Noticiero
El veintidós de noviembre de 2018 Mario Verdugo, de treinta y seis años, salió de la cárcel con el único objetivo de vengarse del que había sido su mejor amigo, Juan Trufado. Ambos habían llevado una gestoría durante diez años, pero por un engaño de su amigo, él había estado en la cárcel dos años. Juan Trufado había desaparecido del mapa y lo había hecho con la novia de Mario. Le dolía tanto que, en su pecho, a la altura de la punta del esternón, Mario sentía una presencia continua que le recordaba su vulnerabilidad e ingenuidad.
Cuando Mario cruzó la puerta de salida de la cárcel tenía ya un plan trazado para localizar a Juan. La lista de amigos, la de los falsos amigos, la de conocidos y también la de su falsa novia. Su idea era encontrarlos y matarlos sin hablar con ellos y deseaba hacerlo con sus propias manos.
Nadie vino a recogerlo. No le había dicho a nadie cuándo salía. No deseaba ninguna muestra de cariño, o de condescendencia, o de reproche. No quería que nadie le enturbiase su plan. Llevaba tatuado en su pecho: VENGANZA.
Se instaló en lo que había sido su casa, ahora reducida a un nido de polvo. Quitó las sábanas que cubrían los sofás y se sentó. Sacó de su bolsa un cuaderno donde tenía anotaciones que parecían galimatías y un móvil de prepago. Hizo una llamada y concertó una cita. Salió de casa y se dirigió a un parque. Se sentó en un banco y dejó una pequeña bolsa a su lado. Estuvo esperando más de una hora hasta que llegó un joven corriendo con la capucha de su sudadera puesta. Dejó una bolsa en una papelera y recogió una bolsa de al lado de Mario, con lo que se suponía sería el pago del arma que había depositado en la papelera.
Mario recogió la bolsa de la papelera y sacó su cuaderno tachando dos de las anotaciones que había escritas.
De allí se fue a su casa a comprobar su pistola. Todo funcionaba correctamente.
Salió de nuevo y se dirigió a una agencia de detectives ubicada en el centro de la ciudad con un nivel de éxito del cien por cien según le había indicado un compañero en la cárcel. Se dirigió allí y les dio toda la información de la que disponía sobre su exsocio y su exnovia para que ellos los localizaran. Quedaron en verse en diez días fijando día y hora para no tener que llamar por teléfono.
De allí se dirigió a las afueras de la ciudad donde había una escuela de tiro donde no hacían inscripciones. Fue ocho horas durante cinco días para aprender a disparar.
Trascurridos los diez días se dirigió a la escuela de detectives. El responsable lo invitó a sentarse. Era escasa la información de la que disponían. Juan Trufado hacía dos años había cogido un barco hacia Tenerife, pero no había más información sobre él, aunque lo estaban estudiando. Sobre la chica le dijeron que también salió del país, pero en dirección a Brasil. En Brasil no había registro de entrada de Dolores García Rodríguez. Estaba claro que en el aeropuerto o en el avión había conseguido un pasaporte falso. Esto le cuadró porque su novia, Lola, era de ciudad fronteriza con Portugal y sabía portugués. Lo que no le cuadraba era que cada uno de ellos tomase un destino distinto. No tenía sentido.
El dolor puntiagudo de su pecho era lacerante. Pasaba sus días corriendo por los parques y carreteras. Necesitaba correr, correr para no pensar, correr para cansarse, correr para sudar su necesidad de vengarse.
Recibió una llamada y acudió a la agencia. Habían encontrado noticias de su novia. Dolores, al parecer, había fallecido el mismo día de su desaparición. En el aeropuerto no daban información al respecto.
Las piezas no encajaban.
El pecho de Verdugo se convirtió en un huevo que recibía picotazos de un pollito queriendo salir.
Mario cogió una antigua Guía Campsa. Buscó cómo llegar al que un día fue el pueblo de Lola, su exnovia, la traidora, la zorra más que zorra. Cada vez que pensaba en Lola recibía un nuevo picotazo en su pecho. Cogió su coche y se fue a Alcornocal del Rey. Paró en el centro del pueblo. No había casi nadie por la calle. Sonaron once campanadas en el reloj del ayuntamiento. Entró en un bar y pidió un café. El camarero lo miró sin decir nada. Cuando le llevó el café le preguntó si era forastero o familiar de alguien del pueblo. Como pudo Mario le dijo en voz alta el nombre y la edad de Lola. El pico del pollo casi resquebrajó su pecho.
El camarero lo miró de nuevo. Esta vez de arriba abajo. Le preguntó su nombre y qué relación tenía con ella a lo que Mario respondió que eran amigos pero que hacía tiempo que no sabía nada de ella.
Al rato una chica salió de la cocina y pasó por delante. Llevaba ropa anticuada acorde al pueblo que parecía anquilosado en los años setenta. La chica no lo miró, pero él se fijó en que algo parecido a una cicatriz le atravesaba el rostro. También observó que cojeaba un poco de su pierna izquierda. La chica cruzó el bar. A pesar de su cojera Mario creyó reconocer a Lola. Tocó su arma. El pico del pollo de su interior picoteaba insistentemente en su esternón. Se levantó y exclamó un Lola que hizo que la chica, levemente, girara cinco grados su cabeza, pero continuó andando. Mario se llenó de dudas. A los picotazos de su esternón, se le añadió su corazón acelerado. Sonaron campanadas en el reloj del ayuntamiento. Cogió su arma, pero el camarero ya había cogido la suya y disparó un tiro al aire. Todos lo miraron. Mario se encontró con el arma del camarero en su nuca mientras le exigía que tirara su pistola. Mario le dio un codazo, pero la chica de la cicatriz se puso delante de él.
—Es a mí a quien buscas, dispara y acaba con mi sufrimiento— le dijo pronunciando muy despacio cada sílaba.
Mario sintió un golpe en la cabeza y cayó al suelo. Le desabrocharon su camisa para comprobar si estaba muerto. Abrió los ojos pero no podía incorporarse. En su pecho había un gran dolor. Su esternón, por fin, se había partido.
Nadie sabía qué hacer. Todos se miraban. Aquello era demasiado extraño a pesar de lo extrañas que ya eran sus vidas.
Nadie podía llamar a un hospital. Consiguieron un enfermero de confianza. Recomendó reposo. Mario no podía ni incorporarse. Tampoco podía hablar. Cuando su hueso fue cicatrizando Lola se acercó a él.
—Es todo tan horrible, que mejor te vas y dejas las cosas como están. Si quieres seguir vivo, mejor que no sepas nada —le dijo Lola.
—No pienso irme sin saber qué pasó y por qué estás así.
—Precisamente por eso. Estoy así por salvarte, pero yo estoy muerta. MU-ER-TA. MU-ER-TA. Eso es más que callada. Haz tu vida Mario. Yo ya he hecho todo lo que podía, hasta he renunciado a mí misma.
Mario se fue. Estaba claro que su venganza ya solo tenía un nombre: Juan Trufado.
Juan había llegado a Tenerife hacía más de dos años, justo cuando él ingresó en la cárcel. Los investigadores no sabían nada más, pero al menos no había noticias de su muerte. Mario sabía que si su amigo había ido a la isla tenía que haber sido en barco ya que su pánico a los aviones era significativo. Por lo tanto, no había ido mucho más lejos así que se fue a Tenerife. Allí contactó personalmente con un detective recomendado por su agencia. Tras dos semanas supo que Juan había cambiado de nombre. Ahora era Juan García y que se había operado. Su cara era diferente al igual que el color de su pelo, ahora rubio albino y, además, llevaba pendientes. Mario lo buscó con su nueva pistola en el bolsillo.
Juan ahora sobrevivía de la pesca. Pasaba muchas horas con un grupo de hippies que vivían en una autocaravana y fabricaban pulseras y pendientes. Era uno más entre ellos, pero no tenía dotes artísticas así que vendía el pescado que un colega y él pescaban cada madrugada. Mario quedó impresionado al verlo. Desde luego ni siquiera se le ocurrió sacar su arma. Sintió pena por aquel hombre arrugado por el sol.
—Lo siento mucho. Yo me metí en este lío y yo tengo que pagarlo. Mientras no sepas nada, seguirás vivo. Mejor rehaz tu vida y olvídate de todo. Si quieres matarme mátame, pero ahora ya no soy Juan Trufado. Él murió.
—Lo sé. Creo que no vas a contarme nada tú tampoco.
—¿Por qué dices tampoco? ¿Has encontrado a Lola? —preguntó Juan algo entusiasmado.
—No. Lola está muerta. MU-ER-TA. MU-ER-TA y PUNTO.
El dolor en el pecho no desapareció pero los picotazaos sí.
Mario se alejó y tiró su arma al mar.
Cine
Llovía. El cielo estaba lleno de nubes. No había esperanza de que dejara de llover. Cogí mi gabardina y mi paraguas y me dispuse a pasear por la ciudad. Nunca disfrutaba de aquella ciudad los días de lluvia y necesitaba un libro nuevo.
En la calle miles de coches con las luces encendidas repartían agua por las aceras. Llegué a una librería en cuya puerta colgaba un cartel que decía “A no ser que mi novio venga en un coche de caballos con un anillo y me pida matrimonio, vuelvo en cinco minutos”. Miré hacia el interior y alcancé a ver hasta el final de la tienda donde, delante de la estantería con libros, había un sofá y una mesa donde dos personas estaban colocando guirnaldas de flores. Entré y sonaron miles de campanas que me supieron a aplausos. En el mostrador de la entrada no había nadie, pero de detrás salió un duende verde que llevaba un libro bajo el brazo. Se acercó a mí y me lo ofreció dándome la mano y hablando en un extraño lenguaje que no reconocí.
A los cinco minutos yo estaba sentado en una flor tomando una especie de té con pastas. Al tomarlo empecé a entender todo lo que el duende me decía.
—Relájate y dime qué buscas — me dijo el duende.
—Ala, ahora te entiendo, ¿tú quién eres?, ¿de dónde has salido?
—Ya estamos, todo lo tenéis que pasar por el filtro de la conciencia —me respondió.
—Bueno, yo, … en fin. No sé qué decir— contesté nervioso.
El duende tiró de un pétalo de la flor en la que estaba sentado y me encontré colgado de un arco iris. Era un arco iris denso, por donde pude escalar sin caerme. Jugué encima de él y me resbalé, pero antes de caer al suelo apareció Peter Pan para llevarme a la habitación de Wendy. Allí jugué con los niños y el perro. Me asomé a la ventana y vi a la madrastra de Blancanieves muy cabreada porque en todas las puertas recibía un portazo. De repente desapareció al verme.
Bajé por el balcón y de nuevo el duende me cogió de la mano. Me llevó a una sala de espejos. Pude verme alargado, gordo, bajito, transparente, asimétrico, cuadrado, redondo, curvilíneo, etéreo, triangular. Me reí mucho, mucho muchísimo.
Se abrió la puerta y apareció el duende y, de nuevo de su mano, pasamos a otra sala donde había carruajes. Muchos conocidos viajaban en ellos. Yo los señalaba boquiabierto. Oliver Twist me saludó. Yo corrí tras su carruaje y llegué a una cafetería. Allí estaba sentada la Regenta y me hizo una seña para que me sentara. El duende apareció con una taza de café. Lo tomé y de nuevo llegué a la librería a la sala donde fabricaban libros. Una especie de trabajo encadenado que hacían mientras cantaban en una lengua inteligible.
El duende me dio la mano y me señaló mi libro. Me acompañó hasta la puerta y salí dándole las gracias.
Al llegar a la esquina recordé que no lo había pagado y me volví. De nuevo entré en la librería, pero una chica fue la que me preguntó qué deseaba. Le pregunté por el duende y me miró sonriendo. Me fui. Al menos llevaba mi libro. No me lo había inventado. Lo abrí y leí el título “Lo que te puede pasar un día de lluvia”.
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