EL HOMBRE QUE VENÍA DEL SUR
Cuando él llegó al pueblo – un lugar perdido en este páramo donde nada se mueve ni siquiera las sombras —, cuando llegó al pueblo, de eso hará unos diez años según lo que recuerdan algunos, contó que venía del sur.
Llegó solo, con su caballo y el peso de la desdicha, eso dijo. Toda la familia – su padre, su madre y dos hermanas pequeñas— habían fallecido cuando ardió la granja una noche en la que él dormía en casa de un primo. Eso le contó al cura, que por el peso de la culpa — no haber muerto él, no haber sido capaz de intuir la tragedia y tampoco haber escuchado el chasquido de las llamas cercanas en su sueño profundo de adolescente— pues que no fue capaz de seguir viviendo en un lugar marcado por la muerte. Dice que partió sin rumbo fijo y que se prometió entonces mirar siempre hacia delante, pasara lo que pasara. Era joven y fuerzas no le faltaban.
El verdor de los trigales ondulaba con la brisa de la mañana hasta donde se perdía la vista. Así es cómo recordaba la Loma y cuando la evocaba en la taberna con los amigos, el negro de sus ojos adquiría el color de la miel. Y todos entonces entornaban la mirada y callaban.
Su nueva tierra la tuvo que conquistar palmo a palmo pero desde el primer día sabía que ella se entregaría. Hablaba de ella como de una mujer por conquistar. Caminaba por los surcos y de trecho en trecho se agachaba, cogía un puñado de barro. Cerrando los ojos lo moldeaba entre sus dedos y dice que entonces sentía la vibración de la vida. Aún se emociona cuando lo recuerda. Algunos le oyeron susurrarle a la tierra palabras de cariño como a una mujer largamente deseada. O eso cuentan.
Trabajó muy duro, de sol a sol y la tierra respondió. El día en que por fin asomaron los primeros brotes verdes, contuvo la respiración y se agachó para mirarlos de cerca con el fin de comprobar que no eran un espejismo. Los acarició con sus manos jóvenes pero ya callosas; eran tiernos y suaves. Dice que entonces supo que podía ser su salvación.
Al año y poco de su instalación, un día se acercó al pueblo, distante de unos kilómetros, a vender parte de la primera cosecha. Llegó justo en el momento en que lo hacía la diligencia que cubría semanalmente el trayecto entre dos ciudades de la región. La parada permitía dar de beber a los caballos y descargar el correo. Y cuenta que fue entonces cuando la vio: sujetando con ambas manos la falda de amplio vuelo de su vestido rosa pálido, se apeó con cuidado del vehículo para dirigirse a la fonda. Solo la vio a ella entre la decena de pasajeros. Lo que le llamó la atención no fue tanto la elegancia de su silueta sino el sombrero de ala ancha levemente ondulada que no solían llevar las señoritas. En ese momento cuenta que ella, con una ligera inclinación de la cabeza le dirigió una mirada de la que él ya nunca escapó.
Se llamaba Adelina, dijo ella. Suaves rizos castaños enmarcaban una cara juvenil de rasgos finos y nariz algo respingona. Su boca era tentadora como fruta en verano y sus ojos aguamarina, a ratos se velaban con nubes pasajeras que ella espantaba con una carcajada.
A partir de ese día, él fue casi a diario al pueblo. Se justificaba con cualquier pretexto pero tuvo que rendirse a la evidencia: estaba enamorado. Esto, todos lo notaron en el pueblo. Ya frecuentaba menos la taberna y dejó de escupír en el suelo.
De ella se sabía poco. Había contado al posadero que viajaba para cobrar la herencia de una tía materna, su única familia, que había fallecido sin tener descendencia. Pero no parecía tener prisa por llegar a su destino. La había seducido este pueblo, -sin encanto, pensaba sorprendido el posadero- , y dijo que se marcharía con las primeras lluvias. Llegaron las lluvias pero Adelina se quedó.
Mientras tanto, él iba transformando su cabaña de campesino en un hogar acogedor.
En sus desplazamientos al pueblo, se hacía el encontradizo y al cruzarse con ella, inclinaba la cabeza y se quitaba el sombrero. Adelina le correspondía con una sonrisa que él se llevaba a casa para el resto del día.
Un domingo del mes de junio vistió sus mejores galas y con la voz temblorosa de los osados le pidió matrimonio.
“¿Y por qué no?”, dice que le respondió ella con un guiño de sorpresa. “Déjeme que lo piense. Mañana le doy la respuesta”.
A los pocos días los casó el párroco en la iglesia de madera, con el posadero y su esposa como únicos testigos de la ceremonia. Luego él la llevó a la grupa de su caballo hacia su nuevo hogar. Al pasar por el sendero, camino de la Nueva Loma, el velo de la novia se enganchó en las zarzas y ahí se quedó, bailando en la luz del atardecer.
Siguiendo la tradición, él la cogió en brazos para franquear el umbral. La emoción le impidió hablar durante varios minutos. Se limitó a mirarla sin conseguir creerse del todo que ya era su mujer.
En los días siguientes, al volver, después de faenar en el campo durante muchas horas, se quedaba un rato largo en el quicio de la puerta viéndola deslizarse por la casa mientras canturreaba melodías que embellecían la estancia. Las paredes eran más luminosas, el aire más transparente y nunca fue tan hermosa la parra que sombreaba el porche. Hasta habían vuelto a anidar las golondrinas.
A las pocas semanas, el perfil de Adelina se redondeó como la loma y él comprendió que los cielos habían bendecido su unión. “Por fin, gana la vida”, pensó emocionado.
Adelina, al tiempo que se volvía más oronda, se puso algo lánguida y melancólica. Él se preguntaba si añoraba algo de su vida anterior o si era la próxima maternidad la que la sumía en pensamientos que parecían llevarla tan lejos de la Nueva Loma… En esos momentos él la abrazaba fuerte para que estuviera toda con él, aquí, pero sentía que algo de ella se le escapaba.
Nació, un poco antes de lo esperado, un niño rubio como los trigales maduros de agosto. Tenía los ojos de un azul intenso y la piel sonrosada. Era muy hermoso. Él no se cansaba de mirarlo en su cuna, como un regalo inesperado del destino.
La primavera fue esplendorosa ese año: la floración de los frutales llenó el vergel de blancos y rosados cuya fragancia perfumaba hasta la casa. El trigo en ciernes prometía dorar las colinas con una mies más abundante que nunca.
Pasaron las semanas, los meses, los años.
Era una vida llena de cariño y armonía.
Pero cuenta que una tarde, a principios de verano, el cielo se fue poniendo verdoso, de un verde oscuro inquietante. Él sabía que esa extraña atmósfera que eriza el vello de la piel y anuda la garganta anunciaba un tornado. Cobijados dentro de la casa vieron cómo una nube baja y oscura, semejante a una gigantesca peonza, se acercaba bailando sobre el horizonte. La casa crujió, se retorció y terminó cediendo parte del tejado y del ala derecha. Y el tornado se alejó dejando las espigas derrotadas en los campos. En el pueblo apenas si se notó el viento.
Él sabía que tiempos malos se avecinaban. Una catástrofe suele ser mensajera de desgracias futuras. Volvieron las pesadillas nocturnas que le habían abandonado los últimos años. De día se aferraba a la sonrisa de Adelina y al azul intenso de la mirada del niño pero las noches eran un tormento.
Y una mañana, recuerda que las vio llegar como una inmensa nube pardusca que se movía con el viento. De pronto se oscureció el cielo como si hubiera habido un eclipse de sol. Las langostas. Se posaron en los trigales con el estruendo de una catarata. El sonido de sus mandíbulas devorando las espigas enteras semejaba el del fuego cuando prende en la hojarasca.
No dejaron ni una brizna de hierba. Los árboles quedaron descortezados y las viñas arruinadas.
En la Loma Nueva sembraron la desolación.
Esa noche, él vivió el infierno. Sabía que se acercaba el jinete, al que llevaba años esperando. Oía desde hacía días el retumbar de su galopar.
Cuando llamaron a la puerta al amanecer, él cuenta que nada preguntó antes de abrirla. El forastero, sin presentarse siquiera, solo exigió con voz firme: “vengo a buscar lo que es mío”.
“Candy, ¡recoge tus cosas. Nos vamos!”, dice que ordenó. Adelina, sin atreverse a rechistar, fue preparando un hatillo. Luego se quedó esperando, cerca de la cómoda encima de la que depositó el medallón con un rizo de su pelo que él le había regalado y del que ella jamás se había desprendido en estos años de ventura.
Él nada dijo. Llevaba años temiendo este encuentro y sabía que, llegado el momento, tenía las de perder.
“¡El niño también, que es mío”, comenta que le espetó el forastero.
Un “no” rotundo fue la respuesta que él le dio.
“¡Claro que sí es mío! ¿O es que no has visto el azul de sus ojos? Vaya, es que te creías el progenitor”, soltó con una carcajada burlona.
“El azul de sus ojos quizás pueda ser tuyo, aunque esto habría que verlo, pero su mirada, no. Su mirada tiene el color de todo lo que hemos compartido durante años. Así que él se queda.”
El chico se había arrimado al hombre al que llamaba padre.
“Pues anda, ¡que se pudra el mocoso! Nos largamos” cuenta que le espetó el forastero. Y agarrando del brazo a la que llamaba Candy, con un portazo, él y Adelina salieron de sus vidas.
A partir de ese día, ante el asombro del pueblo, él vistió de luto aunque comentó al posadero que debía recordar la promesa que se hizo casi diez años antes: mirar siempre hacia delante, pasara lo que pasara.
Sin embargo, al atardecer y cuando despunta el alba, entrecierra los ojos intentando adivinar alguna silueta en la línea del horizonte. Y a veces piensa que Socarrón, su caballo, quizás aún recuerde la ruta del Sur…
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