7C.- El calibrador
A Nandy le gustaba estudiar, pero prefería encontrar trabajo
después del instituto. A lo largo de los dos años siguientes reflexionó sobre
qué le haría feliz. Por suerte, sus padres preferían que viviera en casa a
verla triste, por eso le permitían todo, más aún al ser hija única.
Una mañana subió al desván y en un viejo arca encontró un aparato
metálico que poseía una escala principal sobre la que se deslizaba otra
auxiliar que permitía lecturas exactas muy pequeñas. Lo agarró como una
extensión de su mano y, empezó a medir todo a su paso.
La anchura de los mangos de los cubiertos, el grosor de los
platos, la punta del lápiz con el que escribía los recados en la libreta con imán
pegada en la puerta del frigorífico. El grosor del anillo de casado de su
madre, el de su padre. La clavija del enchufe del secador de pelo, hasta el
grosor de su camiseta.
Lo llevaba a todas partes en la mochila marrón de tachuelas
que, por supuesto, conocía al milímetro. El asa derecha cargaba un milímetro más
que la izquierda, tal vez, por defecto de fabricación.
El día que se encontró con su amiga Alicia le mostró su afición.
Alicia, que era muy práctica, se sorprendió con tal pérdida de tiempo. Sólo
dejó que le midiera una vez.
—¿Qué haces? — dijo Alicia
—Medirte las uñas postizas— respondió Nandy
—De postizas nada, son de gel.
—Qué más da, tuyas, tuyas no son.
—Date prisa, estas tonterías me aburren.
Los días posteriores se dedicó a medírselas a sus padres,
tanto pies como manos y las anotaba en un cuaderno. Leyó que el ritmo de
crecimiento de las uñas varia de un dedo a otro y de una persona a otra, en
media cero con un milímetro por día. Las de las manos 4 veces más rápidas.
Aunque depende, además de otros factores como edad, estación del año.
Su obsesión llegó a tal extremo que el padre le dijo:
— Quiero
que veas a un psicólogo
— ¿Por
qué?
— Debes
buscar trabajo y ser independiente.Si quieres medir, realízalo como
entretenimiento
— Es un
trabajo
— Déjate
de tonterías
— Bueno,
por ahora no, pero será un trabajo
— Te doy
un mes. Si sigues con lo mismo vas al psicólogo
— Paso
Desde entonces, Nandy midió y midió. Midió las uñas de sus
vecinas mayores. Anotó cada métrica. Volvía una y otra vez hasta que algunas empezaron
a tener miedo a abrir.
La de la casa grande de enfrente, una señora de ochenta y
cinco años vivió siempre sola, por eso la compañía de Nandy la agradecía, aunque
el pago fuera dejarse medir las veinte uñas todos los días.
Una mañana supieron que la llevaron al hospital por uno de
sus achaques y, allí apareció Nandy que volvió a medir cada milímetro. Sabía
cuando se las cortaba y si el corte era igual o desigual.
Al ser la única visita, pudo dejar su contacto para ser
avisada si ocurría alguna cosa o le daban el alta. Después de una semana
hospitalizada, el estado de salud de la anciana empeoró. Nandy permaneció a su
lado hasta el fatal desenlace, momento en el cual cogió su calibrador y midió,
una vez más. Esas anotaciones nadie las vio nunca.
En el tanatorio pidió para despedirse por última vez de la
vecina y, con disimulo, sacó de su mochila el calibrador. Midió primero las de
la mano derecha, luego las de la izquierda. Temía ser descubierta cuando
descalzara el pie derecho, pero, pudo terminar. El izquierdo le costó más. Su
padre quiso ir a su lado.
—¿Qué haces?
—Nada
—¿Nada?
—¿Qué quieres que haga?
—Mirarla por última vez, rezar, que sé yo.
—Ah, vale
—Si quieres estar sola te dejo
—Mejor, más intimidad para despedirme.
—Te espero fuera
—Gracias, papá.
Así terminó de medir las uñas del pie izquierdo oteando por
el cristal la posibilidad de ser interrumpida por el padre o el señor de la
funeraria.
Con sus anotaciones escondidas respiró como quien termina
con éxito su trabajo.
Un mes después supo que dos calles más abajo moraban un
viudo de casi noventa años. Empezó, de nuevo, a medir cada día sus uñas hasta
que el hijo, que instaló cámaras de seguridad en la vivienda, la descubrió y le
prohibió volver.
Cuando Nandy supo que un chico joven de unos treinta años
que, frecuentaba el café donde ella se reunía en ocasiones con Alicia, falleció
en un accidente, dijo:
—¡Mierda! Porqué no le medí
ayer. Perdí la oportunidad
—¿Cómo? — Preguntó el padre
—Cosas mías.
—Pediré cita en el psicólogo
—No. Me inscribo en la
universidad.
—Que buena idea
La obsesión por saber cuanto
les crecían las uñas a sus vecinos después de muertos la llevó a solicitar
plaza para cursar técnico de Medicina legal y Forense. El calibrador, su
calibrador, su acompañante.
Aceptada como nueva alumna, se
dirigía al café en el que servían unas madalenas rellenas de chocolate que
adoraba. Le prohibieron volver cuando puso una queja porque el grosor variaba
cada día. Así que se limitó a medir las uñas y el cabello, sí, el cabello
también crece después de muerto, siempre lo creyó, incluso después de suspender
la teoría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario