Subió al camarote. Había cogido un bote de pintura roja y una brocha gruesa.
Llevaba toda la mañana con la oreja
atenta, esperando el momento. Sobre la una del mediodía, les oyó charlotear por
las escaleras. La familia Telerín bajaba al completo con bolsas grandes del súper.
Era el primer domingo soleado de verdad. Un día para ir a la piscina o a la
playa. Acercó el ojo a la mirilla sin pegarlo del todo para no ser visto del
otro lado. No quería encontrarse con otro ojo mirándole. Los contó: uno, dos,
tres, cuatro, cinco, seis. Estaban todos. El padre, de hombros cuadrados,
bajito y fuerte, que lo tenía atemorizado; y la madre, joven y vocinglera; y la
hija mayor de unos 15 años y larga melena negra; y el hijo adolescente
peligroso; y la otra hija de unos 13 años; y la más pequeña, de 5 años, la que
hacía dos le decía “te quiero” al cruzarse, porque era una niñita inocente y
charlatana y risueña, y porque preguntaba a todo el mundo por su nombre, y también
a él, hasta que sus padres se dieron cuenta de ello. A veces se cruzaba con alguno
o con todos a la vez. Él siempre saludaba educadamente, con un breve “Hola”, o “Buenas”.
El padre evitaba mirarle o le echaba una mirada furiosa; y la madre igual; y
los hijos; y ahora también la pequeñita porque ya había aprendido que no debía
decirle ni palabra.
Escuchó el portazo del portal al
cerrarse. Habían marchado todos. Sólo se oía el silencio templado del domingo. Salió
de su piso sin hacer ruido y subió al rellano de los camarotes. Y se aplicó con
ganas en pintar la puerta nueva que los Telerín acababan de instalar en su trastero.
Los vecinos les habían denunciado hacía ya dos años porque habían tirado la
pared del fondo del camarote y habían ocupado el espacio de la entrecubierta y
habían hecho un agujero en el tejado para sacar una salida de humos. Y todo sin
permiso. Y sin enmienda. De nada sirvió haberles reconvenido en reunión de comunidad.
Al contrario. Se había declarado una guerra personal contra él, silenciosa y
real. Porque él era el único propietario que vivía en la casa. Y porque las otras
manos estaban ocupadas por inquilinos. Los Telerín habían tomado el edificio: dejaban
en el portal la bici negra del mayor y la bici morada de la chica y la bici fucsia
de la madre y el triciclo rosa de la más pequeña y la pelotita de colorines. Y
en el rellano de su vivienda, según el día, los zapatos de unos o de todos, y dos
paraguas colgados en el barandado y una toalla y una alfombra. Y en el piso de los
camarotes, justo delante del suyo, taponándole la entrada, dos colchones y una plancha de pladur enorme y otra bicicleta y una bañera portátil y listones de madera y lo que
se terciara según el día. Cuando él subía a coger algo tenía que mover todos
los trastos al otro lado. Y si volvía a subir más tarde con motivo o sin motivo,
se encontraba todo el tenderete nuevamente contra la puerta de su trastero.
Y señales. Un día aparecía una pegatina en su mirilla; y al otro, un chicle
pegado en el pomo, y cáscaras de pipas en el felpudo; y al otro, pañuelos de
papel sucios en su buzón y al otro, su cerradura sellada con pegamento… Ellos
eran muchos y él solo uno. Y tenía miedo de entrar al trapo. Hasta hoy.
Acabó de pintarrajear la puerta
del camarote de los Telerín. Pero no podía dejarlo así, porque eso le señalaba.
Pintarrajeó el camarote de su vecina, tan maja. Y pintarrajeó el suyo propio. Y
pintarrajeó la pared también. Y con cuidado de no gotear y no hacer ruido, volvió
a su piso.
Al rato, le pareció que no era
suficiente. Cogió de nuevo el cubo de pintura y la brocha y se asomó con la
puerta entreabierta. El día seguía soleado y pacífico, sin ruidos. Bajó rápido
al portal y pintarrajeó todas las bicis y luego los buzones, porque había que disimular.
Con movimientos precisos, metió el cubo y la brocha en la bolsa de basura que llevaba
en el bolsillo para eso, la anudó y se fue con el saco a la calle. Cogió el
coche del garaje y condujo hasta las afueras de la ciudad, a la escombrera,
para tirar allí la bolsa de basura y la brocha.
Al ir a montar de nuevo, se vio
una gota de pintura roja en la camisa. Cogió una botella de agua del
salpicadero y un trapo de la guantera y frotó con fuerza la mancha porque no era
pintura plástica. Pero la mancha seguía allí. Dio una patada al suelo de rabia.
Se quitó la camisa. Sacó el mechero del bolsillo y le prendió fuego. El domingo
seguía siendo soleado, pero se había levantado airecillo. La camisa incendiada rozó
los hierbajos resecos y como un reguero de pólvora se extendió la llama por el
suelo hasta la montaña de basura. El coche se vio también atrapado en el camino
del fuego y prendió rápidamente.
Echó a correr para evitar que las
llamas le alcanzasen también a él. Y sin mirar atrás, siguió andando a paso
rápido camino del pueblo cercano. A lo lejos, se oían ya las sirenas.
Mala suerte
ResponderEliminarBombazo buenísimo
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