AMIGAS
Lucía escribió en medio folio “SE BUSCA CHICA PARA COMPARTIR
PISO. Soy Lucía de la Hoz, estoy en la clase de 1º A” y lo pegó en uno de los
huecos que quedaban en el tablón de anuncios de la Facultad de Derecho. Marisa fue a buscarla al terminar una clase
con el papelito en la mano. A Lucía no le gustó su aspecto monjil, pero vio que
era una chica educada y que a su madre le parecería bien como compañera. El
objetivo era que ella no viviera sola en la ciudad y su madre le había indicado
que se buscara una buena compañera, una chica educada que la acompañara.
Marisa era recatada y tímida. Su padre, guardia civil, la
había llevado a vivir por media geografía española y ella nunca había hecho
amigos. Cuando lo conseguía, un nuevo traslado la llevaba a otro lugar. Su
adolescencia había pasado sin experimentar ni amores ni desamores, ni riñas ni
pulsos por arañar una hora más para volver a casa. En su vida habitaba un
extraño equilibrio que le hacía parecer que carecía de chispa, de vida.
Lucía era de pueblo. Siempre había vivido en el pueblo y
veraneado en Torremolinos. Tenía varias pandillas, la del instituto, la de la
playa y la de baloncesto. Lucía sí sabía de amores y desamores, de desplantes y
de pulsos.
Las normas fueron claras desde el principio. Se trataba de
compartir piso porque a Lucía sus padres se lo habían exigido. El piso
pertenecía a los padres de Lucía. Lo habían comprado pensando en el futuro de
sus hijos y Lucía lo estaba estrenando ya que era la mayor de tres hermanas.
Para Lucía fue una bendición contar con Marisa. Iban juntas
a clase y compartían tareas y apuntes. Entre ellas surgió una amistad
respetuosa descubriendo que no eran tus diferentes a pesar de la aparente
distancia que había entre ambas. Formaron un equipo de estudio reforzado porque
Marisa se integró rápidamente en las salidas de Lucía. No era el centro de
atención, pero se mantenía firme. Nadie tenía que saber que para ella todo era
su primera vez y nadie lo sabía. Lucía nunca dijo nada. A los dos meses los
demás la consideraban una. Si invitaban a Lucía a alguna fiesta o alguna
excursión contaban con Marisa.
Un día Marisa llevó a un ligue a su casa. A Lucía le
sorprendió bastante. Hasta ese día ella era la única que había llevado a amigos
y a ligues a casa. A los dos días Marisa empezó a no dormir en casa. Poco a
poco fue desapareciendo de la casa, aunque dejó algunas cosas. Las chicas se
veían en clase como siempre y compartían apuntes, pero el día que llegó Lucía
llorando a casa Marisa no supo qué hacer. Marisa nunca había tenido novio y
estaba claro que se había vuelto loca por aquel chico que ella tan solo había
visto la noche que se conocieron. Marisa le contó que habían discutido por
tonterías porque él le había pedido que dejara de estudiar. Por supuesto ella
le dijo que eso no podía hacerlo y que ni se lo planteara y que no volviera a
verlo. A los dos días Marisa desapareció de nuevo y le dejó una nota: “Me ha
pedido que me case con él. Él ya termina medicina y viviremos de su sueldo como
médico”.
No volvió a verla. A veces lamentaba no saber nada de ella.
A veces lamentaba no haberle dicho que su novio había estado con ella varias
veces antes de que se conocieran. Lamentaba no haberle contado nada de eso.
Otras, se alegraba de no haberlo hecho porque iba a parecer celosa o envidiosa.
Otras veces, cuando le preguntaban por Marisa, tomaba conciencia de cómo se
había quedado sin amiga.
Pasaron dos años y Lucía ya estaba en tercer curso. Un día
recibió una carta de Marisa. Le explicaba lo feliz que era y que estaba
embarazada y que quería verla porque iba a ir próximamente a la ciudad a un
Congreso de Medicina acompañando a su marido. En la carta había un número de
teléfono al que llamarla. Lucía tardó dos días en llamarla. No estaba ni contenta
ni triste, no estaba ni nerviosa ni tranquila. Ya no sabía si eran amigas o no,
ni si Marisa quería verla como amiga o como compañera de piso. Lo que sí estaba
era segura que el tiempo pasado las había distanciado.
La llamó y fijaron fecha para verse en la cafetería “Los
ángeles”, una cafetería del centro. Cuando se vieron se abrazaron todo lo que
el tamaño de la barriga de Marisa les permitió. Se sentaron y se contaron lo
que se acordaban la una de la otra.
—Necesito que me ayudes—le dijo Marisa. Tengo que salir del
país y no tengo dinero. Tengo que alejarme de ese monstruo.
—Pero si me has contado que eres feliz y se te ve contenta—dijo
Lucía desconfiada.
—Finjo. Finjo mucho. Soy una maestra del fingimiento. Por
favor, ayúdame.
—Cuenta con ello. Mañana te puedo dar lo que tengo en mi
cuenta. ¿A dónde irás?
—Mejor que no lo sepas. Mañana quedamos en los Jardines de
Murillo a las 11. Daremos un paseo. Tal vez sea la última vez que nos veamos.
Tienes que irte ya. Mañana nos vemos.
Lucía se levantó sin saber bien qué hacer. Decírselo a la
policía no era una opción. Quedarse allí tampoco. Se puso a andar precipitada. Aquella
noche no durmió.
Al día siguiente le llevó el dinero a su amiga. No se
tocaron. Lucía le indicó que se sentara en el banco dejando espacio entre ambas.
Hablaron poco. Solo palabras de agradecimiento, dijo Marisa. Solo preguntas,
hizo Lucía. Preguntas atropelladas. Preguntas desesperadas. Preguntas con agua
salada. Preguntas ahogadas. Preguntas sin respuesta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario