miércoles, 25 de mayo de 2022

EJERCICIO 8B - Esperanza Cabañas

 

ACCIDENTE

 

Todavía te preguntas como pudo ocurrir. Volvías del gimnasio en tu bici. Delante tuya, una pareja cruzaba el paso de cebra. Te confiaste al ver que los coches estaban parados. No podías imaginar que, justo a tu paso, el coche iniciaría la marcha. La conductora parecía ajena, miraba hacia el otro lado, no podía verte. Era el mes de enero, las ventanillas del coche estaban subidas. Tu grito desgarró el aire, pero a ella no le llegó. Irremediablemente se acercaba a ti. Temblabas ante lo irremediable y en un último momento levantaste el brazo derecho para dar un puñetazo sobre el capó, pero no recuerdas si llegaste a hacerlo.

Cuando abriste los ojos ibas tumbada en un vehículo. Quisiste levantarte pero alguien te sujetó por los hombros. Bajaron la camilla con estruendos metálicos. Te agarraste cerrando las manos en sus bordes como un náufrago en una tormenta. Recorriste pasillos que se cruzaban en tu mente aún aturdida mientras te adaptabas a las luces, sonidos y movimiento de personas en aquella sala, la de observación, donde tenías que pasar, al menos, esa noche por indicación médica.

Te esforzabas en revivir el accidente, una y otra vez pensabas en lo que ocurrió cuando el coche inició la marcha, pero te fue imposible recordar. El diagnóstico inicial fue un traumatismo cráneo encefálico y por ello tenías que estar en esa sala hospitalaria. Estabas magullada, todavía asustada, en estado de shock y profundamente cansada por haberte levantado muy temprano. Era la primera vez que te ingresaban en un hospital y tu aversión a esos ambientes multiplicó tus miedos. 

Solo tenías visible un par de camas que estaban frente a la tuya, a escasos diez pasos de distancia, y otra más a tu izquierda, pero con la visibilidad más limitada. En todos los casos, en la penumbra y en el silencio de la sala, destacaban las luces y los sonidos intermitentes de las máquinas que monitorizaban los parámetros vitales de algunos de los pacientes ingresados.

Necesitabas dormir. Podrías adaptarte al ritmo monótono que marcaban las luces y los sonidos, pero un pitido agudo y alargado frustró tus aspiraciones de descanso. La primera vez que lo oíste tu corazón se contrajo alimentando nuevamente tus miedos y recordaste la cercanía de la muerte. El sonido provenía de la cama contigua a la tuya, oculta a tus ojos por un biombo. Supiste que estaba allí por el movimiento de batas blancas que periódicamente, a la orden de aquel pitido chirriante y alargado, se dirigían hacia ella de forma precipitada, con voces que reflejaban la urgencia del momento.

Poco antes del amanecer te quedaste dormida. Al menos tu cuerpo se rindió y te permitió un ligero estado de sopor. El pitido chirriante y alargado sonó de nuevo y te despertó. Pero no había movimiento de sanitarios, ni voces que alteraran el ritmo monótono de las máquinas. Cuando dirigiste la mirada a tu izquierda, el biombo estaba recogido y viste una cama vacía, desnuda y una máquina que también parecía muerta: sin alarmas visuales o sonoras, desconectada de la vida. Sentiste frío y te ocultaste bajo la sábana.

Al día siguiente abandonaste el hospital. El traumatismo cráneo encefálico quedó descartado por un diagnóstico de cervicobraquialgia, además de contusiones varias con abrasión en pierna y brazo izquierdo. Estabas contenta, por fin podrías estar con los tuyos y dejarías de escuchar el pitido chirriante que te despertaba cuando intentabas descansar.

Bajaste de la ambulancia. Apenas podías moverte, la rigidez del cuello se extendía hasta el final de la espalda, manteniendo tu cuerpo y tu cabeza inerte, pero tus ojos lo miraban todo. Cuando entrabas en casa lo primero que viste fue la bicicleta. Alguien la dejó bajo el porche, junto a la puerta, apoyada en la pared. Tu cuerpo se estremeció. Las ruedas habían perdido el círculo, estaban retorcidas y cerraste los ojos para no verla. No querías recordar.

Pasaste meses en rehabilitación hasta recuperarte. La bicicleta fue reparada, pero solo con pensar en volver a pedalear, las piernas se te aflojaban.  Sabías que algún día tendrías que cogerla para perderle el miedo, pero no había prisa.

El primer día de trabajo, tras el alta definitiva, ibas conduciendo tu coche. De pronto el pitido agudo y alargado volvió a sacudir tu cerebro. Recordaste el hospital, tu mente se nubló. Instintivamente miraste al bolso que reposaba sobre el asiento del copiloto. Introdujiste en él la mano derecha y cogiste el móvil. Estaba apagado, entonces, escuchaste el golpe.

El coche se había desviado en ese instante a la derecha, impactando con la bici que circulaba por el carril correspondiente, cruzando un paso de cebra. No te preguntas como pudo pasar, lo sabes. Lo que no puedes explicarte es por qué escuchaste ese pitido chirriante y alargado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario