lunes, 18 de abril de 2022

EJERCICIO 3C - Esperanza Cabañas

 

Pacto de Matrimonio

 

Entré en la habitación de mi madre. Mi hermana ya estaba allí. Se alegró al  verme. Mi madre agonizaba en silenció, como si quisiera irse de puntillas. La chica que la atiende nos llamó para decirnos que el médico le había dicho que se estaba apagando como una vela cuando se consume la mecha.

La última vez que nos reunimos, mamá cumplió cien años y ha pasado tiempo desde entonces ¿Cuantó? No lo sé, siempre se me dieron mal las fechas y los días se me pasan sin darme cuenta. Hoy me siento mal, debería haber venido más veces a verla. Estamos en su habitación. Es la misma a la que acudíamos de pequeños en busca de sus cuentos, de sus juegos y de su cobijo. La misma cama, la misma cómoda, el mismo sillón que mi hermana ha acercado para tomarle la mano en sus últimos respiros. Le acaricio la frente y la noto fría. Su piel parece de cera, los labios han perdido el color y sus ojos permanecen cerrados. Mi hermana muestra signos de cansancio ¡Cuánto se parecen las dos!

En el último cumpleaños que celebramos, nuestra madre se empeñó en hablarnos de su entierro. Estábamos demasiado contentos con sus cien años como para escucharla. Cuando me despedí me dijo que lo dejaría todo escrito. Estoy seguro de que de esto me quería hablar mi hermana cuando me llamó esta mañana.

Mamá siempre había sido testaruda y solía buscar la forma de ser escuchada. Me senté al otro lado de la cama. Mi hermana me acercó un cuaderno y me dijo que lo fuera leyendo. Crucé las piernas, recliné el cuerpo hacia atrás y empecé a leer. “No sé cuándo llegará, pero habida cuenta de que ya estoy mayor y de que cada día que siga viviendo es un regalo para mí. Os quiero pedir que no me dejéis soportar dolor. Quiero seguir disfrutando hasta el último día de los hijos maravillosos que he tenido. Ver las familias que habeis creado es la mayor fuente de felicidad para mí. He llevado una vida venturosa, he  amado y me han amado. Y ahora creo que ha llegado el momento de desvelaros nuestro secreto. Fue un acuerdo con mi marido. Sí, esa persona que ejerció de padre pero que no podía tener hijos. Cuando el médico declaró su infertilidad lloré con desesperación. Fue él el que me propuso que me encintara con otro hombre. No tuve dudas, elegí al que había sido mi amor desde que éramos niños: el Padre Felipe, el mismo que os bautizó, que os dio la primera comunión y que después os casó. Él tuvo que tomar los votos por no fallar a su familia y con ello nuestros planes de matrimonio se ahogaron. Bien que lo lloré. Felipe tomó los hábitos y yo me casé con mi marido. Felipe nunca supo que fue vuestro padre. Él y yo nos seguíamos amando como siempre y Dios quiso que floreciera ese amor en ti, mi hijo querido, después lo repetimos y naciste tú, mi preciosa hija. Hemos sido muy felices así. Lo que ahora os pido es que mis cenizas las esparzáis junto a la de Felipe, que las tengo guardadas en el armario, en el lago que está junto a nuestro pueblo. Allí fue donde de niños nos dimos el primer beso.

Quiero que la ceremonia sea religiosa, pero nada de tristezas. He sido feliz y quiero que lo seáis vosotros. En casa puede sonar música, la que vosotros queráis, la que a vuestros hijos les guste y la que puedan bailar. Pero para el momento de tirar nuestras cenizas quiero que suene “Entre dos aguas”, de Paco de Lucía.

Os echaré de menos y os aguardaré con paciencia, no tengáis prisa. La vida es bonita y debéis vivirla con intensidad. Vuestra madre que os quiere”.

En ese momento llamaron a la puerta. La chica interna que la atendía anunció que el médico había llegado. Tomó el pulso a mamá, palpó su cuello y nos miró para decirnos que el final había llegado. Acaricié su frente, mi hermana le colocó las manos sobre el regazo y salimos.

En el salón el médico me dio los certificados y estrechó mi mano a modo de pésame, luego salió. Mi hermana vino a mi lado y nos abrazamos. «¡Vaya vida la de mamá! Lo que el puritanismo es capaz de esconder», le susurré al oído. Mi hermana lloraba en silencio, acaricié su espalda y le limpié las lágrimas. Le dije que llamara a la familia mientras yo me ocupaba de la funeraria. Asintió, buscó su teléfono y empezamos a llamar.

En pocos minutos la casa fue llenándose de gente. Mi hermana y yo nos dirigimos a la cocina. La asistenta ya tenía preparados algunos canapés. Descorché una botella de vino y brindamos por la vida, porque la nuestra fuera tan feliz como lo había sido la de nuestra madre.

 

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