lunes, 30 de mayo de 2022

Ejercicio 8B ?- María José Ventaja - Relato sobre el tiempo


El autobús de las siete y media


Bajo la marquesina, Héctor miró el reloj. Si el autobús no llegaba en cinco minutos, llegaría tarde al trabajo. El fresco de la mañana era muy agradable, la soledad de la espera también. Había un pequeño parque de árboles demasiado altos y frondosos para un terreno tan escueto. A cada tronco le bordeaba un alcorque de no más de medio metro cuadrado. Las ramas de uno y otro se daban las hojas formando una sombra apetecible a las tres de la tarde. Pero eran las siete y treinta y cinco de la mañana, el sol aún no molestaba, ni molestaban los tres pájaros que picoteaban un pedazo de pan a los pies de un banco. No llegaba el ruido de los coches detenidos en la autovía. Había un silencio habitado que le daba confianza. Nada le mustiaba el último día del mes, ni la visión del pasado y futuro en el trabajo, un día y otro caminando calle arriba y abajo, en el centro de la ciudad. El sol tostaba el rostro con gafas. Le quemaba en los ojos, los mantenía entornados esperando el autobús. «¡Ojalá que me toque la lotería!» Volvió a mirar el reloj, miró hacia la subida de la vía de servicio por donde llegaría el autobús. Oyó el ruido de un motor que se acercaba por la vía de servicio. Héctor se levantó y levantó la mano hasta que le vio el conductor. El coche paró a su lado y el conductor bajó la ventanilla.
—¿Necesita algo? —preguntó el conductor que retiró de su lado una cartera de cuero negro y tiró en el asiento de atrás.
Héctor le reconoció. Trabajaba en la calle Postas. Habría cruzado con él los habituales saludos, no sabía su nombre.
—¿Me puede acercar a la ciudad? Es el último día del mes y de mi contrato. No puedo llegar tarde al trabajo. Hoy precisamente no.
—Nunca recojo a nadie, nunca llevo a nadie a la ciudad, nunca se sabe.
    No volvió a encontrarse con Luis, ni en las escaleras o el descansillo, ni en el rellano del portal, tampoco le volvió a ver pasar en el coche por la vía de servicio.
***
        En la calle, el viento le enredaba la falda entre las piernas, A ese paso no llegaría con hora a la parada para coger el autobús de las siete y media. Llegaría, otra vez, tarde al trabajo. Se sentó a esperar el autobús. El sol tibio atravesaba la marquesina y le templaba el cabello mojado y la piel desafecta por el agua fría de la ducha de cada mañana. Había cerrado los ojos para sentir en sueños el calor del sol indeciso.
—¿Sabe si ha pasado el autobús de las siete y media?—dijo la mujer que se sentó a su lado en el banco caliente de metal bajo la marquesina. 
—No, aún no, creo. Yo llevo aquí desde las siete y cuarto y no ha pasado, no— respondió Héctor.
—¡Menudo fastidio si lo pierdo! El siguiente no pasa hasta las ocho… si no lleva retraso o adelanto, depende. No puedo llegar una hora tarde a la oficina, pero con el tráfico, el último día de mes, nunca se sabe.
—No, nunca se sabe.
La mujer, joven y con un traje sastre que imprimía un carácter de seguridad y dominio, tenía una conversación ágil y entretenida. Continuaron hablando unos minutos más hasta que llegó el autobús. Héctor dejó pasar a la mujer y se sentó al lado de la venta. La mujer tomó asiento a su lado, a pesar de haber muchos otros asientos vacíos. La suya era la segunda parada en la ruta hacia el centro de la ciudad. Durante el trayecto, la conversación giró en torno al tráfico que a ratos se agolpaba y a ratos se estiraba en la autovía.
—¡La siguiente es mi parada! —dijo la mujer y se levantó.
—La mía también —dijo él y se levantó tras ella.
Subieron por la calle Postas, continuando con las ventajas y desventajas de vivir a las afueras, de tener y no tener coche.
—Me quedan diez minutos antes de entrar a trabajar. Se nos ha dado muy bien el trayecto. ¿Quiere que tomemos un café? —preguntó la mujer.
—Sí, vamos a tomarlo.
—Me llamo Sonia, encantada… Creo que nos hemos visto antes. No sé, no sé. ¡Ya está! Yo trabajo en la notaría. Nos habremos visto por ahí…
        Sonia pagó las consumiciones y compró un boleto de lotería de una tira de expuesta en la repisa, frente a la barra, entre dos botellas de anís. No volvió a coincidir con ella, ni en el pasillo o el ascensor o el rellano del portal del número 42 de la calle Postas.

***

Cuando Héctor llegó a la parada, bajo la marquesina, había sentada una mujer que miraba el reloj y, alternativamente, también hacia la subida de la vía de servicio por donde debería aparecer el autobús. Estaba mal peinada y mal vestida, como si se hubiese levantado con prisa y no se hubiera aseado. Tenía los pies hacia adentro, tocándose por la punta de los dedos.
—¿Sabe si ha pasado el autobús de las siete y media? —preguntó Héctor.
—No, mientras yo esperaba no ha pasado ninguno. Ya voy tarde al trabajo y no quisiera; el último día del mes, antes de las vacaciones…—contestó la mujer.
Héctor se sentó a esperar, aún faltaban quince minutos para las siete y media. Enseguida tuvo que levantarse. El autobús llegaba con adelanto y sin pasajeros. Dejó que subiera la mujer y él se acomodó dos asientos detrás, al lado de la ventana. Los coches fluían suavemente por la autovía aun siendo lunes, se notaba que algunos ya habían comenzado las vacaciones. Justo cuando el autobús tomaba la entrada A1 de la ciudad le pareció ver, en el coche parado en el semáforo, a Luis conduciendo. Se levantó y esperó de pie para bajarse en su parada. La mujer se levantó tras él y se fue hacia la puerta. Ambos se bajaron en la parada de la calle Pozas. Ella caminaba ligera, aunque desacompasada, al llegar a la altura del número 42 se dirigió al bar.
        —¿Un café antes de entrar al trabajo? —Ofreció la mujer—. El autobús ha llegado temprano. ¡Hay tiempo!
Héctor entró con ella. La mujer, a su lado, le contaba lo sufrido en su vida laboral, pagó las consumiciones y compró un boleto de lotería. 
—¿Cuándo es el sorteo? —preguntó la mujer.
—Es el extraordinario de verano. Sale el quince de agosto —aclaró el camarero.
La mujer se despidió y salió. Héctor se quedó mirando sus andares. Tenía las piernas arqueadas y echaba los pies hacia afuera, alejando de su eje medio metro un paso de otro.
—Es Lola, la señora de la limpieza de la notaría. Todos los días, a la misma hora, se toma un coñac en vaso de cerveza y de un solo trago. ¡No sé cómo aguanta! A veces está esperando en la puerta a que abra —confesó el camarero. —Luego, al salir de trabajar, vuelve a entrar y se toma otro copazo de lo mismo.

***

        Salió deprisa de casa y tuvo que apretar el paso para no perder el autobús. El hombre, con traje azul marino, se atusó el pelo cuando llegó a la parada. Sentado en la marquesina, Héctor miraba el reloj.
      —No habrá pasado el autobús de la siete y media, ¿no? —preguntó el hombre con el aliento entrecortado.
    —Espero que no. Acabo de llegar.
    —Es el último día del mes y, sin duda, habrá más tráfico del habitual. No quisiera llegar tarde al trabajo —repuso el hombre.
        Enseguida, el autobús apareció por la subida de la vía de servicio. Estaba repleto, no había asientos libres. Se quedaron de pie agarrados a la barra junto a la puerta de salida. En la parada de la calle Postas se bajaron uno tras otro, fueron caminando, dejando entre ellos un espacio de respeto. Cerca ya del número 42, el hombre se dirigió hacia el bar.
        —Voy a tomar un café, ¿le apetece? —preguntó. —Es el último día antes de las vacaciones, no pasará nada si llego cinco minutos tarde.
        —Sí ¡Estoy de acuerdo! —dijo Héctor. 
      —Soy Bernardo —dijo el hombre ofreciendo su mano derecha a modo de saludo. —Trabajo en la oficina del banco, al lado del número 42. Creo que alguna vez le he visto por la calle…
Bernardo pagó las consumiciones y compró un boleto de lotería.
        —Nunca juego a la lotería —dijo. — ¡Voy a probar suerte!
        Se despidió. Héctor vio cómo Bernardo cedía el paso a un cliente con el que coincidió en la puerta de sucursal bancaria.
        —¡Es un buen tipo! —dijo el camarero. —A él le debo tener este negocio. El director del banco no quería darme el préstamo, pero él se empeñó y se empeñó….

***

        Era el último día antes de las vacaciones de verano. Luis se había levantado de buen humor y eso le hizo templar el ahogo del ingente tráfico en la autovía. Al bajar por la vía de servicio, le pareció ver a Sonia sentada en la parada del autobús. Aceleró y pasó junto a ella mirando al frente. Sonia era la recepcionista de la notaría, una charlatana excesiva, excesivamente simpática y alegre en exceso. Ya le tuvo que dar un corte varias veces, demasiada confianza, hubo que ponerla en su sitio. Al mirar por el espejo retrovisor Sonia había desaparecido y vio a Lola sentada bajo la marquesina. Sí. No era Sonia, era la limpiadora que se iba haciendo pequeña conforme él pisaba el acelerador. ¡Como pudo haberlas confundido! Lola, la limpiadora, desarreglada, con los pelos alborotados, revolviendo los papeles del escritorio. Ya no la saludaba, la boca le hedía a coñac barato que no encubría el chicle de menta que mascaba enseñando su menguada dentadura. Si de él dependiera… Durante el trayecto Luis encendió la radio. Las noticias y el tiempo del último día de julio en la ciudad, las noticias y el tráfico que se movía como un gusano perezoso por la autovía. Tomó la salida A1 y adelantó al autobús de las siete y media. Lo rebasó, creyó ver a Bernardo agarrado a la barra. Era un apoderado de la sucursal con la que trabajaba la notaría. ¡Menudo patán! En varias ocasiones le reclamó comisiones indebidas, finalmente, solicitó que les cambiaran de apoderado.
        El tráfico estaba pesado, los coches se embestían a punto de tocarse o herirse, los faros, el parachoques, los guardabarros, furiosos y amenazantes. Su buen humor se estaba disipando entre el hollín de los tubos de escape. Detuvo el coche en el semáforo, justo al lado del autobús de las siete y media que le había adelantado gracias al carril bus. Luis odiaba los autobuses. Como ese mismo que se le aproximaba, se pegaba a su derecha y le achuchaba hacia el arcén; el mismo que le indicaba la hora y le marcaba el trayecto hacia el trabajo cada mañana. Lo miro por fuera, una enorme lata de color rojo sucio bufaba como un animal viejo y cansado. Miró hacia dentro, contemplando con desagrado a los gusanos que portaba en su barriga, apretados unos contra otros absorbiendo el aire de las pestilencias de sus bocas, sus sobacos, sus pies, aguantando los empellones y las batidas que marcaba el tráfico.  Se adelantaba o se atrasaba, pero nunca dejaba de tragar a sus inquilinos, en cada parada abría sus fauces y los ingería voraz y los vomitaba. ¡Tanta gente! ¡Cómo era posible?
        Arrancó y volvió a parar el coche, el semáforo no daba a más, pero ya estaba el primera fila para la próxima luz verde. Devolvió una mirada de despedida al autobús. Le pareció ver a Héctor, con la cara apoyada en la ventanilla, dormido y sin asear. El cartero de la calle Postas. A veces subía el correo a la notaría, cuando no estaba el conserje. No entendía por qué lo hacía, no era su trabajo. A veces lo veía tomando café en el bar. ¡Como bebía café ese hombre! Todo el día andaba con un vaso de café en la mano. Sin embargo, se diría que era tranquilo, pausado, todo lo tomaba con calma, mucha calma, demasiada calma.

    Héctor miró el reloj. Miró afuera. Los comercios cerraban las puertas y encendían las luces de los escaparates. Había concluido el último día del mes, mañana no tendría que esperar al autobús de las siete y media. Pidió la cuenta y un boleto de lotería al camarero.


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