domingo, 17 de abril de 2022

Ejercicio 3C - María José Ventaja - Relato espacio




Lunares


Era domingo de Resurrección, abril se abría a la ardentía del verano habiendo dejado las lluvias para las procesiones. 

—Elisa, a usted le corresponden las vacaciones de verano en la segunda quincena de abril —había dicho su jefa con el cuadrante en las manos.

—Ay, doña Estrella, es que yo quería pasar unos días en la playa, para tomar el sol…, vitaminas para la piel, sabe; unos baños relajantes en el agua del mar…, sabe; en agosto mi hermano alquila un pisito en Chiclana y me podría ir con él.

Lo dijo con tanta lástima que doña Estrella le propuso que cambiara con alguna compañera una semana para agosto. —Con la condición, Elisa, de que se coja la primera semana este mismo lunes.

—Ay, doña Estrella, es que aún no tengo el cuerpo preparado para empezar tan pronto las vacaciones. ¿Podría ser para la semana siguiente? Así me daría tiempo a sacar los billetes del tren, iría a visitar a mis padres, a mi tierra que la añoro mucho, su alegría, sus tapas, su calor…, mi familia y la feria…, ¡ay la feria! ¡La feria, doña Estrella!

—De acuerdo, vaya a ver si otra compañera accede al cambio. 

—Ay, muchas gracias doña Estrella.

—No, no me de las gracias, yo solo accedo a los cambios. Vaya a ver si a alguna compañera le convine canjear. De lo contrario, este mismo lunes comienza sus vacaciones.

        Era un domingo triste, lento y detenido, en el que Elisa se perdía de inacción y desasosiego en una siesta que duró desde el almuerzo hasta la cena. Se puso el pijama y se untó de crema en manos y cara. Al verse en el espejo, se asustó de ella misma. ¡Pero esto qué es! ¡Qué me ha pasado! ¡Lo mismo estoy soñando! Se pellizco, se desnudó y comprobó que el espejo reflejaba una verdad entera y absoluta. El lunes, a primera hora, Elisa guardaba cola para ser atendida en el Centro de Salud.

        —¡Es que usted no tiene cita! —dijo la señorita del mostrador. 

        —¿Pero no ve cómo tengo la cara? 

        —¿Le duele?

        —No, no me duele, pero ¿no ve que es una urgencia?

       —Lo siento, tiene que pedir cita previa. —dijo la del mostrador, dando la atención por concluida. —¿Siguiente?

      —¡Esto no va a quedar así! ¡Quiero que me vea un médico! ¡Tengo tiempo de sobra! ¡Estoy de vacaciones! ¡Estoy en mi derecho! ¡Un médico!

        Los gritos de Elisa alarmaron a los presentes y a los pacientes de la sala de espera, también a los doctores y enfermeros que estaban pasando consulta. Todos salieron al hall de los mostradores. Elisa se encontró acorralada en medio de la enorme sala de suelos de terrazo y paredes amarillo desteñido, sucios de pisadas y pasadas hasta medio metro desde el suelo. A su espalda una enorme vidriera por donde entraban débiles rayos de sol que rebotaban en las transparentes mamparas de cortesía que amparaban a las auxiliares de atención e información de cualquier mano ligera dispuesta a agarrarlas del cuello o soltarles un sopapo en la cara. Por el flanco izquierdo se elevaba una escalera de considerable anchura y pasamanos de madera gastada de entusiasmo como los que se agarraban a ella. En cada escalón rematado por un filo de caucho negro, algunos pacientes se habían quedado parados como quien juega al escondite inglés, inmóviles, como pillados por sorpresa en la diversidad de sus andares. Por su derecha se abría la boca amplia de dos pasillos por los que asomaban cabezas y cuerpos perezosos de espera, alertados de los sillones de plástico azul, curiosos y boquiabiertos ante la escena. Algunos valientes preguntaron alarmados.

        —¿Qué ocurre?

        —¿A qué vienen esos gritos?

        —¿Se puede saber qué pasa?

        Todos iban acortando espacio alrededor de Elisa que comenzó de nuevo a gritar:

        —¡Un médico! ¡Quiero que me atienda un médico! 

        Las batas blancas rodearon a Elisa, la miraban con más estupor que curiosidad científica, hasta que llamaron al director y la condujo a su despacho.

        Elisa se desnudó y se tumbó en la camilla. El doctor se puso guantes y una lupa binocular quirúrgica.

        —¿Desde cuándo tiene todos estos lunares?

        —Creo que desde ayer tarde, aunque me di cuenta cuando por la noche me miré en el espejo.

        —¿Le han salido poco a poco, o han surgido todos de golpe?

        —Pues no sabría decirle. Cuando los vi anoche, estaban todos.

        —¿Ha visto tantos lunares en otras ocasiones?

     —Claro, en la feria. Comprenderá que en la feria no hay otra cosa que lunares por todas partes. ¡Figúrese! Esos trajes de flamenca tan ajustaditos, con esos volantes palante y patrás, moviendo la figura hasta la calle Espartero… El bullicio de la vida efímera, cantando y bailando por el barrio de Los Remedios, el sol y las risas y los tacones y las palmas. ¿Usted no se figura en ese lunes de pescaito? ¡Es lo más!  Aunque cualquier día a cualquier hora es un lugar de cuento, ¿a que sí? Imagínese, las sevillanas resonando por todo el Real, las casetas abarrotaditas de gentío, y es que no hay quien resista a un baile. Yo ya le veo con su traje impecable y los zapatos pulidos, bien compuesto y peinadito, pisando, marcando el albero amarillo y la madera recomía.  ¡Y yo con mi vestido de lunares rojo! ¡Mire, se me cae hasta la lágrima! ¿Usted comprende? Los toldos a rayas, los farolillos y las banderolas blanco y verde, el rebujito bien fresquito… ¡como debe ser! ¿Y los coches de caballos? ¿Y esa flor en el pelo? ¡Ay, guapa la feria! ¡Guapa!

        —¿Y en alguna otra circunstancia donde no se sirva rebujito?

     —Sí, cuando tomo el sol, sobretodo de cara, en la playa tumbadita en hamaca. Aunque me doy protección, si me tiro mucho rato, al abrir los ojos, lo veo todo de lunares. ¿Quién se resiste a un baño de sol en la paya de La Barrosa? ¿Y qué me dice de Los Caños de Meca? Esas aguas que son vida, aguas azul transparente y bien tranquilas…, si las quieres, que también las hay con olas, ¡menudas olas! ¡Me enamora el mar de Cádiz! Las dunas de la Cortadura, y la brisa de poniente, fresca y estimulante... ¡que no tiene paseo marítimo ni lo necesita! ¿No cree? El mirador redondeado, grande y blanco, la muralla, la catedral ¡Si parece una estampa! ¡Ay! La playa de la Caleta, pequeñita y coqueta, el océano azul, azul marino y las olas rompen con toda la fuerza y resuenan feroces contra los bloques de cemento… ¡Ah, la playa! La arena blanca como la harina pegadita al cuerpo, y el aroma de las cremas, y los niños con los cubitos y las palas… y oír las voces ajenas al dormir la siesta bajo la sombrilla… ¿Quién no gusta de los kilómetros de playa, arena dorada y fina, suave e interminable de Bolonia? Y luego están los chiringuitos, la tapa de pescaito o de camarones o de papas aliñás. ¡No me diga que no le conmueve el olor a fritanga, mojadito el bañador, la cervecita… No le digo ná de los atardeceres en Sanlúcar... ¡Ay, no le digo ná!

    —Bien, creo que le voy a dar la baja hasta que pase la feria. A finales de julio se viene por la consulta y le extiendo la baja para el mes de agosto.

     —¡Gracias, doctor! ¡Ya confiaba yo que aquí me lo curaban todo!


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