UN GASTO SUPERFLUO
Cuando conociste a Mariela te sorprendió su intenso olor a perfume. No era desagradable, pero un poco excesivo. Lo bueno era que eso ocurrió en la primera cita, el motivo no podías ser tú.
Como cada sábado, te habías esmerado en tu aseo. Un buen rato sumergido en una bañera bien caliente con sales de baño de olor a lavanda, limpieza profunda de orejas, en todos sus recovecos, fosas nasales con bastoncillos húmedos y meticuloso cepillado de uñas, una a una. Tras quitar el tapón, dejas vaciarse la bañera mientras te vuelves a enjabonar cabeza y cuerpo y te aclaras con una buena ducha.
Te vistes con cuidado de no utilizar ropa interior que hayas usado más de seis veces y camisas poco usadas y secadas al aire. Por suerte hace buen tiempo y no es necesario ponerte prendas de abrigo, esas son más caras y no puedes eliminarlas con tanta frecuencia.
La conociste al salir del cine cuando le ofreciste cobijo bajo tu paraguas. Ambos estabais solos y aceptó tomar una copa contigo. Disfrutasteis de la mutua compañía, pero no dio el menor signo de admitir otro tipo de acercamiento.
Pasaron un par de meses antes de que aceptara pasar la noche contigo.
Disfrutabais juntos, teníais gustos similares en todo, jamás mencionó nada sobre tu olor en las distancias cortas y, esa noche, disfrutaste su cuerpo como pocas veces lo habías hecho.
No fue necesario que, mientras se duchaba, olieras sus bragas buscando indicios de una candidiasis o cualquier otra infección vaginal. Ni te apetecía oler su camisa a ver si en su sudor detectabas algún indicio de estar medicándose. Ni buscar en sus ropas algún olor que te hiciera sospechar que algo no encajaba. Cuando volvió del baño y su excesivo perfume casi había desaparecido, todo su cuerpo te olía a nuevo, a limpio, como con un fondo a mar, a la mar que añoras.
Tú odias hacer ningún comentario sobre los olores, por eso aún no le has dicho que eres pescadero. Pero en ningún momento le has visto hacer un gesto de asco. No ha sacado un perfumador de bolso y lo ha usado varías veces en el transcurso de vuestra cita, ni ha rechazado un plato de pescado al tiempo que arrugaba la nariz. No has querido hurgar en sus olores más íntimos para poder lanzarle una ofensa cuando te recrimine tu olor a pescado.
Por eso, anoche te atreviste a preguntarle porqué iba siempre tan perfumada con lo bien que olía su cuerpo. Tú no dabas crédito a la suerte que habías tenido cuando te contó que, tras un catarro, había perdido el olfato, así que no sabía nunca cómo olía. Sus padres fueron pescaderos y de pequeña sufría por su olor a pescado y ese miedo a se desagradable para los demás, no la había abandonado.
Esta mañana, la miras dormir, embelesado, pensando en la cantidad de dinero que vas a ahorrar, a partir de ahora, no teniendo que cambiar con tanta frecuencia de ropa interior, camisas y pantalones.
Parece práctico porque no huela, pero me imagino el color de la ropa sobre odo la interior. Tendrá mujer, la duda serán los amigos jj
ResponderEliminarPor tu comentario, creo que no has entendido muy bien el relato
EliminarLo he vuelto a leer. Creo que él olía demás, estaba obsesionado, aunque no me queda claro el relato.
Eliminar