martes, 12 de abril de 2022

EJERCICIO 2C AMELIA ALONSO

 

A QUIÉN LE PUEDA INTERESAR.

Escribo esta carta abierta por si a alguien le pudiese interesar lo que ha sido de mi persona. Un mensaje en una botella que dudo llegue a puerto. También porque poco más puedo hacer ya. Lo he intentado todo y he fallado. Por fin he aceptado la realidad. Me digo a mi mismo que quizá algún día esta experiencia pueda servirle a a alguien. Tal vez a la ciencia, tal vez.


Había sido un día como tantos. No recuerdo haber hecho nada diferente. Tampoco comí, ni bebí nada extraño. Fumé algo menos de lo acostumbrado y no tuve encuentros enojosos. No recuerdo nada, absolutamente nada que pudiese indicar lo que me estaba a punto de ocurrir. Nada que pudiese ser el desencadenante del proceso en el que me hundiría.

Era un viernes por la noche, a finales de febrero. En la oficina habían organizado una fiesta de jubilación. Me gustaría poder decir quién era el homenajeado, pero no lo sé. No es que no lo recuerde. En su momento tampoco lo sabía y no me importaba demasiado. No pensaba ir, pero Minerva, la de personal, me lió de mala manera. Tenía el convencimiento de que mi vida era aburrida y demasiado solitaria. Quería alegrármela a todo trance. Se las había arreglado para que mi jefe me encargase recoger las tortillas que habían encargado en un bar cercano. Y a mi jefe no le podía decir que no. Era un fanático del trabajo en equipo y de fomentar el buen rollo entre los empleados. Así que no tuve mas remedio que acudir.

Tomé un par de cervezas. Hablé del tiempo con un par de personas. Conseguí salir airoso de las puyas que me lanzaba la dichosa Minerva sobre salir de no sé que armario y, tras un tiempo prudencial, me mimeticé cerca del guardarropa preparado para salir “a la francesa”. Quiero decir de manera discreta, sin llamar la atención, ni molestar ni interrumpir a nadie.

Salí a la calle satisfecho. Llevaba menos de diez minutos andando cuando noté un pequeño vacío dos dedos por encima del diafragma. No era desagradable ni doloroso. Simplemente me faltaba algo. A mis casi cincuenta años ya estaba acostumbrado a ese tipo de sensaciones raras y seguro que la habría olvidado, si no hubiese sido por lo del perro.

Era un chucho color canela, de esos que llaman “mil leches”. Andaba solo por la calle, el rabillo tieso y un trote alegre con el trasero algo escorado. Me recordó a un perrillo que tuve en mi infancia, el Charoles. Cuando nos vinimos a la ciudad, mi padre lo sacrificó. Era inviable traerlo aquí y más cruel hubiese sido abandonarlo o dejárselo a sabe dios quién para que sufriera echándonos de menos. Bueno, el caso es que le silbé como le silbaba a aquel otro y se me acercó. Levantó una pata y me meo. No fue una meada abundante. Fue una de esas de marcar territorio, unas gotas. Como si yo fuese una farola. Sacudí la pierna. Hice mención de patearlo, pero el bicho se alejó como había venido, sin reconocerme.

Una semana después, la falta de sensaciones cotidianas, que por su misma monotonía suelen pasar desapercibidas o quedar relegadas al inconsciente, se me hizo evidente: ese zapato que aprieta en el empeine, el peso del jersey sobre los hombros, el suave resbalar de los pantalones rozando los muslos, la cinturilla en las caderas, el dolorcillo de la rodilla o el agarrotamiento del cuello, el crujido de los huesos al hacer determinado movimiento, la tensión en los abdominales al agacharse o al incorporarse. Dejé de sentir la solidez de mi cuerpo. Notaba demasiada ligereza, ingravidez, un flotar leve al caminar. Supuse que todo era consecuencia de las vitaminas que había empezado a tomar por primavera. Prometían energía renovada y la levedad que me envolvía podía ser un efecto secundario. Explicaciones tranquilizadoras, mentiras piadosas con las que trataba de autoconvencerme de que no pasaba nada.

Debo de reconocer que hasta entonces todo había sido bastante placentero. Sensaciones internas que no afectaban a mi vida, ni a mis relaciones con el exterior, por otro lado bastante escasas. Dejar de sentir el cuerpo como una carga, como un peso, recuperar la agilidad, la flexibilidad perdida con los años era agradable y sorprendente.

Al mes, comprobé que visualmente también estaba perdiendo corporalidad. Me estaba desdibujando. Lo percibí en la calle, en la tienda, en el trabajo. Mi reflejo en las cristaleras, en los espejos, era tenue. Mi sombra, informe. Una transparencia gris en la piel y un profundo abismo en los ojos y sobre todo, lo más duro, un resbalar de las miradas de los otros que me atraviesan como si no fuese, sin reconocerme.

Y ya no lo pude negar más. Estaba desapareciendo. No me estaba volviendo invisible, estaba dejando de existir ante los otros. Lo que mil veces había deseado. Había pasado mi vida huyendo de compromisos y lazos afectivos. Ni familia, ni amigos, ni conocidos que me estrujasen en sus trampas emocionales. Y ahora necesitaba que alguien me mirase a los ojos. “Ten cuidado con lo que pides. Hay más lágrimas derramadas por las plegarias atendidas que por las no atendidas.” decía mi pobre madre, pero ya da igual.

Cada día observo los avances de mi dolencia. Cada pocos minutos necesito comprobar que todavía se me ve. Las fotos donde aparece mi imagen se difuminan, mi lugar lo ocupa un vacío inapreciable. No dejo hueco en la cama, ni calor entre las sábanas. He perdido mi olor característico, no se me oye cuando trato de hablar, el tacto de mi piel es frío, como de aire. He de confesar que me he lamido tratando de buscar el sabor salado del sudor y no lo he hallado. Parece increíble y sin embargo me estoy derritiendo, fundiéndome con la nada.

He dejado de ir a trabajar para no enfrentarme a los antiguos compañeros que me devuelven cada vez más insistentemente el reflejo de la nada en la que me estoy convirtiendo. Cuando llamé para avisar que abandonaba el puesto, no me recordaban.

Ya no recibo correspondencia, ni siquiera cartas de bancos, facturas, publicidad... Nunca he utilizado el teléfono demasiado y tampoco recibía muchas llamadas, pero ya hace tiempo que no suena ni por equivocación. Si llamase alguien, si alguien me recordase. Aunque es estúpido pensar que alguien de mi pasado me pueda recordar, cuando las personas con las que me tropiezo todos los días me niegan repetidamente. Lamentarme de haber dejado tan poca huella en el camino no sirve de nada. Por desgracia, el resultado va a ser el mismo haya tenido una gran vida social o no. ¿Qué le importa a nadie que desaparezca?

No he considerado conveniente acudir a los especialistas médicos que en el caso de que me reconociesen, me tratarían de demente, complicando mi débil y problemática existencia.

He buscado información sobre mi enfermedad. He investigado sobre posibles razones y afectados. Aunque me da igual el porqué y tampoco me aliviaría el saber que hay otros en mi situación, he querido creer que de las causas y del tipo de enfermos podría deducir una solución, tratar de revertir el proceso, encontrar un remedio. No hay nada. Al fin y al cabo, si a alguien le ha ocurrido lo mismo que a mí, si ha desaparecido como yo estoy desapareciendo, lo más probable es que no conste en ningún registro.

He ido luchando contra los diferentes síntomas a medida que aparecían. Contra la falta de consistencia, se me ocurrió comer alimentos pesados, con alta densidad, con solidez, con entidad: carne roja, cereales integrales, legumbres, frutas carnosas con mucho olor y mucho sabor.

Para la cuestión de la invisibilidad utilizo tintes vegetales tanto para el cabello como para la piel. Me froto con aceites esenciales y pomadas untuosas que me den olor, con alcoholes de plantas aromáticas tratando de calentarme, de activar la circulación de la sangre que se me ha vuelto acuosa con un leve tinte rosado. No he logrado resultados apreciables. Mi entidad es como un agujero negro que succiona hacia la nada cualquier elemento que se acerca a su superficie.

Últimamente he vuelto a salir a la calle. Me he empeñado en que me vean, me oigan, me huelan, me toquen, me perciban de cualquier manera. Me da igual un bofetón que un beso, hasta que me eviten con asco puede servirme. Me visto con ropas llamativas, de colores vivos, que ofenden al buen gusto y a la discreción. Salgo a la calle adoptando actitudes provocativas. Escupo a los pies de los transeúntes, los empujo y me cuelo en las filas. En una palabra, hago todo lo que siempre he evitado, me comporto de una forma imperdonable, trato de llamar la atención con mi pelo teñido y mi cuerpo pintado. Cualquier cosa por un signo de reconocimiento que nunca llega. Me ignoran. No existo.

Hoy cumplo cuarenta y nueve años. Un petirrojo se ha posado en el alfeizar de mi ventana, a dos centímetros de mi mano y ha estado picoteando mis dedos. Intuyo que esto acabará en breve. He pasado de una actividad rabiosa y vehemente, a contemplar resignadamente mi final. Ya no me importa tanto dejar de ser como no haber sido.

Llevo toda la noche escribiendo cartas como esta. Escribo los mismos párrafos una y otra vez. Puede que logre que permanezcan al menos unas líneas “in memoriam”. Por cierto me llamo…


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