La madre… Purificación
Una mujer, sesenta o sesenta y cinco años, pasea por la calle y se detiene delante de una enorme puerta de madera, de doble hoja y de arco redondeado, con un letrero enorme: “Colegio María Virgen”. El resto de la fachada es de ladrillo rojo, y un par de ventanas con rejas.
La mujer mira hacia el rótulo, niega moviendo la cabeza, y vuelve a mirar hacia el rótulo.
(Habla al colegio) ¡Aquí estás! No te has movido del sitio, ¡eh? Los años no han pasado por ti, y mira yo cómo estoy. Que no me conservo mal, ¿eh? ¡Si vieras algunas de las que yo he visto…algunas están para el arrastre! Vaya cara de viejas. ¡No las reconocerías! Aunque ahora que lo pienso bien… ¡Si no tienes ojos para ver lo de afuera! ¡Tú vives encerrado en ti, todo hacia adentro, solo y siempre mirando bien adentro!
(Pausa. Se adelanta hacia el público y de repente se vuelve hacia el colegio)
Era una niña. ¡Una niña muy pequeña! ¡La más pequeña de la clase! (Niega con la cabeza y se dirige al público). Tenía cuatro años. ¡Cuatro! Y no medía más de medio metro. Iba tan contenta, de la mano de mi madre, dando saltitos como un saltamontes. (Con voz infantil) «Mamá, y…, y ¿tienen tizas de colores? ¿De todos los colores? A mí me gusta el rojo. ¡Todo lo que es rojo me gusta!».
(Se acerca a las puertas del colegio) ¡Aquí! (Golpea un par de veces la puerta, con fuerza) ¡Llegué aquí y no había tizas de colores!
(Se acerca, de nuevo, a las puertas del colegio) ¡Aquí! (Toca con dulzura la puerta) Aquí no había nada rojo, salvo los tachones de los suspensos.
(Se dirige al público) Me pusieron un babi de rayas, blancas y verdes, abrochado a la espalda, y me ataron mi pelo suelto con tirabuzones en una cola de caballo, tirante, bien tirante. ¡Atada con un cordel de cáñamo! No sé. No sé, pero ahí se me debieron saltar las lágrimas. Sí. Yo creo que sí, aunque nunca he sido muy llorona. Pero es para llorar ¿no? (Se seca los ojos).
Luego, siempre hay cosas que se olvidan, o que quieres olvidar, pero otras… ¡Hay otras que no se te van de la cabeza así que pasen cien años!
En los primeros recreos… (Con voz severa) «¡Clarita! ¡Clarita! ¡No se corre por el patio! ¡Pareces un machurrón!» ¿Eingggg? (Pausa) ¿Qué palabra es esa?
Y dejaba de correr. Pero, claro, en cuanto me quitaban la vista de encima… ¡pues a correr y a correr! ¡Con aquellos zapatos Bonanza, marrones, de cordones, brillantes como el jaspe, con la suela de tocino…! (Pausa) ¡Es que los zapatos te incitaban a correr! ¡A correr como una posesa! ¡Y más con una cola de caballo bien tirante, balanceándose de la cabeza!
Una vez que jugaba… a correr, con Mari Carmen Castilla, la empollona super favorita que todas las monjas ponían siempre de ejemplo de todo y para todo; me pillaron. Me pillaron y me llevaron al despacho de la madre Purificación.
(Con voz severa) ¡Clarita! ¡Tienes prohibido acercarte a Mari Carmen Castilla!
(Con voz infantil) Pero, madre, solo estábamos jugando. Somos amigas.
(Con voz severa) ¡Pues tienes prohibido ser amiga de Mari Carmen Castilla!
(Pausa) ¡Ni que le fuera a contagiar la viruela! (Gira la cabeza y mira hacia el colegio) Mari Carmen Castilla y yo nunca fuimos amigas. No. (Pausa)
¿Y el mes de mayo? ¡Ay el mes de mayo! ¡Qué juerga era el mes de mayo, con las flores y los tallos! (Ríe, irónicamente). Una tarde, le dije a mi padre que tenía que llevarme al campo, a coger flores para María. Y mi padre me llevó al campo. Amapolas, margaritas y…, creo que mi padre dijo que eran pedos de burra. Sí, unas florecillas chiquitas y muy amarillas. La verdad es que las manos me echaban una peste…, pegajosas, sucias. Llegué a casa y puse las “flores silvestres” en un vaso con agua. Mi madre ató el ramillete con un lazo del pelo, rojo, muy rojo, tanto como las amapolas. A la mañana siguiente, las flores para María fueron directamente a la basura.
Fue la madre Purificación, la directora del colegio. (Con voz severa) «¡Clarita! ¡Cómo se te ocurre! ¡Estas flores tan feas! ¡A la niña María hay que comprarle rosas, comprar una docena de rosas en una floristería, o como poco de claveles!» Ahí aprendí que las flores no se cogen del campo, se compran en la tienda, ¡como todo! ¡Porque todo se compra! Eso me lo enseñó mi abuela.
Mi abuela vino a casa, a pasar una temporada con nosotros. Ella me llevaba y me traía del colegio. Se hizo amiga de las monjas, muy amiga de la madre Purificación. Todos los lunes me daba cien pesetas, guardaditas en sobrecito blanco, cerrado. ¡Lo pegaba yo la lengua! (Pausa. Con voz tierna) «Llamas al despacho de la madre Purificación, y, cuando diga “¡adelante!”, abres la puerta y le das los buenos días. Le entregas el sobre y le dices: “Es mi propina de los domingos, se la quiero donar a los pobres”. Y lo haces todo sin atropellarte, como una señorita dulce y bien educada”.
A partir de aquello, comencé a subir escalones en la “gran estatua de la simpatía” que era la madre Purificación. ¡Vaya nombre! ¿Qué no? (Con afección rotunda, imitando el sonido de campanazos) ¡Purificaciónnnn, Purificaciónnnn, Purificaciónnnn! ¡Qué miedo da solo pronunciarlo! (Gesticula temblar de miedo).
Ya empezaba a estar orgullosa de mí. ¡Hasta parecía una de las favoritas! Habían subido mis notas, y ya no me castigaban en el cuarto de las basuras. Aquello me animó a estudiar. Hacía los deberes cada tarde… ¡Todos estábamos contentos! Mis padres, mi abuela, la madre Purificación… y yo. ¡Yo que me lo creí! (Ríe, irónicamente).
¡Me encantaba la geografía! Los montes, los picos, las cordilleras, los ríos, los lagos, los mares…, los países, las capitales, los pueblos. ¡Me los sabía todos! De España, de Europa, de América…, de África no tanto. De África sabía señalar El Congo, era donde estaban los niños pobres. España me la sabía de cabo a rabo. Todavía me acuerdo de… Puedo dibujar el mapa político de España, con todas sus provincias y sus antiguas regiones. También el mapa físico, montes, mesetas y ríos. ¡Con los afluentes más importantes! (Pausa)
A mí me gusta jugar, jugar y apostar. En mi casa, los domingos por la tarde jugábamos a las siete y media, y, mis hermanos y yo, apostábamos la propina del domingo. ¡No, la de los niños pobres, no! ¡La propina de comprar chucherías! ¡Ya éramos mayores! Yo tendría diez y once años… Aposté con Mari Carmen Castilla que Granada daba al mar. Sí, que Granada tenía costa. Yo lo sabía porque lo había visto con mis ojos, me había bañado en ese mar. ¡Yo veraneaba con mi abuela en Almuñécar! ¡Y me llevaba a la playa de Salobreña, que no era de piedras! ¡Y a Motril, al puerto a ver los barcos de los pescadores! Estaba segura, segurísima, de que Granada tenía mar. (Pausa)
El libro de geografía, de Vinces Vives o de Santillana, ya no recuerdo, tenía unos mapas muy mal dibujados. La provincia de Granada, con capital Granada, al sur acababa como en punta, un vértice minúsculo que casi tocaba…, casi tocaba el mar mediterráneo. Mari Carmen Castilla me instigó a apostar. Apostamos cinco pesetas. Ella que no, yo que sí, ella que no, yo que sí. Yo, muy lista, le dije que Granada capital no tenía mar, pero que la provincia, al sur, sí tenía mar. ¡Pero si había un ferry que cruzaba a África! En esas estábamos, con la clase dividida entre la super empollona, Mari Carmen, y la super chistosa, yo. Entró la madre Purificación y pidió explicaciones acerca del revuelo.
Paquita, Paquita la tonta, que así la apodábamos sin que ella nunca lo supiera, se chivó. Se chivó y tuvimos que decir qué y sobre qué habíamos apostado. Entonces no se podía mentir. ¡Estaba prohibido!
Libro en mano, un mal libro, con pésimos dibujos... ¡Granada no daba al mar! Me castigaron. De nada sirvió que yo contase mis vacaciones de todos los agostos con mi abuela bañándome en la costa de Almuñécar, ni de la arena fina de Salobreña, ni de los barquitos de Motril, amén del ron pálido que descubrí en la adolescencia. ¿No lo saben? ¡Granada no tiene mar!
Me vine abajo. Fue un golpe muy duro. Dejé de sacar buenas notas, me volví traviesa, arriesgada, callejera… Sí, callejera era la niña que siempre estaba por la calle (Gesticula con los brazos, indicando “¡qué le vamos a hacer!”).
(Se acerca a la puerta del colegio. Golpea varias veces en la puerta. Alguien abre la puerta) ¡Buenas tardes, madre! ¡Vengo a buscar a Clarita, mi nieta! (Entra medio cuerpo en el colegio, y se dirige al público) ¡Lleva el pelo suelto, con tirabuzones y un enorme lazo rojo! ¿Está castigada?
(Cae el telón)
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