ACCIDENTE
Todavía te preguntas como pudo
ocurrir. Volvías del gimnasio en tu bici. Delante tuya, una pareja cruzaba el paso
de cebra. Te confiaste al ver que los coches estaban parados. No podías
imaginar que, justo a tu paso, el coche iniciaría la marcha. La conductora
parecía ajena, miraba hacia el otro lado, no podía verte. Era el mes de enero,
las ventanillas del coche estaban subidas. Tu grito desgarró el aire, pero a
ella no le llegó. Irremediablemente se acercaba a ti. Temblabas ante lo
irremediable y en un último momento levantaste el brazo derecho para dar un
puñetazo sobre el capó, pero no recuerdas si llegaste a hacerlo.
Cuando abriste los ojos ibas
tumbada en un vehículo. Quisiste levantarte pero alguien te sujetó por los
hombros. Bajaron la camilla con estruendos metálicos. Te agarraste cerrando las
manos en sus bordes como un náufrago en una tormenta. Recorriste pasillos que
se cruzaban en tu mente aún aturdida mientras te adaptabas a las luces, sonidos
y movimiento de personas en aquella sala, la de observación, donde tenías que
pasar, al menos, esa noche por indicación médica.
Te esforzabas en revivir el accidente,
una y otra vez pensabas en lo que ocurrió cuando el coche inició la marcha,
pero te fue imposible recordar. El diagnóstico inicial fue un traumatismo
cráneo encefálico y por ello tenías que estar en esa sala hospitalaria. Estabas
magullada, todavía asustada, en estado de shock y profundamente cansada por
haberte levantado muy temprano. Era la primera vez que te ingresaban en un
hospital y tu aversión a esos ambientes multiplicó tus miedos.
Solo tenías visible un par de
camas que estaban frente a la tuya, a escasos diez pasos de distancia, y otra
más a tu izquierda, pero con la visibilidad más limitada. En todos los casos,
en la penumbra y en el silencio de la sala, destacaban las luces y los sonidos
intermitentes de las máquinas que monitorizaban los parámetros vitales de
algunos de los pacientes ingresados.
Necesitabas dormir. Podrías
adaptarte al ritmo monótono que marcaban las luces y los sonidos, pero un
pitido agudo y alargado frustró tus aspiraciones de descanso. La primera vez que
lo oíste tu corazón se contrajo alimentando nuevamente tus miedos y recordaste
la cercanía de la muerte. El sonido provenía de la cama contigua a la tuya,
oculta a tus ojos por un biombo. Supiste que estaba allí por el movimiento de
batas blancas que periódicamente, a la orden de aquel pitido chirriante y
alargado, se dirigían hacia ella de forma precipitada, con voces que reflejaban
la urgencia del momento.
Poco antes del amanecer te
quedaste dormida. Al menos tu cuerpo se rindió y te permitió un ligero estado
de sopor. El pitido chirriante y alargado sonó de nuevo y te despertó. Pero no
había movimiento de sanitarios, ni voces que alteraran el ritmo monótono de las
máquinas. Cuando dirigiste la mirada a tu izquierda, el biombo estaba recogido
y viste una cama vacía, desnuda y una máquina que también parecía muerta: sin
alarmas visuales o sonoras, desconectada de la vida. Sentiste frío y te ocultaste
bajo la sábana.
Al día siguiente abandonaste el
hospital. El traumatismo cráneo encefálico quedó descartado por un diagnóstico
de cervicobraquialgia, además de contusiones varias con abrasión en pierna y
brazo izquierdo. Estabas contenta, por fin podrías estar con los tuyos y
dejarías de escuchar el pitido chirriante que te despertaba cuando intentabas
descansar.
Bajaste de la ambulancia. Apenas
podías moverte, la rigidez del cuello se extendía hasta el final de la espalda,
manteniendo tu cuerpo y tu cabeza inerte, pero tus ojos lo miraban todo. Cuando
entrabas en casa lo primero que viste fue la bicicleta. Alguien la dejó bajo el
porche, junto a la puerta, apoyada en la pared. Tu cuerpo se estremeció. Las
ruedas habían perdido el círculo, estaban retorcidas y cerraste los ojos para
no verla. No querías recordar.
Pasaste meses en rehabilitación
hasta recuperarte. La bicicleta fue reparada, pero solo con pensar en volver a
pedalear, las piernas se te aflojaban. Sabías
que algún día tendrías que cogerla para perderle el miedo, pero no había prisa.
El primer día de trabajo, tras el
alta definitiva, ibas conduciendo tu coche. De pronto el pitido agudo y
alargado volvió a sacudir tu cerebro. Recordaste el hospital, tu mente se
nubló. Instintivamente miraste al bolso que reposaba sobre el asiento del
copiloto. Introdujiste en él la mano derecha y cogiste el móvil. Estaba apagado,
entonces, escuchaste el golpe.
El coche se había desviado en ese
instante a la derecha, impactando con la bici que circulaba por el carril
correspondiente, cruzando un paso de cebra. No te preguntas como pudo pasar, lo
sabes. Lo que no puedes explicarte es por qué escuchaste ese pitido chirriante
y alargado.
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