sábado, 16 de abril de 2022

Ejercicio 3C- RELATO- Marta Sanz

 

LAS ESCALERAS

 

 

Amaneció un día gris. El cielo emborronado intentaba sepultarnos. De vez en cuando una serpiente azulada proveniente de las montañas que nos rodeaban, hería el firmamento. Los pájaros que venían a refugiarse en el jardín, único lugar de paz en la colonia de chalets invadida por jóvenes amantes de los tirachinas y padres cazadores, piaban con tristeza esa mañana. Intuían que ese no era un día de sol.

 

Luis, mi marido, salió a media mañana a cerrar un negocio con su socio y al anochecer no había vuelto. La soledad se impuso como una tregua y decidí limpiar mis libros, tarea que llevaba posponiendo todo el año. Las obligaciones del hogar me habían apartado de mi pasión. Ya no tenía tiempo de leer. Me permití el lujo de comer un bocadillo acodada en la encimera de la cocina, cosa impensable y, al hacerlo, un atisbo de felicidad me reconfortó. Aproveché para telefonear a mi hermana, persona non grata para mi marido por causas inexplicables y con la que yo casi no me podía relacionar.

 

Finalmente, al caer la noche, la puerta se abrió y una ráfaga de lluvia mojó la alfombra del recibimiento. Los pájaros enmudecieron. Desde la cocina escuché como Luis subía las escaleras sin despegar los labios y luego le oí gritar desde la habitación “¿Qué coño has estado haciendo todo el día que no encuentro mis zapatillas?”

Subí arrastrando los pies escalón tras escalón. Supuse que el negocio quizá no habría salido bien o que las copas con su amigo soltero y trasnochador le saldrían por los oídos. Con la cara roja y los puños crispados me esperaba al pie de la cama quitándose el cinturón.

——¿Me puedes explicar el motivo por el cual en esta casa no existe el orden y no se encuentra nada?  ——susurró.

——Están ahí, donde siempre.

——¡Donde siempre! donde siempre te da la gana dejarlas a ti con tus ideas estúpidas acerca del orden.

——¿Quieres cenar algo? He hecho tortilla de patata ——dije.

——¡Tortilla de patata! No intentes cambiar de conversación. ¿Qué coño has estado haciendo todo el día?

 

Entonces se acercó, acogotándome contra la pared con el cinturón en la mano, pero como casi no se sostenía, conseguí escapar. Y sucedió lo inevitable, lo cotidiano. Me atrapó, pero esta vez al inicio de la escalera. Se me fue de las manos; yo tendría que haberme quedado quieta en la habitación y cerrado la boca, como de costumbre. Debí perder la cabeza.

 

Tomé conciencia cegada por una luz suspendida encima de la cabeza. A mi alrededor fantasmas verdes comprobaban los instrumentos de terror que salvan vidas. Vi acercarse a uno de ellos con una jeringa en la mano y supuse que venía dispuesto a sumirme en el nirvana, tan parecido a la felicidad eterna. Nadie quería decirme nada de lo sucedido con mi marido y yo no me podía permitir descansar sin saberlo.

 

——¡Espere, por favor, espere! ¿Dónde está mi marido? ¿Cómo está mi marido, se encuentra bien? ¿Qué me pasa, qué me van a hacer?

 

——Tranquila señora, tiene la pierna derecha rota, tranquila ——dijo el doctor—— Vamos a colocar un clavo para que su hueso suelde. No sabemos si va a poder volver a andar con normalidad. Cuando se encuentre bien podrá hacer el atestado. Vamos a dormirla.

 

——¡No, no, espere, por favor ¿Cómo está mi marido? ¿Está bien? No dejen que se muera, por favor, ayúdenle. ¿Atestado? ¿Qué atestado?

 

——Vamos a ver, señora, está vd destrozada. Hemos observado multitud de lesiones, algunas antiguas, otras recientes. Deberá explicar cual es el motivo de tantos traumas.

 

——Es todo culpa mía. Mi marido no tiene ninguna culpa. Soy muy descuidada, me caigo continuamente, me voy chocando por todas partes. Él no quiere hacerme daño. Además, yo le provoco. El no tiene más remedio que reaccionar. Intenté disculparme, me dio un empujón y perdió el equilibrio y, esta vez, cayó conmigo por las escaleras de nuestra casa. Se lesionó. Es normal. El no está acostumbrado.

 

Desperté dolorida, sin saber dónde estaba, con la cabeza envuelta en una niebla espesa de la que no conocía la procedencia, con los ojos sellados y las pestañas superiores pegajosas entrelazadas con las inferiores, las manos inertes intentando aferrarse a lo que me sostenía, una sensación angustiosa sentada encima de las costillas que no me permitía respirar y un atisbo de pregunta que me rondaba y que no era capaz de asir.

 

——Intente abrir los ojos ¿Quiere mojarse los labios?

 

——¿Los labios? ¿Dónde estoy? ¿Qué me han hecho? ¿Quién es vd?

 

——La enfermera de reanimación, señora, tranquila. Todo va a ir bien.

 

——¡Espere, espere, no se vaya! Ya recuerdo. ¿Dónde está mi marido? ¿Se encuentra bien? Dígame, por favor ¿Se encuentra bien?

 

——Señora, tiene que relajarse, tranquila. Y no se mueva. Tenía la pierna destrozada. Ha estado varias horas en quirófano.

 

——¿Y mi marido? ¿Cómo está mi marido?¡Pero dígame la verdad, sin tapujos! Necesito saberlo para poder descansar.

 

——Mire, no lo sé exactamente. Tenía un traumatismo craneal. Lo último que sé es que estaban intentando estabilizarle.

 

Y entonces sin saber cómo ni por qué imaginé mi vida sin Luis; coja, sí, pero sin Luis. Con muletas, pero sin Luis. Sola, comiendo de pie en la cocina de mi casa, sin Luis. Sentada en las escaleras leyendo con una copa de vino. Cenando con mi hermana en un japonés. Celebrando la navidad con mis primos. Y fue tanta la felicidad que pude sentir, fueron tantas las polillas que salieron huyendo de mi cabeza que, por primera vez, deseé que Luis muriera, enterrar a Luis, sepultarle en el pozo más profundo, tirar sus fotos cortadas pedacito a pedacito en la taza del wc, olvidar que alguna vez existió.

     Creo que Luis murió en ese momento, la ligadura se desvaneció y pensé que, por fin, estaba a salvo.

 

Al final ese día había resultado ser un día de sol.

 

 

 

 

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