9.-Cuento
Deseaba la jubilación tanto que, el primer día sin oír a mi
compañera poner verde a todo el que se acercaba al mostrador a preguntar si debía
declarar tal o cual beneficio, primero me apunté aun curso de malabares y, segundo,
entré en el restaurante de lujo por el que pasaba cada día. Comí hasta que el
estómago me recordó que la edad de estar embarazada pasó hace mucho.
Llegué a casa a la hora en la que el sistema digestivo le
gana la batalla a las neuronas y la frente se estira, sin éxito, para intentar
levantar los párpados. Por suerte vivía sola y me tiré en el sofá.
Cuando desperté, a media tarde, me dolía la punta del dedo
gordo del pie derecho que desapareció gradualmente a la hora de la cena. Al día
siguiente me levanté con resaca de comida y desayuné poco. Después volvió el
dolor un día y otro.
Empezaba tras el desayuno con un cosquilleo que se
convertía en calambre durante más de dos horas. Aquel dolor punzante permanecía
toda la tarde hasta las nueve de la noche.
Debía evitar las actividades importantes en esas diez horas
diurnas en las que me apetecía agarrar el cuchillo de filetear guardado en la
caja fuerte para evitar tentaciones repentinas.
El problema resultaba porque la clave rondaba en mi cabeza
como una canción pegadiza: izquierda, derecha, derecha, izquierda, un, dos,
tres, derecha, izquierda, cinco, tres.
Llegué a cantarla usando el cuchillo cebollero que golpeaba
contra el deshuesador a modo de platillo de batería. Creo que ese día el ruido
acompañaba la intensidad de mi dolor y, el vecino de abajo gritó para que
dejara de molestar.
Siempre me llevé bien con la comunidad y quería seguir por
ese camino, así que agarré el cuchillo mondador y, respetando su punta, lo
restregué por la hoja de sierra del que se utiliza para los tomates provocando
un sonido más tenue.
Exhausta por el dolor, debí caer rendida o desmayada. El
hecho fue que la cocina se impregnó de salpicaduras rojas: el banquito
giratorio, la encimera, la puerta del microondas, el fogón. Incluso las paredes
parecían salpicadas de aquella cosa.
Permanecía seca como si un pintor quisiera expresar su
rabia después de mojar la brocha en litros de pintura y dejar un cuadro
abstracto que continuaba en los cristales de la ventana.
Con un estropajo intenté limpiarlo sin éxito. El susto me
invadió cuando pensé que habría perdido el brazo izquierdo al intentar despegar
el rojo y no sentí nada. Por suerte la textura de la tela del reposabrazos me
aclaró la duda. Todo permanecía camuflado.
A las tres de la tarde, el dolor se acentúo ese día. Me
pasaba por primera vez y, entonces, me preocupé. Cogí el cuchillo de
mantequilla y unté la punta del dedo que pareció aliviarla con su frescor. Eso
sí, tardó en derretirse lo mismo que en una sartén caliente.
De repente, volví a recordar: izquierda, derecha, derecha, izquierda, un,
dos, tres, derecha, izquierda, cinco, tres. Intenté decirlo desordenado para
olvidarla, aunque a esas alturas y con el deshuesador a mano daba lo mismo.
Oí como un coche se paraba en la cera de enfrente y, a los
pocos minutos alguien tocó el timbre. Al quedar la mirilla inutilizada por las
salpicaduras, entreabrí un poco la puerta y, asomó en tono agresivo un vendedor
de algo.
Extrañé que dejara aparte la persistencia habitual para que
accediéramos a la compra de sus productos previo engatusamiento con regalos y, regresó
al coche sin mirar si pasaba algún otro vehículo. Cerré la puerta y volví a la
cocina para dejar el chuletero en su lugar.
Los minutos y segundos pasaban a ritmo de eternidad y las
nueve parecían alejarse. La desesperación me llevó a recordar, una vez más la
maldita clave y, sucumbí a la tentación. Izquierda, derecha … giré la llave y abrí
la puerta blindada tamaño A4.
Lo agarré como si se tratara de una bomba que quiere
estallar, lo puse encima del fregadero e intenté distraerme con el ordenador.
Dicen que somos espiados a través de la cámara del ordenador. Debió ser, porque
apareció un anuncio que me invitaba a un curso de malabares.
Pensé que sería buena idea entrenar un poco y evitar recordar
que existe un gordo fastidioso, al fin y al cabo, aún quedaba una hora para las
nueve. Desperté a las diez de la noche, por eso creo que me pasó igual que
cuando me desmayé, ya que las salpicaduras aumentaron de manera considerable.
Las cortinas blancas de la ventana se convirtieron en un
rojo uniforme. El sofá salpicado en un extremo y en el otro como un manto
tupido. Revisé cada milímetro de mi piel para descubrir alguna herida, pero
solo veía rojo.
Las uñas rojas, el pelo, las manos, la ropa, los cuchillos.
Lo peor es que unos quedaron tirados en el suelo, el deshuesador y el del pan
encima de la mesita donde se apoyaba la lamparita de lectura, al lado del sofá.
Y el cebollero en el techo.
Empezó a llover en medio de una tormenta y guardé todos los
cubiertos. Mi madre me decía que los objetos metálicos atraían los rayos y, yo
temía que alguno entrara por la ventana. Diluvió durante 3 días y los truenos
continuaron.
Creí que el dolor había desaparecido, pero volvió al cuarto
día para estropearme el bonito sol que lo iluminaba. Tal vez prefiera la lluvia,
o la tormenta. Daba igual, me disponía a comer una tostada cuando descubrí que
el cuchillo de la mantequilla había roto la pantalla del televisor. Cogí el
teléfono y pedí cita en mi médico de cabecera.
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