EL SUPERDOTI
El día que en mi casa llegó la carta en la que se me diagnosticaba como superdotado nadie supo qué hacer. Nadie supo qué decir. Nadie supo qué comentar. Nadie, salvo mi abuela que dijo que eso no había que vivirlo como un problema, que habría que sacarle la parte positiva. Mi padre le recriminó eso de ser positiva. Le dijo que estaba cansado de tanto positivismo. Así que nadie volvió a decir nada más.
Mis padres acordaron decírselo a la maestra. Un niño con diez años no sabe nada sobre este asunto. Un niño con diez años solo sabe que lo que quiere es jugar con los amigos y sabe que le gusta Margarita Ruiz. Porque nadie lo sabe, pero a él le gusta ponerse con ella a pintar y le gusta jugar con ella en los recreos y ponerse con ella en el mismo grupo. Un niño con diez años también quiere aprender y no sabe que a los demás le cuesta más.
Cuando la maestra recibió la noticia se emocionó. Casi grita un “lo sabía” pero se cubrió la boca y lo dijo bajito. Ella lo comucicó a la Dirección del colegio y ya todos lo supieron. Así fue como pasé a ser el centro de atención. Todos los niños querían ser mis amigos. Todos rivalizaban porque me fuera a sus casas a hacer deberes y a merendar y jugar. Todos empezaron a llamarme “el superdoti”. Me miraban con cara de condescendencia unos, otros con cara de admiración. Todos esperaban a ver mis ejercicios para ponerme de ejemplo. Era como si mi trabajo fuera lo máximo que se puediera hacer para mi edad. Eso se impuso en toda la clase. Al único que no le hacía gracia era a Javier Pérez que le gustaba compararse conmigo. Incluso alguna vez comentó que sus ejercicios estaban mejor que los míos. La maestra lo ignoraba e incluso se lo recriminaba. Decía que no había que ser envidioso sino estar contento de que yo fuera su compañero y que, además era un buen compañero y no era un presumido presuntuoso.
Todo cambió para mí. Todo cambió para mí salvo que Margarita Ruiz me gustaba. A ella ahora yo le gustaba más y presumía de que era su novio de toda la vida.
Terminó el curso y todo fue gloria, admiración, felicitaciones, regalos, aplausos.
En septiembre llegó otra carta a mi casa. La leyó mi abuela. Al parecer había un error en el diagnóstico y que la carta que me enviaron se refería a otro chico. Hubo un revuelo en mi casa. Nadie sabía callarse, nadie sabía tranquilizarse, nadie sabía qué decirme. Todos pensaron en lo absurdo que era todo. Mi abuela dijo que lo mejor era cambiarme de colegio porque si esto se sabía me iban a estigmatizar ya que todos iban a considerarse muy tontos.
Así fue como me cambié de colegio y mi vida se vino abajo. Todos callaban. Ningún miembro de mi familia volvió a hablar del tema.
Intenté ver a Margarita pero estaba de vacaciones unas veces y otras no podía con los deberes. Así mi vida volvió a ser nueva y rara. Todo era extraño. Nadie me alababa ni halagaba pero era feliz jugando con mis nuevos compañeros. Pronto me hice mejor amigo de Ana Santana, una niña muy guapa y estudiosa. Pasó a ser mi novia aunque me costó más de un mes olvidar a Margarita Ruiz.
Muy original, Purificación. Con él demuestras muy bien la fragilidad de los niños, cualquier cosa puede desbaratar su mundo
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