miércoles, 25 de mayo de 2022

EJERCICIO 7C AMELIA ALONSO

 GOLOSO

Laura le enseñó a comer espárragos con los dedos. Cogía el esparrago de la lata por el tallo con el pulgar y el índice. Lo sacaba con cuidado de no lastimarse con los bordes mellados y lo sostenía un segundo sobre el recipiente para que escurriese el liquido. Luego elevaba el brazo hacia el cielo como ofrenda sagrada, estiraba el cuello y echaba la cabeza hacia atrás, cerraba los ojos, entreabría la boca y acercaba el fruto. Tanteaba la yema con los labios y con la lengua la atraía hacia dentro. Después sorbía en dos bocados el tallo y suspiraba. Cuando el espárrago estaba bañado de salsa mayonesa o vinagreta, alguna gota le resbalaba por la barbilla.

Cuando Laura se fue, empezó a comerlos a todas horas, para desayunar, almorzar y cenar. Siempre con los dedos, los comía en conserva y frescos, blancos y verdes, frios y calientes, bañados en salsa holandesa y en tempura. Luego empezó a experimentar con otros alimentos. Los melocotones en almíbar, las alcachofas en aceite y las pequeñas berenjenas de Almagro en escabeche. Le gustaba el tacto escurridizo entre los dedos y los paladeaba enteros, absorbiendo el jugo dulce o picante y los paladeaba sin apenas morderlos. Las mermeladas de higos y de frutos rojos y de naranja amarga y la miel fueron su siguiente descubrimiento. Metía dos o tres dedos en el tarro de cristal y sacaba una porción generosa y la dejaba caer goteando encima de la boca. Se untaba los labios y le encantaba como resbalaban lentamente por la barbilla y el cuello.

Agustín vivía solo en un apartamento de un antiguo edificio muy necesitado de rehabilitación. Después de muchas reuniones, permisos y papeles, la comunidad se había conseguido poner de acuerdo. Las obras de acondicionamiento de las escaleras y el ascensor comenzarían a primeros de marzo y exigirían que los vecinos abandonasen sus viviendas durante cinco días. Era una molestia necesaria y Agustín ya tenía mirada una habitación en una pensión cercana al trabajo, pero Félix, su compañero de trabajo y amigo, se prestó a acogerlo en su hogar.

Vente. Tenemos una habitación de invitados que mi mujer está deseando estrenar y mi hijo quiere enseñarte sus juegos de la gamebox.

No sé. No quiero molestar.

¿Molestar? No digas bobadas. Ya verás que bien lo pasamos.

No se pudo negar. Cinco días no eran problema. Cinco días podía aguantar.

La semana empezó con relativa normalidad. El lunes se instaló en la habitación de invitados. A la hora de la cena, la novedad, la amabilidad de todos, los planes para el resto de los días llenaron la mesa de risas. El martes se reunieron en la sala para ver el programa favorito de la esposa de Félix. El miércoles se fueron pronto a la cama.

Agustín se revolvía inquieto en la cama nueva. Se levantó y entreabrió la puerta del dormitorio. A unos metros se oía los ronquidos de Félix y en la otra dirección los extraños ruidos de la nevera. Por lo demás, reinaba el silencio y la oscuridad. Tanteando la pared se dirigió hacia la cocina. Abrió la nevera. Recorrió con la vista los estantes: un tarro de mostaza, un bote medio vacio de mayonesa, otro de ketchup y mermelada de ciruelas. Nada tentador. En una esquina detrás de unas latas de cerveza, lo vio. Un bote de leche condensada con sus dos agujeritos de rigor. Lo cogió.

Primero chupó del agujero sorbiendo con fuerza, luego lo levantó tratando de que el denso liquido cayese en su lengua, se embadurnó los dedos y los labios. Cuando terminó, limpió y recogió lo mejor que pudo cualquier rastro de su incursión y se volvió a la cama.

El jueves era la última noche. Félix preparó una barbacoa en la terraza de despedida. Estuvieron bebiendo cervezas hasta tarde. Agustín cayó dormido sin problemas. Sobre las tres de la mañana se despertó inquieto. No tenía hambre, pero sentía la necesidad de ir a la cocina de nuevo. En silencio. Deslizarse pegado a la pared. Abrir la nevera y a la luz mortecina de la misma pegar un trago de leche condensada o mejor buscar en el armario el tarro de nocilla de dos sabores que había visto a la tarde. Hacía siglos que no probaba nocilla de dos sabores. El tarro estaba sin abrir. Le quito el celofán y lo abrió sin dificultad. Lamió la superficie lisa. Introdujo cuatro dedos y sacó una buena cantidad que se metió en la boca llenándola del todo. Una vez, dos veces. Rebañó los bordes, con los dedos y con la lengua hasta dejar el tarro limpio y vacío.

Y ahora ¿qué? Lo iban a descubrir. No podía permitir que lo descubrieran. Cogió el plástico del envoltorio y lo introdujo en el tarro. Ajustó la tapa. Lo cerró bien. En la entrada estaba la mochila del hijo de Félix. Abrió la cremallera con cuidado y colocó el frasco sin esconderlo demasiado.

El viernes por la mañana se levantó tarde. Se demoró todo lo que pudo recogiendo sus cosas y haciendo la maleta. La familia estaba desayunando. Escuchó la conversación desde su habitación con la puerta entreabierta.

No está bien lo que ha hecho — recriminaba Félix—. Comer a escondidas. No lo entiendo. ¿Te hemos negado alguna vez que comas lo que quieras? ¿Para quién crees que era esa puta nocilla?

¿No te das cuenta que semejante atracón de chocolate no es sano?—intervino la esposa— Te puedes enfermar…

Yo no he sido —Se defendía lloriqueando el crio—. Que yo no he sido.

Encima mentiroso —gritó Félix— Que sabes que no soporto la mentira. Dime la verdad.

Calla, Félix, calla — dijo la esposa y madre. A la tarde seguimos.

Agustín entró en la cocina. Dio los buenos días y se sirvió una taza de café. Félix le contestó con un gruñido con la nariz hundida en el tazón de café con leche y su esposa con educación, sin levantar la vista de la tostada. El crio se le quedó mirando con la boca abierta como si le hubiese dado un pasmo. La madre alzó la cara y siguió la mirada de su hijo.

Agustín, deberías lavarte un poco mejor —dijo—. Tienes la oreja izquierda sucia de algo oscuro. ¿Nocilla quizá? ¿De dos sabores?

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