LA LADRONA DE NOMBRES DE CALLES
Azucena de la Cruz solía salir por la ciudad con sus amigos las noches de los sábados. Iban a garitos donde bebían chupitos de pulque. En su casa, su madre y sus tres hijas dormían juntas en la misma habitación. Había tenido un marido que las había abandonado estando embarazada de su tercera hija. Azucena limpiaba casas y escaleras y bares y mantenía a toda su familia. Su madre cuidaba de las niñas y las llevaba al colegio. También practicaba con ellas la lectura y las animaba a interesarse por los libros a los que llamaba “puertas a otro escalón”. La abuela sabía que, si estudiaban, sus nietas podrían tener otras opciones que no fueran limpiadoras, camareras y otras cosas innombrables. La abuela sabía que su hija era bastante desgraciada. Ella había visto cuánto había sufrido cuando se vio abandonada con aquella enorme barriga. La abuela sabía que Dios las ayudaba cada día. Por eso, cuando su hija regresaba de sus juergas, ella no le reñía ni hacía preguntas, sino que la cobijaba y le daba calorcito con su pecho caído y sus enormes brazos. Azucena siempre venía con lo que llamaba “cosas de la noche” que colgaba en su casa los domingos. Los domingos, cuando se levantaba, iba a la cocina y de debajo del fregadero sacaba una caja desvencijada donde tenía entre otras herramientas oxidadas, martillo y clavos y colgaba lo que ella llamaba “cosas de la noche” por toda la casa. La entrada de la casa tenía una alfombra en la que limpiarse los pies. La había hecho ella misma de unos pantalones vaqueros que había encontrado. De tal forma que podías limpiarte los pies en los bolsillos, en las costuras o en los paños. Seguidamente había una vieja máquina de coser a la que la abuela echaba aceite para engrasarla y poder coser algún encargo de alguna conocida. También había una silla y, por supuesto, la pared estaba repleta de carteles con nombres de calles. Aquella casa era única. La alfombra perfectamente rematada y cosida y aquellos nombres de calles, la hacían particular. Aquello, y las tortitas de maíz de la abuela.
Azucena de la Cruz había tenido varios novios desde que el infeliz de Juan Eduardo la abandonara a su suerte sin mirar atrás. Todos los novios que había tenido eran pintores de brocha gorda. Todos tenían palos largos con los que poder descolgar los carteles de los nombres de las calles. Tras la embriaguez de chupitos salían por las calles y elegían qué carteles podían descolgar. No era tarea fácil porque algunos estaban bien agarraditos a la pared, otros estaban demasiado altos y otros tenían a la policía cerca. Todo esto hacía que la emoción de robar letreros los excitara hasta haberse convertido en un vicio. A veces, solo podían descolgarlos de dos esquinas porque aparecía alguien y tenían que correr dejándolos balanceándose sobre sí mismos. Otras habían tenido que sacar un cincel para arrancar la pared con lo que el ruido era notable. Ella vigilaba y su novio de turno los arrancaba. Muchas veces casi los pillaba la policía o algún transeúnte les reñía o, por el contrario, querían participar en el robo, teniendo o que salir corriendo o quitárselos de encima.
Aquellos actos los animaban a beber hasta perder la vergüenza y sus risas se multiplicaban cada vez que conseguían su objetivo.
La abuela lo sabía, pero las niñas no sabían de dónde sacaba su madre aquellos adornos que consideraba trofeos y los exponía en la pared.
Cuando su hija mayor, de ocho años, aprendió a leer, leía todo lo que se le ponía por delante. De la mano de su abuela caminaba por la ciudad leyendo. Fru-te-rí-a, chi-ri-mo-ya, gua-ná-ba-na, te-jo-co-te, pe-lu-que-rí-a, cor-te de pe-lo, tin-te, far-ma-cia, pro-hi-bi-do el pa-so, a-ve-ni-da de la Re-pú-bli-ca, ca-lle de la Vir-gen del Ro-sa-rio, a-ve-ni-da de los con-quis-ta-do-res, …
—¡Abuela, estos son como los de casa! —dijo contenta—Nosotras tenemos muchos nombres así.
—Sí, mi niña, tenemos muchos —respondió la abuela santiguándose y pidiéndole protección a la virgencita.
Cuando el domingo siguiente Azucena de la Cruz se despertó y cogió martillo y clavos sus hijas ya habían desayunado. La mayor la miró contenta y le dijo que había visto muchos carteles pegados en las paredes de la ciudad.
—¿Los robas tú? —le preguntó a su madre.
Azucena no supo qué contestar. Con el martillo y un clavo en la mano y otro entre los dientes, no podía contestar, ni mentir. Se sacó el clavo de la boca y la miró a los ojos.
—Sí, los robo por la noche. Me gusta—respondió, y siguió clavándolo en la pared del pasillo.
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