jueves, 14 de abril de 2022

EJERCICIO3C AMELIA ALONSO

 

FIN DE CURSO


Aquella mañana, hacia el mediodía, salió el sol y el calor se hizo insoportable. A través de la persiana medio bajada del ventanal se filtraban rayas de luz que hacían visible el polvo de tiza que flotaba en el aire. En el patio jugaban los niños a la salida de clase. El alboroto bullicioso llegaba hasta la ventana, pero dentro del aula se respiraba tranquilidad.

Elisa estaba junto al archivo vaciando las carpetas cuando Martín apareció en la puerta.

—¡Estamos esperándote en la sala de profesores! ¡Baja de una vez! —gritó—. ¿Me oyes?

Ella siguió vaciando el archivador.

—¡No puedes hacernos esto! ¡Te hemos preparado una despedida entrañable! —Cogió el bolso y la chaqueta de Elisa—. Anda vamos. Deja eso para luego.

Entonces Martín vio la caja llena de golosinas que había sobre la mesa, y la cogió.

Elisa lo miró, sacó un pañuelo del bolsillo de la bata y se sonó la nariz. Después siguió con su tarea, sacando carpetas.

—¿Qué ha pasado? ¿No han venido a despedirse? —le preguntó él.

—Ya sabes como es el último día de curso. Tenían prisa por empezar las vacaciones —contestó ella.

Martín no respondió. Depositó la caja en la mesa y se acercó a Elisa, la tomó del brazo y la condujo hacia la puerta. Salieron al pasillo. Ella se dejo hacer.

—Olvídalos —dijo él.

—¿Cómo voy a olvidarlos? Han sido mi vida.

—Ya, no. Ahora, empiezas una nueva etapa. Jubileo. Alegría.

—¿Estás seguro? Es una pregunta retórica. No hace falta que contestes.

El pasillo estaba vacío, más oscuro y fresco que el aula que acababan de abandonar. Pasaron junto a un mural de papel que representaba una selva con animales escondidos entre las hojas.

—Espera —dijo Elisa y se paró un momento a colocar un pequeño cocodrilo que se había despegado —. Este lo hizo Andrés, el pelirrojo de 2B. No hubo manera de convencerle de que los cocodrilos ni son de color rojo ni trepan a los arboles. Me preguntó si yo conocía a alguno personalmente. ¿Qué te parece?

Martín sonrió y siguió empujándola con suavidad por el largo pasillo.

—¡Los de 1A se han dejado algunas mochilas! — exclamó Elisa. Retrocedió unos pasos —. Hay que llamarlos para que vengan a recogerlas.

—Sí, sí. Claro. Tranquila. Yo me ocupo.

—Tú te ocupas. Ya lo sé. Lo tengo claro. Ya no es mi labor.

Elisa se dirigió hacia los colgadores dónde quedaban cuatro mochilas y las examinó. Martín la siguió y la tomó por los brazos.

— ¡Oh! Vamos, para ya. Se ha acabado —dijo.

—¡Déjame en paz! —gritó ella—. Todavía puedo reconocer las mochilas de mis alumnos.

Al fondo del pasillo, en la sala de profesores se oían murmullos de conversaciones y risas. Un par de cabezas asomaron por la puerta y alguien gritó “Ya vienen”.

Martín la sujetó contra la pared y la miró a los ojos.

—Escucha. Esto se ha acabado. Acéptalo —susurró —. Ahora, vas a entrar ahí, vas a sonreír y les vas a decir a todos lo contenta que estás de jubilarte. Les vas a contar tus planes para tu nueva vida y les vas a dar envidia.

—No —dijo ella—. No les voy a engañar.

—No les vas a engañar. Les vas a dar esperanza y les vas a gradecer la fiesta que te han montado. ¿Me escuchas?

En la sala de profesores se había hecho el silencio. Alguna risa contenida, murmullos acallados y cierta expectación invadían el aire sofocante. Cuando Martín y Elisa entraron sonaron los aplausos y voces desentonadas cantaron “Porque es una chica excelente y siempre lo será”. Elisa sonrió y se sonó la nariz con el pañuelo que llevaba en el bolsillo de la bata. El curso había terminado.

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