jueves, 26 de mayo de 2022

Ejercicio 7C - María José Ventaja

 

Desde la ventana


Un asqueroso día de agosto. Un domingo asqueroso. Son las diez de la mañana, treinta y tres grados. La depuradora de la piscina está estropeada y no queda leche para desayunar. No, no he madrugado, o sí. A las ocho se abrieron los ojos y las ventanas. Aún subía el bochorno de la noche por las paredes y noté cierto frescor entre las piernas. Las bragas mojadas, supongo que por ese calor espeluznante que, mientras dormía, se me hizo agua en el cuerpo. Solo unas horas de sueño pesado, diazepán, dos pastillas, de vuelta a la cama, bajo el ventilador, sin hacer nada, sin pensar en nada. Un placer en las mañanas de domingo. Domingos sofocantes de agosto, domingos sin nada. Algo de educación católica me ronroneaba por la mente: ¡Levántate! ¡No seas perezosa! ¡La pereza es un pecado! ¡Arriba!
Me levanto. Considero buscar lo agradable de un día encerrada, en casa, en pijama, tirada en el sofá y mirar y mirar sin ver nada, comer una tableta de chocolate y dejar que la música ocupe su espacio… ¡Sí, solo la música! Se me adelanta el vecino. Un antiguo vinilo en la mano, media onza de chocolate deshaciéndose en mi boca. Budy Holly asalta las ondas del dormitorio con That'll Be The Day, y yo babeo. Sí, esa saliva de adecuada densidad que fluye por fuera de la boca. Intento sorber el líquido, dulce y mío, con afán de que no se desperdicie nada sobre la piel que no me puedo lamer. Por toda la barbilla, evitando el cuello. El chorro de saliva marrón de sabor a chocolate cae entre los pechos y baja hasta el ombligo, empapa el camisón lencero azul pálido, limpio y de estreno. ¡Qué pena no ser un perro!
Escucho ruidos en la casa de al lado, en el salón de mi vecino. Además de Budy Holly, alguien más canturrea con voz placentera y satisfecha. Una mujer desnuda prepara pan con mermelada. Sale al jardín y abre la boca madura de la noche, traga el dulce gelatinoso y la miga de trigo blanco que amasa su saliva. Deglute, aplasta y paladea y lo deja caer por la garganta, despedido por la lengua habilidosa y despejada. Yo sudo y limpio la humedad de mi entrepierna con dos dedos de la mano, chupo y recojo y me regocijo con sazón el paladar, hueco y esperanzado.
Una risa y otra risa más liviana apaga el gorgojeo que solicita el cuerpo desnudo de una mujer con sabor a mermelada. Un gemido corto, una queja fina y álgida encubre un gesto meramente masculino. Las manos abarcan la carne redonda y dividida, las piernas se tensan como alambres que se atan y no se quieren despegar del lío que acometen, aunque lo parezca. Lo parece y no es cierto porque uno y otro se unen y desunen acompasados e in crescendo, los cuerpos pegajosos y estertóreos, en un movimiento último y bruto que indica el tiempo de un instante cuando enmudece el grito de un placer reconocido. Acaban, y el suelo frío los recoge, descuartizados de impulsos y risueños, como en una satisfacción suprema. Mientras, yo he ido imitando los recuerdos de otras veces, recorriendo los paseos de las manos por la piel ansiosa. Ahora, apoyo el pubis y los pechos sobre el cristal emborronado de un aliento más caliente, más calmado, más complacido. 
El hombre curva la cara hacia arriba y me contempla durante algo más que el tiempo de una mirada curiosa. Me saluda con la energía gastada con que se saluda a un vecino a las diez y diez de la mañana de un asqueroso domingo de agosto.



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