sábado, 16 de abril de 2022

EJERCICIO 3-C RELATO Sonia Corcelle

AVERÍAS

 

 

                  El día no había empezado de la mejor manera:  el coche se negó a arrancar esta mañana y después de intentar arreglar la avería y tener que reconocer al final que el problema sobrepasaba sus capacidades, Alfonso Rodríguez no tuvo más remedio que coger un taxi  - suerte que uno pasaba cerca-  para no llegar con excesivo retraso al colegio. La campana de entrada a clase ya había tocado hacía unos minutos y sus alumnos adolescentes le esperaban en el patio armando bastante jaleo. “Vaya, pensó alborotado, seguro que lo oye el Director desde su despacho”. Le costó algo restablecer la calma en las filas.

                  — Profesor, ¿es que se le han pegado las sábanas?, le espetó uno con sorna.       

                  Fingió no haber oído pero le fastidió esta reflexión calcada sobre la que él utilizaba cuando un alumno llegaba rezagado.

                  Después de pasar lista, decidió empezar la clase con la corrección de los ejercicios: unos problemas de álgebra con ecuaciones de segundo grado. “Al listillo del patio, lo pillo seguro”, pensó, escocido todavía por el tono de burla de la reflexión.       

                 — Martínez, a la pizarra, dijo con voz imperativa.

                  Martínez farfulló unas palabras.

                  — Podría ser tan amable, Martínez, de vocalizar cuando habla, le dijo con retintín.

                  — Es que no los pude hacer, aclaró el alumno con voz apagada.

              — Ya. ¡Qué raro! Pero no importa, los va a resolver ahora mismo delante de todos en la pizarra.

              Disfrutando con antelación de la turbación de Martínez, uno de los cabecillas del grupo díscolo,  se situó en el fondo del aula para tener una visión de conjunto.        

                — Cuando quiera, Martínez, la pizarra es toda suya.

                 El alumno cogió la tiza, escribió la ecuación y se quedó pensativo. Alfonso Rodríguez se rascó la barbilla, gesto que traicionaba su disfrute del momento.

                  — Martínez, no se corte, inicie la resolución.

                   Se oyeron algunas risitas en la bancada de los empollones. El alumno seguía inmóvil frente a la pizarra, con la mano derecha caída a lo largo del cuerpo.

                  — Seguimos esperando, Martínez.

                  — Es que no sé, consiguió articular el aludido.

                  —Ya me he dado cuenta, ya. A su sitio, Martínez.

                  El alumno se bajó de la tarima entre codazos de mofa de la bancada empollona mientras sus secuaces iniciaban un discreto pataleo de apoyo. Una sonrisa de agradecimiento se dibujó en la cara de Martínez quien de pronto pareció recobrar la dignidad perdida y se fue a sentar irguiendo el pecho como un gallito. Alfonso Rodríguez tuvo que pedir silencio repetidas veces para proseguir la clase.

                Cuando tocó la campana del recreo, los alumnos se levantaron como un solo hombre pero Alfonso Rodríguez, con un gesto de la mano les intimó a que se volvieran a sentar. Lo hicieron con gestos y palabras de protesta. Él sabía que se jugaba su autoridad como profesor y no estaba dispuesto a ceder.

                  — Los tres pataleantes  – los fue nombrando uno a uno–  conmigo al despacho del Director. Y usted también, Martínez, por animarlos.

                  — Si no hemos hecho nada, profesor, protestaron en coro.

                  — El zapateo, amigos, se reserva para el tablao, que yo sepa. Así que seguidme ahora mismo y sin rechistar, que va a ser peor.

                  Los cuatro aludidos le siguieron con desgana, arrastrando los pies por el pasillo. Unos toques de nudillos en la puerta de Dirección y un “Entre” imperativo los puso a los cinco en presencia de una cara de pocos amigos.

                  — Usted dirá, señor Rodríguez, le conminó el director.

                  — Estos cuatro elementos que se creen muy graciosos y con derecho a montar el espectáculo en clase.

                  — Ya veo, ya. Hágame un informe escrito que me permita tomar las sanciones adecuadas. Y vosotros, fuera de mi vista. Tendréis noticias mías.

                  Como se disponían todos los presentes a abandonar el despacho, el director con un gesto de la mano, le indicó al profesor que se quedase.              

                  — Por cierto, Rodríguez, si mal no recuerdo, llegó usted con retraso esta mañana.

                   El profesor farfulló unas palabras que el director le pidió que aclarase.

                  — Sí, señor Director, llegué un poco justo.

                  — Un poco justo, no, Rodríguez, seamos precisos. Llegó usted con cuatro minutos y cuarenta segundos de retraso.

                  —Puede ser, señor Director.

                  — Puede ser, no. Fueron exactamente cuatro minutos y cuarenta segundos. ¿Tiene usted una explicación, Rodríguez?

                   — Una avería en el coche, señor Director.

                  — Ya, una avería...

                   El tono dubitativo del director hizo que Rodríguez se pusiera colorado y que ni siquiera intentase justificar la veracidad de su disculpa.

                  — Ya se puede retirar, Rodríguez, y que “la avería”  –esto último lo dijo con retintín– no se repita. ¿Me ha oído?

                  — Sí, señor Director.

 

                  Cuando salió al pasillo, le pareció ver como una sonrisa de burla en las caras de los alumnos que se disponían a volver a clase. Cabizbajo, se encaminó hacia el aula para proseguir su jornada lectiva.

1 comentario:

  1. Me gusta mucho. La falta de empatía del profesor es notoria. El que humilla, humillado.

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