jueves, 26 de mayo de 2022

9.-Cuento. MªCarmen Gamero

 

9.-Cuento

 

Deseaba la jubilación tanto que, el primer día sin oír a mi compañera poner verde a todo el que se acercaba al mostrador a preguntar si debía declarar tal o cual beneficio, primero me apunté aun curso de malabares y, segundo, entré en el restaurante de lujo por el que pasaba cada día. Comí hasta que el estómago me recordó que la edad de estar embarazada pasó hace mucho.

Llegué a casa a la hora en la que el sistema digestivo le gana la batalla a las neuronas y la frente se estira, sin éxito, para intentar levantar los párpados. Por suerte vivía sola y me tiré en el sofá.

Cuando desperté, a media tarde, me dolía la punta del dedo gordo del pie derecho que desapareció gradualmente a la hora de la cena. Al día siguiente me levanté con resaca de comida y desayuné poco. Después volvió el dolor un día y otro.

Empezaba tras el desayuno con un cosquilleo que se convertía en calambre durante más de dos horas. Aquel dolor punzante permanecía toda la tarde hasta las nueve de la noche.

Debía evitar las actividades importantes en esas diez horas diurnas en las que me apetecía agarrar el cuchillo de filetear guardado en la caja fuerte para evitar tentaciones repentinas.

El problema resultaba porque la clave rondaba en mi cabeza como una canción pegadiza: izquierda, derecha, derecha, izquierda, un, dos, tres, derecha, izquierda, cinco, tres.

Llegué a cantarla usando el cuchillo cebollero que golpeaba contra el deshuesador a modo de platillo de batería. Creo que ese día el ruido acompañaba la intensidad de mi dolor y, el vecino de abajo gritó para que dejara de molestar.

Siempre me llevé bien con la comunidad y quería seguir por ese camino, así que agarré el cuchillo mondador y, respetando su punta, lo restregué por la hoja de sierra del que se utiliza para los tomates provocando un sonido más tenue.

Exhausta por el dolor, debí caer rendida o desmayada. El hecho fue que la cocina se impregnó de salpicaduras rojas: el banquito giratorio, la encimera, la puerta del microondas, el fogón. Incluso las paredes parecían salpicadas de aquella cosa.

Permanecía seca como si un pintor quisiera expresar su rabia después de mojar la brocha en litros de pintura y dejar un cuadro abstracto que continuaba en los cristales de la ventana.

Con un estropajo intenté limpiarlo sin éxito. El susto me invadió cuando pensé que habría perdido el brazo izquierdo al intentar despegar el rojo y no sentí nada. Por suerte la textura de la tela del reposabrazos me aclaró la duda. Todo permanecía camuflado.

A las tres de la tarde, el dolor se acentúo ese día. Me pasaba por primera vez y, entonces, me preocupé. Cogí el cuchillo de mantequilla y unté la punta del dedo que pareció aliviarla con su frescor. Eso sí, tardó en derretirse lo mismo que en una sartén caliente.

De repente, volví a recordar:  izquierda, derecha, derecha, izquierda, un, dos, tres, derecha, izquierda, cinco, tres. Intenté decirlo desordenado para olvidarla, aunque a esas alturas y con el deshuesador a mano daba lo mismo.

Oí como un coche se paraba en la cera de enfrente y, a los pocos minutos alguien tocó el timbre. Al quedar la mirilla inutilizada por las salpicaduras, entreabrí un poco la puerta y, asomó en tono agresivo un vendedor de algo.

Extrañé que dejara aparte la persistencia habitual para que accediéramos a la compra de sus productos previo engatusamiento con regalos y, regresó al coche sin mirar si pasaba algún otro vehículo. Cerré la puerta y volví a la cocina para dejar el chuletero en su lugar.

Los minutos y segundos pasaban a ritmo de eternidad y las nueve parecían alejarse. La desesperación me llevó a recordar, una vez más la maldita clave y, sucumbí a la tentación. Izquierda, derecha … giré la llave y abrí la puerta blindada tamaño A4.

Lo agarré como si se tratara de una bomba que quiere estallar, lo puse encima del fregadero e intenté distraerme con el ordenador. Dicen que somos espiados a través de la cámara del ordenador. Debió ser, porque apareció un anuncio que me invitaba a un curso de malabares.

Pensé que sería buena idea entrenar un poco y evitar recordar que existe un gordo fastidioso, al fin y al cabo, aún quedaba una hora para las nueve. Desperté a las diez de la noche, por eso creo que me pasó igual que cuando me desmayé, ya que las salpicaduras aumentaron de manera considerable.

Las cortinas blancas de la ventana se convirtieron en un rojo uniforme. El sofá salpicado en un extremo y en el otro como un manto tupido. Revisé cada milímetro de mi piel para descubrir alguna herida, pero solo veía rojo.

Las uñas rojas, el pelo, las manos, la ropa, los cuchillos. Lo peor es que unos quedaron tirados en el suelo, el deshuesador y el del pan encima de la mesita donde se apoyaba la lamparita de lectura, al lado del sofá. Y el cebollero en el techo.

Empezó a llover en medio de una tormenta y guardé todos los cubiertos. Mi madre me decía que los objetos metálicos atraían los rayos y, yo temía que alguno entrara por la ventana. Diluvió durante 3 días y los truenos continuaron.

Creí que el dolor había desaparecido, pero volvió al cuarto día para estropearme el bonito sol que lo iluminaba. Tal vez prefiera la lluvia, o la tormenta. Daba igual, me disponía a comer una tostada cuando descubrí que el cuchillo de la mantequilla había roto la pantalla del televisor. Cogí el teléfono y pedí cita en mi médico de cabecera.

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