Iluminada
Ejercicio 2 B – Opción B1
Atardecer
en la mañana
(En el escenario hay una
cocina con una mesa en el centro).
(Personajes: CLARA Y GREGORIO,
los dos están en la cincuentena)
(CLARA, entra con el pelo algo
revuelto, recién levantada, con un camisón descolorido, arrastrando las
chinelas con gesto perezoso. GREGORIO – GOYO, está sentado a la mesa con una
taza de café y leyendo el periódico.)
(GREGORIO al oír que llega
CLARA pregunta sin levantar la vista del periódico)
GREGORIO. —¿Qué tal has
dormido?
CLARA. —Pues ni sé qué
decirte… ¿Tú qué tal? Te veo bien dispuesto y, veo también, que has madrugado,
preparado tu desayuno y te has traído tu periódico… (habla
poniendo énfasis en el tú)
GREGORIO. — Pues sí, la verdad
es que estoy la mar de bien. He dormido como un tronco. En cambio, a ti te veo
ojerosa; vaya camisón más viejo que llevas, por cierto. Ya sé que te da igual
mi opinión, pero debías hacerlo por ti misma. Cuando uno se cuida se siente
mejor. No es por criticar, créeme, no es continuar con lo de ayer…
(CLARA pasa de caminar por la
cocina colocando alguna cosa, cogiendo el café para prepararse el desayuno, … a
sentarse frente a GREGORIO con una taza, se echa azúcar y remueve con la
cucharilla)
CLARA. — No será por lo de
ayer, pero bien que lo parece. Y para tu información este camisón me lo
regalaste tú y aunque viejo es muy bonito, me resulta cómodo y le tengo cariño.
GREGORIO. — Lo del cariño está
bien… cariño (lo dice con rintintin), pero te lo regalé cuando una
camisola con Minnie mirando con coquetería resultaba pícaro, como de Lolita,
pero…
CLARA. —Pero ¿qué? ¿Qué? ¿eh?
¿Ya no pega, es eso? ¿Que entonces estábamos en la treintena y todo te
resultaba pícaro? ¿Es eso? ¡Di!
GREGORIO. —¿Qué me quieres
decir con que entonces todo me resultaba pícaro?
CLARA. — Ahora no te ofendas
Gregorio que has empezado tú con el camisón.
GREGORIO. —¡Vaya!!! Gregorio
me llamas, en vez de Goyi… Eso sí que es una pista clara. Tu enfado va en aumento.
CLARA. — ¡Pues sí! va en
aumento al ver que te haces el duro, que nada te perturba, que yo soy la que
está desfasada, que no incentiva tus deseos, … sí estoy cabreada y no pegué ojo
por eso, ¡que lo sepas! ¡Yo al menos no te doy golpes bajos!
GREGORIO. —¡¿Que no me das
golpes bajos!? ¡¡¡Clara Isabel González de Campos!!! ¡¿Que no me das golpes
bajos?! Desde cuando a un marido, que se ha deslomado toda la vida por
complacerte, decirle que anda “flojucho demasiadas veces” y que ya no te subo
la moral porque prevés la frustración y estás harta de frustraciones, ¿Desde
cuándo eso no es un golpe en la línea de flotación? ¡Tu comentario no fue
precisamente muy amable… y no digamos el tono, que eso no te lo voy a imitar!
CLARA. —(Con tono serio, de
enfado) - ¡No dramatices Gregorio! Acuérdate de cómo empezó todo.
GREGORIO. —¡Venga ya! ¿Por
sugerirte que te compraras un Wonderbra que te levantara…? ¿Eso te ofendió?
CLARA. — Me parece que solo
entiendes de lo que te duele a ti.
GREGORIO. — Y tú de lo que te
molesta a ti.
… … … (Los
dos se quedan callados durante un momento en el que solo se oye la voz
amortiguada de la radio de la vecina) … … …
CLARA. —(rompiendo el
silencio con voz triste y conciliadora) - ¿Qué estamos haciendo, Goyo?
GREGORIO. — No sé Clary. Será
que nos está costando el declive.
CLARA. —¡Yo no estoy en
declive ninguno! ¡Mira que eres cabrón!
GREGORIO. — Ay Clary, quizás
no ando muy fino, pero esta noche tampoco pegué ojo y una noche de insomnio da
para mucho. Me rindo. No quiero discutir más. ¿Por qué crees que ya estoy tan
preparado, con el periódico comprado y el café hecho? Tengo que reconocerlo:
estoy cascao. Soy un cascajo.
CLARA. —¡No digas eso hombre!
¡Que no eres ningún cascajo, por Dios!
GREGORIO. —Que sí, que sí, …
Que ya no soy capaz de mostrarte lo mucho que me gustas, Clarita.
CLARA. — A lo mejor es que ya
no estoy como para gustarte con todo necesitando un “push up”.
GREGORIO. — ¡Qué va! … soy yo
que necesito un levantador y reconozco que me asusta.
CLARA. — Bueno, quizás no te
he ayudado mucho con mis exigencias y mi descuido de camisones y demás cositas
de seducción…
GREGORIO. — Ay Clary…
CLARA. —¿Qué?
GREGORIO. —¿Tú crees que esto
ya no tiene retorno?
CLARA. — La edad no, Goyi.
Pero…
GREGORIO. — Pero ¿qué?
CLARA. —Pero… por qué no
esperar como siempre la noche para abrazarnos y dormir, que falta nos hace, y
que pase lo que tenga que pasar cuando tenga que pasar y nos dejamos de
lamentaciones y reproches, se caiga lo que se caiga, sean las nalgas, las tetas
o el pelo o los ímpetus… ¿Qué dices?
GREGORIO. —¡Sea! Clarita. Que
la edad nos tiene que servir para algo.
CLARA. —Pues eso Goyo ¡Vivamos
entonces, esta desventura aventuradamente!
GREGORIO. —Siempre sabes cómo
levantarme el ánimo.
CLARA. —Bueno, no siempre…
GREGORIO. —(sonriendo)
-No empecemos…
CLARA. —Vale… ¿Otro café?
(Cada uno desde su lado de la
mesa tiende la mano al otro)
GREGORIO. — Y con lo poco o nada que hemos dormido, ¿Y si nos
vamos a la cama? que para eso es domingo. No es bueno dejar cosas pendientes.
CLARA. —Como siempre das en el
clavo. Me parece muy buena idea.
(Se levantan, salen cogidos de
la mano mirándose)
GREGORIO. —Venga ese café… (Lo dice susurrando, acercándose a su
cuello)
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Me encanta! Una maravilla! eres la reina del diálogo. Entrañables y muy reales tu Goyo y tu Clarita.
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