viernes, 15 de abril de 2022

EJERCICIO 3C Andrea Sanz

 LA BICICLETA


Todos los días, al llegar del colegio, Pancho entraba en el garaje y se quedaba mirando la flamante bicicleta que su hermano pequeño había ganado en un concurso de chocolatinas Vitacal, justo unos días antes de diagnosticarle la enfermedad que, pocos meses después, se lo llevó de este mundo con solo tres años y que no le permitió ni siquiera estrenarla.

Dos años mirándola cada tarde y dos años suplicando a su madre que le dejara usarla.

Una tarde, sentado en un taburete mientras merendaba sin quitar la vista de la bicicleta, su padre, que estaba en un rincón del garaje, ordenando una caja de herramientas, le vio y le dio permiso para usarla.


Después de limpiarle el polvo e inflar las ruedas, recogió a su amigo Tito y salieron felices a recorrer el pueblo. Uno pedaleaba y el otro sentado en la barra, circulaban todo lo deprisa que el infantil pedaleo les permitía, rebosando su energía en gritos de júbilo y risas sin motivo.


Toño, iba subido en la plataforma metálica que utilizaba para hacer repartos en el pueblo y sus alrededores, manteniendo las riendas de su caballo percherón. Pancho y Tito no le vieron, y al doblar la esquina de la iglesia que desembocaba en la plaza, toparon de bruces con el caballo, la bicicleta quedó bajo sus potentes patas y la rueda trasera quedó destrozada.

Cabizbajos y magullados, llegaron a casa con la bicicleta a hombros.

Cuando la madre abrió la puerta, cogió lo que quedaba de ella, y con delicados movimientos, la colocó apoyada en una pared del salón. Se volvió hacia los niños, se quitó la zapatilla y la descargó repetidas veces en el trasero de ambos.  

Luego se sentó en un sillón y no dejó de llorar hasta que volvió su marido y tuvo que ponerse a hacer la cena.


Pancho volvió a bajar todas las tardes a merendar al garaje mirando la bicicleta. Por suerte su madre no podía verla sin la rueda trasera y la mandó a arreglar, de manera que, poco tiempo después, volvió a insistir en que le dejaran usarla. 


Su padre, nuevamente, le dio permiso. Otra vez los dos amigos, turnándose las posiciones, cabalgaban sobre la bici como un centauro que aprovecha  su libertad. En el puesto de la estación se compraron un polo de fresa, les sobraban manos para disfrutar cada uno de su polo, sujetar el manillar y hacer gestos obscenos al cruzarse con algún amigo. Nunca supieron cómo volvieron a darse de bruces con Toño y su percherón. 

La bicicleta quedó peor que en el primer accidente.


Su amigo Tito no quiso acompañarle a casa y Pancho se llevó las dos azotainas. 

No recuerda cuando dejó de mirar el esqueleto de aquella bicicleta que siguió colgada en el garaje, lo que sí recuerda es que nunca volvió a pedir permiso para usarla. 


Cree que su madre, en algún momento, guardó los restos en una caja.

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