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DIAS DE LLUVIA
Hacía un tiempo infernal.
Había llovido durante los últimos tres días, en horizontal, dejándote sin posibilidad de protección bajo un paraguas.
Había balsas de agua en la calzada, y las aceras estaban intransitables.
Ella no podía seguir debajo de la marquesina porque hacía rato que el portero la miraba con mala cara.
Justo antes de subirse la capucha de la capa impermeable, un coche frenó delante de ella y una ola de agua cayó sobre su cabeza. Se abrió la puerta del coche y un hombre de unos 40 años, 1,90 metros de estatura, con abundante cabello moreno ondulado, ojos azul cobalto y potente mandíbula cuadrada, se dirigió a ella sujetándola por los hombros, preguntándole si estaba bien, y pidiéndole perdón.
No podía contestar. Su mundo se había reducido a aquellos ojos azul cobalto y decidió que fingiría un desmayo, se introduciría en ellos a través de sus pupilas. El final, seguro que sería mejor que el que le esperaba esa noche.
Lo malo fue que se pasó de frenada y el desmayo, casi auténtico, hizo que se golpease la cabeza en la acera y se hiciera una brecha. El aparecido la subió al coche y, sin pérdida de tiempo, la llevó al hospital más cercano. El médico de guardia la encontró tan aturdida que le practicaron una sedación ligera para poder suturar la herida, hacerle una Resonancia Magnética y descartar lesiones cerebrales por traumatismo craneoencefálico.
Dos horas después, terminado todo el proceso, El aparecido la llevó a su casa y la dejó acostada, sola, en su cama. Es decir, el encuentro con El aparecido, no había modificado el final previsto de su noche de sábado.
El domingo lo pasó en la cama recuperándose de su accidentada noche. El lunes, como otros tantos, se levantó, se duchó, acudió a su aburrido trabajo vendiendo billetes de tren en la taquilla de la estación, y de regreso a su casa dudó, también como otros tantos lunes, si comprarse un perro para tener compañía. Preparó la cena, vio un rato la televisión y se acostó, esperando un nuevo martes, que fue tan previsible como cualquier otro. Lo mismo ocurrió con el miércoles, con el jueves y con el viernes.
Había seguido lloviendo durante toda la semana y el sábado amaneció igual.
Y continuó lloviendo durante todo el día. Otra vez el portero empezó a mirarle con malos ojos cuando llevaba casi una hora protegiéndose de la lluvia bajo la marquesina, cuando los ruidosos frenos de un coche tuneado aturdieron sus oídos al tiempo que una gran rociada de agua cayó sobre su cabeza, pero nadie se bajó del coche. La ventanilla derecha se abrió ligeramente y a través de una pequeña franja pudo ver un rostro más tuneado que el coche con piercings y tatuajes que le insultaba y le conminaba a quitarse de en medio porque si no lo hacía se iba a llevar una nueva rociada cuando volviera a arrancar.
Esta vez, el desmayo fue auténtico.
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