Comienzo 1 – Bar
Ha venido el repartidor como
todos los días, pero hoy no ha traído el pedido que tenía encargado. Dice que
en el camino ha tenido un accidente. Que le han tenido que atender porque se ha
dado un fuerte golpe contra el parabrisas por culpa de un frenazo. Dice que ha
tenido que ser en ese momento cuando le han dado el cambiazo. Que él traía el
palé con las cuatro bicicletas, los cuatro candados, los cuatro cascos y una
bomba para hinchar las ruedas. Pero de eso nada. Cuando ha descargado el palé
en el descampado de atrás del almacén, le he dicho que esperase un momento,
para ver la mercancía. Y mire, mire: un alijo por todo lo alto de cocaína.
Bueno, yo no sé. Supongo que será eso. ¿No le parece a usted, señor comisario?
Yo le he avisado de inmediato, por si acaso.
Comienzo 2 - Desfile
La estación de tren se divisa con
su característica arquitectura rural, junto a la vías, a su paso por Marinaleda. Es un torreón en el que vive el jefe de
estación con su familia. Un edificio sencillo, con un jardincito en un lateral.
Por delante, la calle principal de Marinaleda conduce hasta la entrada en arco
de la estación. Por detrás el andén con las vías, sus peligros y sus
tentaciones. Y el cartelón que anuncia a la llegada en letras de molde bien
grades: MARINALEDA. Y otro igual a la salida.
En el zaguán de la estación, los
tres hijos del nuevo jefe de estación, juegan a las canicas. Tienen advertido
que no salgan fuera, porque aún son pequeños, y su padre y su madre no pueden
estar todo el rato pendientes. El tiene que hacerse cargo de la llegada y
salida de los trenes, porque aunque Marinaleda es un pueblo pequeño de unos 200
habitantes, es un cruce de trenes y recibe más de 6 convoyes diarios con
mercancías para las dos fábricas de las afueras, Y la madre se ha de ocupar de
la casa y de atender la taquilla, cada vez que suena la campanita colgante que
ha dejado instalada en la ventanilla para bajar corriendo desde la cocina o
desde el desván, allá donde le pillen las faenas en ese momento.
Comienzo 3 – Cinematográfico /
zoom
La calle era una recta
interminable, con sus farolas en la ribera de las aceras, sus líneas blancas
pintadas impecables en el centro para delimitar los carriles de ida y vuelta,
sus semáforos parpadeantes en tres colores como todos, rojo, verde y amarillo.
En ese momento estaba desierta. Solo una figura iba hacia adelante. Caminaba despacio, pisando con suavidad, como
con miedo de que el suelo pudiera hundirse bajo su peso o que pudiera despertar
al tiranosaurio dormido y de repente emergiera el lomo escamoso con largo
cuello y su cabeza llameante. Al fondo del todo, el obelisco del cruce de las
cuatro avenidas principales. Parecía dirigirse hacia allí, con ese paso
algodonado e implacable. Hacia su meta.
Comienzo 4 – Poético // Canción
del verano (Pendiente rehacer)
Era un vestido de diosa, con el
que había soñado toda su vida. Ahí en frente, en el escaparate, delicadamente
colocado sobre el maniquí. La tela era de ensueño, con hilos que parecían
brillar de un modo sobrenatural. Tan extraño brillo, tan sutil textura rodeando
los brazos desnudos y la cara de porcelana de la figura, parecían darle vida.
Los ojos destilaban un brillo azul de piedra preciosa contagiados por la luz de
los hilos etéreos. Me acordaba de aquellos tres vestidos maravillosos de los
cuentos de hadas, esos que la princesa desterrada recibió de su hada madrina y
guardaba en una cáscara de nuez.
Comienzo 5 – Noticiero
En aquel edificio abandonado las
cortinas permanecían siempre echadas. Pero la mañana de autos, 4 de abril, al
menos una de las ventanas tenía la cortina corrida. Los viandantes aseguran que
vieron la silueta de una mujer que iba y venía veloz en el interior de la
vivienda del segundo piso, en el ventanal del balcón con balaustrada de piedra.
Justo ese bajo el cual el cuerpo sin vida
del muchacho apareció tendido en el suelo con una gruesa soga descansando
alrededor de su cuerpo. Hay quien dice que la causa fue el fantasma de la joven
señora envenenada la víspera de su boda,
hace de esto ya más de 60 años.
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