Pacto de Matrimonio
Entré en la habitación de mi madre. Mi hermana ya estaba
allí. Se alegró al verme. Mi madre
agonizaba en silenció, como si quisiera irse de puntillas. La chica que la
atiende nos llamó para decirnos que el médico le había dicho que se estaba
apagando como una vela cuando se consume la mecha.
La última vez que nos reunimos, mamá cumplió cien años y ha
pasado tiempo desde entonces ¿Cuantó? No lo sé, siempre se me dieron mal las
fechas y los días se me pasan sin darme cuenta. Hoy me siento mal, debería
haber venido más veces a verla. Estamos en su habitación. Es la misma a la que
acudíamos de pequeños en busca de sus cuentos, de sus juegos y de su cobijo. La
misma cama, la misma cómoda, el mismo sillón que mi hermana ha acercado para
tomarle la mano en sus últimos respiros. Le acaricio la frente y la noto fría.
Su piel parece de cera, los labios han perdido el color y sus ojos permanecen
cerrados. Mi hermana muestra signos de cansancio ¡Cuánto se parecen las dos!
En el último cumpleaños que celebramos, nuestra madre se
empeñó en hablarnos de su entierro. Estábamos demasiado contentos con sus cien
años como para escucharla. Cuando me despedí me dijo que lo dejaría todo
escrito. Estoy seguro de que de esto me quería hablar mi hermana cuando me llamó
esta mañana.
Mamá siempre había sido testaruda y solía buscar la forma de
ser escuchada. Me senté al otro lado de la cama. Mi hermana me acercó un cuaderno
y me dijo que lo fuera leyendo. Crucé las piernas, recliné el cuerpo hacia
atrás y empecé a leer. “No sé cuándo llegará, pero habida cuenta de que ya
estoy mayor y de que cada día que siga viviendo es un regalo para mí. Os quiero
pedir que no me dejéis soportar dolor. Quiero seguir disfrutando hasta el
último día de los hijos maravillosos que he tenido. Ver las familias que habeis
creado es la mayor fuente de felicidad para mí. He llevado una vida venturosa,
he amado y me han amado. Y ahora creo
que ha llegado el momento de desvelaros nuestro secreto. Fue un acuerdo con mi
marido. Sí, esa persona que ejerció de padre pero que no podía tener hijos.
Cuando el médico declaró su infertilidad lloré con desesperación. Fue él el que
me propuso que me encintara con otro hombre. No tuve dudas, elegí al que había
sido mi amor desde que éramos niños: el Padre Felipe, el mismo que os bautizó,
que os dio la primera comunión y que después os casó. Él tuvo que tomar los
votos por no fallar a su familia y con ello nuestros planes de matrimonio se
ahogaron. Bien que lo lloré. Felipe tomó los hábitos y yo me casé con mi marido.
Felipe nunca supo que fue vuestro padre. Él y yo nos seguíamos amando como
siempre y Dios quiso que floreciera ese amor en ti, mi hijo querido, después lo
repetimos y naciste tú, mi preciosa hija. Hemos sido muy felices así. Lo que
ahora os pido es que mis cenizas las esparzáis junto a la de Felipe, que las
tengo guardadas en el armario, en el lago que está junto a nuestro pueblo. Allí
fue donde de niños nos dimos el primer beso.
Quiero que la ceremonia sea religiosa, pero nada de
tristezas. He sido feliz y quiero que lo seáis vosotros. En casa puede sonar
música, la que vosotros queráis, la que a vuestros hijos les guste y la que puedan
bailar. Pero para el momento de tirar nuestras cenizas quiero que suene “Entre
dos aguas”, de Paco de Lucía.
Os echaré de menos y os aguardaré con paciencia, no
tengáis prisa. La vida es bonita y debéis vivirla con intensidad. Vuestra madre
que os quiere”.
En ese momento llamaron a la puerta. La chica interna que la
atendía anunció que el médico había llegado. Tomó el pulso a mamá, palpó su
cuello y nos miró para decirnos que el final había llegado. Acaricié su frente,
mi hermana le colocó las manos sobre el regazo y salimos.
En el salón el médico me dio los certificados y estrechó mi
mano a modo de pésame, luego salió. Mi hermana vino a mi lado y nos abrazamos. «¡Vaya
vida la de mamá! Lo que el puritanismo es capaz de esconder», le susurré al
oído. Mi hermana lloraba en silencio, acaricié su espalda y le limpié las
lágrimas. Le dije que llamara a la familia mientras yo me ocupaba de la
funeraria. Asintió, buscó su teléfono y empezamos a llamar.
En pocos minutos la casa fue llenándose de gente. Mi hermana
y yo nos dirigimos a la cocina. La asistenta ya tenía preparados algunos
canapés. Descorché una botella de vino y brindamos por la vida, porque la
nuestra fuera tan feliz como lo había sido la de nuestra madre.
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