domingo, 29 de mayo de 2022

Ejercicio 9 - Esperanza Cabañas - Para José Manuel Romero

 

HORMIGAS

 

Mariano aguardaba bajo el porche ruinoso de su vieja casa de adobe. Abigarrado de recuerdos, sólo tenía que esperar. Esperar a que el tiempo pasara. Sentado en una antigua mecedora vio levantarse el sol. Las cosas que le rodeaban hacía tiempo que habían dejado de tener interés. Ni siquiera añoraba las tardes de placer bajo la sombra del majestuoso olmo que se erguía a su derecha.

Cerró los ojos, se adormeció bajo los rayos que calentaban su piel ajada para que el tiempo pasara. Y mientras tanto, recordó detalles de lugares lejanos. Escuchó el pitido del tren, el chirriar de las plataformas giratorias y le pareció estar allí. Sentado frente a la joven más hermosa que jamás había visto. Siguió camino, el camino que ella marcó con aquella mirada que fue la más dulce que sus ojos habían sentido. Y sonrió como no lo había hecho hasta entonces, para dentro, con el alma.

A media tarde, Cipriano, apoyado sobre un garrote de madera de cedro, lo despertó con aullidos ininteligibles para alguien que no hubiera nacido en aquel páramo.

―¡Calla ya!, cada día vienes antes le dijo Mariano malhumorado abriendo los ojos.

Cipriano, con lentitud y esfuerzo se sentó en la otra mecedora, junto a su amigo, mirando el horizonte.

Me ha dado Paulino unos polvos para las hormigas.

¿Y quién le ha dicho a ese que se meta en mis asuntos?

Pero Mariano… te están tirando la casa.

Ojalá llegue pronto ese día rogó Mariano mirando al cielo.

Anda… anda, échalos esta noche y mañana se habrán ido.

―Déjalo ahí le dijo agitando su mano.

Mariano se alegró de que su amigo fuera a verle, lo hacía cada tarde. Reconfortado, volvió a cerrar los ojos y  guardó silencio. Después de un rato, Cipriano se puso en pie y se despidió con otro de sus aullidos.

Hasta más ver le contestó Mariano.

Para cenar se preparó una sopa de ajo. Como cada noche, la tomó despacio, devolviendo al  plato las gotas que por el temblor de su mano caían de la cuchara. Después, volvió a salir al porche.

¿Ya estás aquí? preguntó a Dorotea que se mecía despacio a su lado.

He dado una vuelta a la casa, ya le queda poco.

¿Cuándo estaremos juntos? preguntó Mariano cogiéndole la mano.

Pronto, mi amor.

Mariano se recostó y así pasó la noche, hasta que los rayos del sol se colaron por sus párpados, sacándole del sueño. Otro día aquí, pensó. Se levantó torpemente, dio una vuelta para ver el estado de la casa. La parte de atrás había caído, se alegró.  Esparció, como cada mañana, por toda la casa migajas de pan. Las hormigas se abalanzaban a ellas con furia, sabedoras de que el invierno llegaría pronto.

Después de tomar un poco de leche caliente se volvió a sentar en el porche. Cerró los ojos como escudo contra los rayos del sol que de manera hiriente se abrían paso en la mañana. En el clamor del silencio pudo oír el sonido leve de la arena al caer. Con el alma tranquila se perdió en aquellos recuerdos de  su juventud, cuando tan enamorado estuvo de la bella Dorotea, su novia, la joven del pueblo con la que tenía previsto casarse.

Poco antes de la boda, su abuelo murió dejándole una suma importante de dinero.  Tenía veintidós años, ninguna obligación y una maleta cargada de curiosidad que le hizo coger el primer tren que pasó por la destartalada estación del pueblo.

La bella Dorotea lo maldijo colmada de abandono. Lo esperó como quien espera sueño irrealizable. Así que un año después contrajo matrimonio con el médico que, recién terminada la carrera, había llegado a la localidad. El mismo día de la boda recibió la primera carta de su amado Mariano. El rencor desapareció mientras el sobre se agitaba entre sus dedos temblorosos.

Dorotea guardó el secreto de aquellas cartas a las que no pudo contestar porque le llegaban sin remite. Cuando parió su tercer hijo alguien corrió a su casa para decirle que Mariano había vuelto. Asomada a la ventana lo vio pasear, parecía más delgado, como si el tiempo hubiera pasado a más velocidad sobre él. El aire se detuvo cuando él miró hacia la ventana para saludarla  levantando levemente su canotier. Ella corrió la cortina y lo contemplo desde detrás intentando contener al desbocado corazón que le ruborizaba hasta los oídos.

Él siguió enviándole misivas que ella ocultaba con cautela. Un día de primavera, mientras ella paseaba a los niños por el camino del arroyo, él se acercó y paseó a su lado. Un esquivo roce de sus manos hizo saltar las chispas ahogadas de antaño. En el ardor de una mirada se mostraron el deseo. Unos días después él le ofreció un sitio seguro donde podrían encontrarse y ella buscó  una excusa para aplacara el intenso rubor que él le provocaba.

Aquel día, en el que el cielo se cubrió de luceros, sus almas quedaron unidas para siempre. Fue un amor escondido hasta que Dorotea pasó el luto por la pérdida de su marido que, aquejado de unas extrañas fiebres, falleció pocos meses después de la llegada de Mariano.

A las güenas aulló Cipriano.

Pronto vienes hoy.

¡No sabes ni en qué hora vives! Es tarde, pero quería ver si los polvos han servido.

SI mintió Mariano.

Voy a echar un vistazo.

No, es verdad que es tarde, el viento se está levantando.

Sí, un día extraño. Como si quisiera llegar el otoño. Pues bueno, me voy, hasta mañana.

Mariano levantó su mano a modo de despedida y le siguió con la mirada hasta que desapareció tras el viejo olmo. Tenía hambre, se había saltado el almuerzo envuelto en recuerdos. Fue a la cocina, algunos azulejos habían caído, se alegró. Se preparó un café ligero, calentó leche y sacó unas galletas de la alacena. El tazón temblaba sobre la bandeja de madera mientras arrastraba los pies hacia el porche. La depositó en la pequeña mesa junto a la mecedora. Se sentó y suspiró fatigado. Rompió varias galletas y las dejó caer en el tazón. Con una cuchara se las fue llevando a la boca, despacio, mientras el viento levantaba las hojas que empezaban a caer.

Hoy has venido más tarde ―le reprendió a Dorotea.

He estado preparando tu llegada, por fin, de nuevo, estaremos  juntos.

Y será para siempre respondió Mariano sosegado.

Esa noche el porche se desplomó abriéndose en dos mitades. Mariano quedó en medio, sentado en su mecedora, parecía más vivo que el día anterior.

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