lunes, 18 de abril de 2022

Ejercicio 3b Purificación Mallén

 MARÍA CASETA 2 

 

En mitad de la autovía, a 30 kilómetros de la población más cercana, se encuentra la garita de control de la autopista. Se compone de 4 casetas. Encima de cada una de ellas un enorme cartel donde pone “caseta 1”, “caseta 2” “caseta 3” y “caseta 4”.  Las paredes de cada cubículo son de policarbonato en su mitad superior. En su mitad inferior son opacas, pintadas de rojo. Cada paso de control tiene dos luces, una roja y otra verde, con distintos carteles encima, según la tipología de los vehículos y sus formas de pago. En el interior de la garita un mostrador negro con botones y a su lado un cuaderno de dibujo y un lápiz. También un teléfono enchufado del que sale débilmente música clásica.  Delante, una silla de oficina giratoria. Del respaldo de la silla cuelga la chaqueta de María, la empleada que ocupa la garita 2 esa noche. En el suelo, su bolso abierto donde se ve un pañuelo de cuello, un paquete de pañuelos de papel, y una cartera. 

Fuera hace viento y amenaza lluvia. Algunas plantas secas revolotean por las calles formadas entre garita y garita donde la barrera no hace de parapeto para ellas. Las plantas chocan contra las garitas y se desplazan de un sitio a otro para terminar esparcidas por la autopista y sus alrededores. 

María, uniformada con pantalón y chaqueta azul, adornado con una banda naranja que recorre su pecho y sus brazos, se dispone a entrar en su garita. Cuando cierra la puerta, aparece Juan, su compañero de la garita de la izquierda (caseta 1), tocando con sus nudillos la ventanita cerrada, que María abre haciendo un gesto de sorpresa desagradable. 

JUAN. —¡Hola Caseta 2! ¡Vaya la nochecita que nos espera! Creo que va a haber tormenta. 

MARÍA. —Eso parece, Juan. Ya te he dicho que me llames por mi nombre, por favor.  (Se ríe débilmente encogiendo el hombro derecho acompañado de un guiño) 

JUAN. —Tú al menos dibujas, pero yo...una noche de estas me muero del aburrimiento ahí dentro. 

MARÍA. —En serio, estoy deseando que nos echen, que este trabajo se acabe de una vez. Dicen que todo esto lo van a automatizar. 

JUAN. —Algo he oído (Juan se gira hacia la derecha porque el viento lo molesta y no puede abrir los ojos). Pero yo no quiero que nos echen, ¿qué vamos a hacer si nos echan? Las máquinas no pueden sustituirnos. 

MARÍA. —Las máquinas sí pueden sustituirnos. Realmente nos tratan como si fuéramos máquinas. Nos dejan aquí y somos sus recaudadores. Nuestra existencia se reduce a eso. 

JUAN. —Somos mucho más que recaudadores. También tenemos sentimientos. No pueden prescindir de nosotros. 

MARÍA. —Otra vez con lo mismo de todos los días. Seguro que sobrevivimos. Podremos trabajar de cajeros, de reponedores, de camareros o de lo que sea. Pero yo estoy deseando trabajar en un sitio donde sepan mi nombre. 

JUAN. —A mí eso no me importa. 

MARÍA. —¿Qué no te importa? ¿Trabajar en otra cosa o que sepan tu nombre? 

JUAN. —Que sepan mi nombre. 

MARÍA. —No es exactamente ese detalle. Es que te miren, que puedas sonreír, que no sea un mero trámite, que des las buenas noches, los buenos días o las buenas tardes y que alguien te mire a los ojos. Me vale que solo me miren, que yo no sea meramente la barrera.  

JUAN. —Ya te digo...para mí no es importante. Me basta con que tú me mires y sepas mi nombre. 

MARÍA. —A veces creo que los que atraviesan el control no esperan ni que sepamos hablar, que le subamos la barrera es nuestra misión. ¿Creerán que somos una continuación de la barrera? 

JUAN. —(Se ríe) Pues sí, vamos vestidos igual que la barrera. 

MARÍA. —A veces hasta nos dicen quédese con la vuelta ¿tú te crees? Creo que forma parte de salir corriendo, de pasar cuanto antes por este trámite. Es como pedir un diagnóstico al médico y cuanto antes mejor. 

JUAN. —Es que es un trámite, es solo un trámite, ¿no? 

MARÍA. —Es un trámite, pero también una molestia. Nosotros somos obstáculos para ellos. Tienen que pararse y pagar. 

JUAN. —Ya... pero mejor pensar que es solo un trabajo. 

 MARÍA. —Un trabajo que acaba contigo, no eres una persona, eres un obstáculo que quieren superar lo antes posible. 

JUAN. —Para mí sí eres importante (se quita del pelo restos del jaramago que acaba de rozarle la cabeza) 

MARÍA. —Ya … importante. Este meteorito por poco te mata (se ríe). Yo sé que en el fondo me entiendes. (lo mira cortante) 

JUAN. —Claro que te entiendo. La que no me entiende eres tú a mí. (le dice complaciente) 

MARÍA. —Habla claro. Háblame a mí, a María, mirándome a los ojos, no como si fueras un cliente que quiere pasar, sino como Juan, que me trata como una persona. 

Juan enrojece y agacha su cabeza y se marcha. María lo mira y va a cerrar la ventanita, pero Juan mete la mano dejando un ramillete de margaritas en el mostrador. María le pilla la mano sin querer y entonces se reconocen mirándose a los ojos. 

María sale de la garita y da la vuelta. El uniforme se llena de aire pareciendo un astronauta. El viento la sacude. Su pelo se mece con el viento. Se encuentra inflada mirando con los ojos achinados a Juan, también inflado. 

MARÍA. —Dime mi nombre. Mírame a los ojos. Tócame las manos. No nos olvidemos de que somos personas y que sentimos. 

JUAN. —María, María, María, María, María. 

MARÍA. —Juan, Juan, Juan, Juan. Tenemos que repetírnoslo para recordarnos que no somos caseta 1 ni caseta 2. 

Juan la coge de la mano y la abraza hablándole al oído.  

Aparecen luces en el horizonte. 

Ambos se separan.  

JUAN. —Después nos iremos juntos de aquí. 

MARÍA. —Sí, juntos, y que vengan las máquinas a sustituirnos y les limpien el polvo. 

Ambos se meten en sus correspondientes garitas. 

 

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