HORMIGAS
Mariano aguardaba bajo el porche ruinoso
de su vieja casa de adobe. Abigarrado de recuerdos, sólo tenía que esperar. Esperar
a que el tiempo pasara. Sentado en una antigua mecedora vio levantarse el sol.
Las cosas que le rodeaban hacía tiempo que habían dejado de tener interés. Ni
siquiera añoraba las tardes de placer bajo la sombra del majestuoso olmo que se
erguía a su derecha.
Cerró los ojos, se adormeció bajo
los rayos que calentaban su piel ajada para que el tiempo pasara. Y mientras
tanto, recordó detalles de lugares lejanos. Escuchó el pitido del tren, el
chirriar de las plataformas giratorias y le pareció estar allí. Sentado frente
a la joven más hermosa que jamás había visto. Siguió camino, el camino que ella
marcó con aquella mirada que fue la más dulce que sus ojos habían sentido. Y
sonrió como no lo había hecho hasta entonces, para dentro, con el alma.
A media tarde, Cipriano, apoyado
sobre un garrote de madera de cedro, lo despertó con aullidos ininteligibles
para alguien que no hubiera nacido en aquel páramo.
―¡Calla ya!, cada día vienes
antes ―le
dijo Mariano malhumorado abriendo los ojos.
Cipriano, con lentitud y esfuerzo
se sentó en la otra mecedora, junto a su amigo, mirando el horizonte.
―Me ha dado Paulino unos polvos
para las hormigas.
―¿Y quién le ha dicho a ese que
se meta en mis asuntos?
―Pero Mariano… te están tirando
la casa.
―Ojalá llegue pronto ese día ―rogó
Mariano mirando al cielo.
―Anda… anda, échalos esta noche
y mañana se habrán ido.
―Déjalo ahí ―le
dijo agitando su mano.
Mariano se alegró de que su amigo
fuera a verle, lo hacía cada tarde. Reconfortado, volvió a cerrar los ojos y guardó silencio. Después de un rato, Cipriano
se puso en pie y se despidió con otro de sus aullidos.
―Hasta más ver ―le
contestó Mariano.
Para cenar se preparó una sopa de
ajo. Como cada noche, la tomó despacio, devolviendo al plato las gotas que por el temblor de su mano caían
de la cuchara. Después, volvió a salir al porche.
―¿Ya estás aquí? ―preguntó
a Dorotea que se mecía despacio a su lado.
―He dado una vuelta a la casa,
ya le queda poco.
―¿Cuándo estaremos juntos? ―preguntó
Mariano cogiéndole la mano.
―Pronto, mi amor.
Mariano se recostó y así pasó la
noche, hasta que los rayos del sol se colaron por sus párpados, sacándole del
sueño. Otro día aquí, pensó. Se levantó torpemente, dio una vuelta para ver el
estado de la casa. La parte de atrás había caído, se alegró. Esparció, como cada mañana, por toda la casa
migajas de pan. Las hormigas se abalanzaban a ellas con furia, sabedoras de que
el invierno llegaría pronto.
Después de tomar un poco de leche
caliente se volvió a sentar en el porche. Cerró los ojos como escudo contra los
rayos del sol que de manera hiriente se abrían paso en la mañana. En el clamor
del silencio pudo oír el sonido leve de la arena al caer. Con el alma tranquila
se perdió en aquellos recuerdos de su
juventud, cuando tan enamorado estuvo de la bella Dorotea, su novia, la joven
del pueblo con la que tenía previsto casarse.
Poco antes de la boda, su abuelo
murió dejándole una suma importante de dinero.
Tenía veintidós años, ninguna obligación y una maleta cargada de
curiosidad que le hizo coger el primer tren que pasó por la destartalada
estación del pueblo.
La bella Dorotea lo maldijo
colmada de abandono. Lo esperó como quien espera sueño irrealizable. Así que un
año después contrajo matrimonio con el médico que, recién terminada la carrera,
había llegado a la localidad. El mismo día de la boda recibió la primera carta
de su amado Mariano. El rencor desapareció mientras el sobre se agitaba entre
sus dedos temblorosos.
Dorotea guardó el secreto de
aquellas cartas a las que no pudo contestar porque le llegaban sin remite.
Cuando parió su tercer hijo alguien corrió a su casa para decirle que Mariano
había vuelto. Asomada a la ventana lo vio pasear, parecía más delgado, como si
el tiempo hubiera pasado a más velocidad sobre él. El aire se detuvo cuando él
miró hacia la ventana para saludarla levantando
levemente su canotier. Ella corrió la cortina y lo contemplo desde detrás
intentando contener al desbocado corazón que le ruborizaba hasta los oídos.
Él siguió enviándole misivas que
ella ocultaba con cautela. Un día de primavera, mientras ella paseaba a los
niños por el camino del arroyo, él se acercó y paseó a su lado. Un esquivo roce
de sus manos hizo saltar las chispas ahogadas de antaño. En el ardor de una
mirada se mostraron el deseo. Unos días después él le ofreció un sitio seguro
donde podrían encontrarse y ella buscó una
excusa para aplacara el intenso rubor que él le provocaba.
Aquel día, en el que el cielo se
cubrió de luceros, sus almas quedaron unidas para siempre. Fue un amor
escondido hasta que Dorotea pasó el luto por la pérdida de su marido que,
aquejado de unas extrañas fiebres, falleció pocos meses después de la llegada
de Mariano.
―A las güenas ―aulló Cipriano.
―Pronto vienes hoy.
―¡No sabes ni en qué hora vives!
Es tarde, pero quería ver si los polvos han servido.
―SI ―mintió Mariano.
―Voy a echar un vistazo.
―No, es verdad que es tarde, el
viento se está levantando.
―Sí, un día extraño. Como si
quisiera llegar el otoño. Pues bueno, me voy, hasta mañana.
Mariano levantó su mano a modo de
despedida y le siguió con la mirada hasta que desapareció tras el viejo olmo.
Tenía hambre, se había saltado el almuerzo envuelto en recuerdos. Fue a la
cocina, algunos azulejos habían caído, se alegró. Se preparó un café ligero,
calentó leche y sacó unas galletas de la alacena. El tazón temblaba sobre la
bandeja de madera mientras arrastraba los pies hacia el porche. La depositó en
la pequeña mesa junto a la mecedora. Se sentó y suspiró fatigado. Rompió varias
galletas y las dejó caer en el tazón. Con una cuchara se las fue llevando a la
boca, despacio, mientras el viento levantaba las hojas que empezaban a caer.
―Hoy has venido más tarde ―le reprendió
a Dorotea.
―He estado preparando tu
llegada, por fin, de nuevo, estaremos juntos.
―Y será para siempre ―respondió
Mariano sosegado.
Esa noche el porche se desplomó
abriéndose en dos mitades. Mariano quedó en medio, sentado en su mecedora,
parecía más vivo que el día anterior.
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