domingo, 17 de abril de 2022

Ejercicio 3C Purificación Mallén

 TORMENTA


Aquel sábado amaneció lloviendo. El agua caía dejando gotas serpenteantes por los cristales. Las gárgolas de las esquinas vomitaban agua marrón. En la calle se oían los coches que con las luces encendidas salpicaban agua. El cielo estaba cubierto de nubes. En el interior de la casa tenían que tener las luces encendidas.  

      Ella decidió dedicar el sábado a ordenar los armarios. Él decidió preparar la comida. Él estaba cortando verdura en juliana en la encimera de la cocina mientras escuchaba la receta desde el canal de Youtube cuando ella apareció con lo que había sido un regalo envuelto.   

—Estoy contenta con este collar. 

—Muy bien, me alegro. 

—¡Estoy contenta con este collar ¡gritó—. ¿Me oyes? 

      Él siguió cortando la verdura en juliana. Paró el canal de YouTube. 

      —¡Hijo de puta! ¡Estoy contentísima con este collar! —. Empezó a llorar—. Mírame ¡Que me mires! 

      Entonces ella cogió un cuchillo y lo amenazó.  

      Él la miró. Ella agarró el cuchillo con las dos manos y se quedó mirándolo sin parpadear, y después se dio la vuelta. 

      —Trae eso aquí —le ordenó él. 

      —No quiero, de sobra sabes que este regalo lo compraste para la otra, para tu amante, no para mí. ¡Vete a la mierda! —contestó ella. 

      Él no respondió. Le quitó el cuchillo y la llevó del brazo a la sala sentándola en el sofá. 

—Siéntate aquí y te traigo tus medicinas.   

Fue al baño. Encendió la luz y cogió un bote de pastillas. Apagó la luz y pasó por la sala. Ella le tiró el collar dándole en la cabeza. Él se abalanzó sobre ella y le sujetó las manos. Ella lo mordía. La llevó hasta la cocina forcejeando con ella que le daba patadas e intentaba escaparse.  

Ella se escapó y cogió el collar. Tiró de él hasta que lo rompió. Las perlas cayeron al suelo marcando un  tin-tin-tin-tin interminable. 

Los dos miraron el movimiento de las perlas hasta que todas callaron en el suelo.  

Él fue a la cocina a buscar agua. Dejó el bote de pastillas en la encimera. Ella apareció de nuevo. 

—Yo quería ese collar, pero no era para mí, ¿verdad? 

Él abrió el bote de las pastillas y ella le dio una bofetada. Las pastillas se cayeron al suelo. 

—¡Lo destrozas todo! ¡Lo rompes todo! —gritó ella y empezó a llorar y a pedir perdón. 

Él la cogió de las manos con fuerza y la llevó hasta el dormitorio pisando las perlas del suelo. La ayudó a echarse en la cama sin encender la luz.  

—Tranquila, no pasa nada, no pasa nada. Te traigo las pastillas y ya pasa todo. Quédate aquí y te traigo el agua. 

Él fue a la cocina a buscar agua. De nuevo pisó las perlas. En la cocina entró con cuidado. Recogió dos pastillas del suelo y el vaso de agua. De nuevo pisó las perlas para llegar al cuarto donde ella lloraba tendida en la cama. 

—Perdóname, perdóname—ella le pedía. 

—Todo pasará. 

Sonó un trueno en la calle. Un rayo de luz atravesó el dormitorio.  

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