domingo, 15 de mayo de 2022

7C.- Mal rollo. MªCarmen Gamero

 

7C.- El calibrador

 

 

A Nandy le gustaba estudiar, pero prefería encontrar trabajo después del instituto. A lo largo de los dos años siguientes reflexionó sobre qué le haría feliz. Por suerte, sus padres preferían que viviera en casa a verla triste, por eso le permitían todo, más aún al ser hija única.

Una mañana subió al desván y en un viejo arca encontró un aparato metálico que poseía una escala principal sobre la que se deslizaba otra auxiliar que permitía lecturas exactas muy pequeñas. Lo agarró como una extensión de su mano y, empezó a medir todo a su paso.

La anchura de los mangos de los cubiertos, el grosor de los platos, la punta del lápiz con el que escribía los recados en la libreta con imán pegada en la puerta del frigorífico. El grosor del anillo de casado de su madre, el de su padre. La clavija del enchufe del secador de pelo, hasta el grosor de su camiseta.

Lo llevaba a todas partes en la mochila marrón de tachuelas que, por supuesto, conocía al milímetro. El asa derecha cargaba un milímetro más que la izquierda, tal vez, por defecto de fabricación.

El día que se encontró con su amiga Alicia le mostró su afición. Alicia, que era muy práctica, se sorprendió con tal pérdida de tiempo. Sólo dejó que le midiera una vez.

—¿Qué haces? — dijo Alicia

—Medirte las uñas postizas— respondió Nandy

—De postizas nada, son de gel.

—Qué más da, tuyas, tuyas no son.

—Date prisa, estas tonterías me aburren.

 

Los días posteriores se dedicó a medírselas a sus padres, tanto pies como manos y las anotaba en un cuaderno. Leyó que el ritmo de crecimiento de las uñas varia de un dedo a otro y de una persona a otra, en media cero con un milímetro por día. Las de las manos 4 veces más rápidas. Aunque depende, además de otros factores como edad, estación del año.

Su obsesión llegó a tal extremo que el padre le dijo:

   Quiero que veas a un psicólogo

   ¿Por qué?

   Debes buscar trabajo y ser independiente.Si quieres medir, realízalo como entretenimiento

   Es un trabajo

   Déjate de tonterías

   Bueno, por ahora no, pero será un trabajo

   Te doy un mes. Si sigues con lo mismo vas al psicólogo

   Paso

 

Desde entonces, Nandy midió y midió. Midió las uñas de sus vecinas mayores. Anotó cada métrica. Volvía una y otra vez hasta que algunas empezaron a tener miedo a abrir.

La de la casa grande de enfrente, una señora de ochenta y cinco años vivió siempre sola, por eso la compañía de Nandy la agradecía, aunque el pago fuera dejarse medir las veinte uñas todos los días.

Una mañana supieron que la llevaron al hospital por uno de sus achaques y, allí apareció Nandy que volvió a medir cada milímetro. Sabía cuando se las cortaba y si el corte era igual o desigual.

Al ser la única visita, pudo dejar su contacto para ser avisada si ocurría alguna cosa o le daban el alta. Después de una semana hospitalizada, el estado de salud de la anciana empeoró. Nandy permaneció a su lado hasta el fatal desenlace, momento en el cual cogió su calibrador y midió, una vez más. Esas anotaciones nadie las vio nunca.

En el tanatorio pidió para despedirse por última vez de la vecina y, con disimulo, sacó de su mochila el calibrador. Midió primero las de la mano derecha, luego las de la izquierda. Temía ser descubierta cuando descalzara el pie derecho, pero, pudo terminar. El izquierdo le costó más. Su padre quiso ir a su lado.

—¿Qué haces?

—Nada

—¿Nada?

—¿Qué quieres que haga?

—Mirarla por última vez, rezar, que sé yo.

—Ah, vale

—Si quieres estar sola te dejo

—Mejor, más intimidad para despedirme.

—Te espero fuera

—Gracias, papá.

 

Así terminó de medir las uñas del pie izquierdo oteando por el cristal la posibilidad de ser interrumpida por el padre o el señor de la funeraria.

Con sus anotaciones escondidas respiró como quien termina con éxito su trabajo.

Un mes después supo que dos calles más abajo moraban un viudo de casi noventa años. Empezó, de nuevo, a medir cada día sus uñas hasta que el hijo, que instaló cámaras de seguridad en la vivienda, la descubrió y le prohibió volver.

Cuando Nandy supo que un chico joven de unos treinta años que, frecuentaba el café donde ella se reunía en ocasiones con Alicia, falleció en un accidente, dijo:

 

—¡Mierda! Porqué no le medí ayer. Perdí la oportunidad

—¿Cómo? — Preguntó el padre

—Cosas mías.

—Pediré cita en el psicólogo

—No. Me inscribo en la universidad.

—Que buena idea

 

La obsesión por saber cuanto les crecían las uñas a sus vecinos después de muertos la llevó a solicitar plaza para cursar técnico de Medicina legal y Forense. El calibrador, su calibrador, su acompañante.

Aceptada como nueva alumna, se dirigía al café en el que servían unas madalenas rellenas de chocolate que adoraba. Le prohibieron volver cuando puso una queja porque el grosor variaba cada día. Así que se limitó a medir las uñas y el cabello, sí, el cabello también crece después de muerto, siempre lo creyó, incluso después de suspender la teoría.

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