comunicaban que no podría ser madre. Nunca pudo perdonar a
las vacas.
Poco a poco se fue adaptando a su marido y no le pareció tan mala esta simbiosis. El pueblo era tranquilo, sus gentes más o menos apacibles y, sobre todo, estaba ubicado en la montaña entre pinares que susurraban y la mecían cuando no podía dormir. La vendimia escalando las laderas del Sil terminó siendo su pasión. Y descubrió que, en días de tormenta, su hombre era un cobijo agradable. Cambió el bordado por el ganchillo y llenó sus ventanas de primorosos visillos. Sus pasteles se convirtieron en berzas con patatas.
Hasta que un día apareció la Tacones y todas las cabezas de los hombres del
pueblo se llenaron de humo. Esta señorita, promiscua, ninfómana
convencida y sin cobrar, fue pasando por la piedra a todo el que se le
acercaba. Se paseaba por el pueblo asegurando sus zapatos de tacón sobre
el empedrado irregular lo que le permitía mover con mejor voluptuosidad las
caderas. No traía calzado apropiado para vendimiar y jamás se recogía la melena
rubia ondulada.
Gustavo, su marido, no resultó ser una excepción. El humo se escapaba por los orificios de la nariz cada vez que bufaba al mirarla y con el borde del puño de la camisa se enjuagaba la baba que se deslizaba por la comisura de los labios. En este caso, como el que la pretendía era un espécimen que ya había sido pulido por una señora de la ciudad, le cayó en gracia a la libertaria y el revolcón fue a más y más.
Cuando dos años después la Tacones salió del pueblo rumbo a la ciudad, Eustaquia
se convenció de que la historia que ella había vivido se repetía en cabeza
ajena. Investigando llegó a la conclusión de que no le importaba el desliz,
pero si la deslealtad, el haber roto la sociedad y mermado sus finanzas. La
dote que sus padres le habían otorgado mermaba a ojos vista.
Se propuso incluir en el decálogo mensual una cláusula para eliminar este tipo de problemas en el pueblo.
Cuando el médico del pueblo se jubiló, una nueva doctora se presentó en la asamblea. Venía acompañada de su marido un señor elegante y bien plantado que vivía de la fortuna familiar. Coincidió este cambio con el regreso de la Tacones acompañada de un mocoso rubio de tres años.
El omóplato de Eustaquia, que no había perdido su turgencia, comenzó a sufrir un prurito inaguantable. El águila abrió un ojo y desplegó las alas de nuevo. Gustavo estaba achacoso y su lugar en el corazón de la ninfómana lo ocupó el marido de la doctora. Eustaquia suspiró, pero cuando la doctora enamorada del punto de cruz comenzó a asistir a las reuniones del matriarcado, se crearon lazos de complicidad entre ellas. A raíz de eso el declive de Gustavo fue en aumento y falleció de muerte natural según constaba en el certificado pertinente. El marido de la doctora, gran consumidor de setas, tuvo un accidente inesperado al consumir alguna venenosa que se le había despistado en la recolección.
Pasaron los años. El hijo de la Tacones se fue a hacer la mili en Calatayud y su madre se compró zapatillas de esparto con las que podía pasear por la montaña intentado hacer amigas.
El día de la romería al monasterio de Santa Cristina de Parada del Sil, Laura, la Tacones, se empeñó en subir descalza parte del camino como expiación de los pecados. Conmovidas, y como buenas cristianas que eran, las mujeres del matriarcado la acogieron en su seno. Además, no pudieron resistirse a la habilidad que mostraba con la técnica del patchwork.
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