“NO VAYAS DETRÁS DE TUS PASIONES”, (Si 18, 30)
Mucho antes de que dispongan las fuentes en la mesa, las papilas gustativas de Don Mariano ya entran en acción. Se sienta en el sillón verde que arrima a la distancia exacta para que, durante la comida, su vientre prominente repose a gusto sobre la parte superior de los muslos. Desdobla la servilleta de hilo blanco, la anuda en la parte trasera de su cuello, dispone tres trozos de pan de corteza crujiente y dorada al lado del cuchillo y coloca, por fin, sus manos a ambos lados del plato, aún vacío.
Ya está listo.
María, la señora que lo atiende en la parroquia desde hace más de veinte años, con puntualidad exquisita trae desde la cocina la olla humeante. Los receptores olfativos de don Mariano ya pueden percibir todos los matices del cocido: la carne melosa del morcillo, la punta de jamón, el trozo de tocino, la media gallina que picoteó durante meses en el corral, el hueso de tuétano, el picante del chorizo y ese olor tan peculiar que le dan los garbanzos. Un estremecimiento recorre entonces todo su cuerpo como anticipo del placer.
María deposita la olla en la mesa y se retira. Sabe que él exige comer a solas.
Con un gesto semicircular de la mano y una leve inclinación de la cabeza, don Mariano acerca los efluvios olorosos del guiso a los orificios de su nariz y aspira lentamente, entrecerrando los ojos.
Apartando los tropezones de carne, se sirve primero cuatro cucharones de sopa de fideos. Se dobla hacia adelante y olfatea el plato. Aunque este ritual se repite con frecuencia, le titila el párpado izquierdo, como siempre en los momentos de gran emoción.
Sujeta por el pulgar y el índice de la mano derecha y con el apoyo del dedo corazón, la cuchara se abre camino en la densidad de la sopa, se llena casi hasta el borde superior y viaja luego con gesto seguro hacia la boca expectante de don Mariano. El preciado líquido se queda un instante entre lengua y paladar antes de ser deglutido. Cada cucharada se merece el mismo trato, delicado y pausado.
Ahora es el turno de los garbanzos. Más que el blanco lechoso, de envoltura algo rugosa, a don Mariano le gusta este pedrosillano, pequeño y de piel fina, que se deshace en la boca.
Por fin llega el momento de abordar los alimentos más contundentes. Observa detenidamente el aspecto de los distintos trozos que acaba de colocar en el plato: las hebras gelatinosas de la carne de morcillo, la textura más compacta de la punta de jamón, el muslo bien torneado y firme de la gallina, el trozo de tocino entreverado con sabor a dehesa que en breve se deshará tiernamente en su boca, las rodajas gruesas de chorizo que desprenden su colorado hilo aceitoso hacia el borde del plato.
Sin prisas, inicia la degustación. Tarda largos minutos en dar buena cuenta del contenido de su plato.
Se apoya un instante en el respaldo del sillón y suspira de gusto.
Ahora llega el momento de lo dulce. Don Mariano acerca el plato de postre que María deja siempre en el extremo izquierdo de la mesa. El brillo de sus ojos anticipa el placer inminente.
Al acercar su boca, el azúcar glas espolvoreado le cosquillea la nariz. Hunde con delicadeza sus labios en la turgencia de una ensaimada rellena de crema pastelera. La untuosidad de la crema se expande entre el dorso de la lengua y la bóveda del paladar. Don Mariano goza cada bocado con la misma intensidad. Al terminar, la punta de su lengua va en busca de una gota de crema que se ha quedado atrapada en la comisura derecha de sus labios. Atina a la primera en su intento. El placer del hallazgo le hace entrecerrar los ojos unos instantes y la lengua vuelve despacio hacia la cavidad bucal donde deposita el preciado botín en la parte anterior del paladar, justo detrás de los incisivos. Esta gota de crema se vuelve quintaesencia.
Don Mariano se recuesta de nuevo en el respaldo del sillón y parece quedarse traspuesto.
Pero de golpe se incorpora como disparado por un muelle. Arrima la olla, contempla los vestigios del cocido y, sin dudarlo un instante, hunde ambas manos en el recipiente y se hace con un muslo de gallina que engulle casi sin masticarlo; un trozo de morcillo corre inmediatamente la misma suerte. Luego les toca el turno a la punta de jamón, a los dos trozos sobrantes del tocino, a las cinco rodajas de chorizo. La rapidez con que se lo traga todo provoca un ruido que a don Mariano le recuerda al que hacían los cerdos cuando, de niño, él les llenaba el comedero con los desperdicios de la comida. Sin dejar de tragar, sonríe al recordarlo, y engulle con más voracidad aún. La grasa le chorrea por las manos. Se las chupa con fuerza, un dedo tras otro, pero no consigue evitar que esa grasa resbale por los antebrazos. Varios potentes lengüetazos a derecha y a izquierda detienen en parte el chorreo aunque unas gotas se deslizan con un delicioso cosquilleo hasta el pliegue del codo izquierdo.
Vuelve a hundir las manos en la olla; como garfios, arrasan con todos los tropezones que encuentran a su paso. Los lanzan con precisión hacia el gaznate. Luego cogiendo las asas con fuerza, don Mariano arrima el puchero a su boca e inclinándolo en vilo, bebe a largos tragos la sopa sobrante. Como si se tratase de un botijo, bebe al tiempo que traga. Deglute ruidosamente y su glotis se abre y cierra de forma espasmódica. Dos regueros se escapan de las comisuras de su boca y siente ahora cómo, desbordando el parapeto de la servilleta, se deslizan entre el alzacuello y la piel, hacia el vello de su pecho. Y sigue tragando y tragando hasta la última gota que caza con la punta de la lengua en el reborde metálico de la olla.
Suspira profundamente…
¡Buena zampa, vive Dios! piensa para sus adentros.
Y se recuesta en el respaldo del sillón verde. Con cara de satisfacción, cruza ambas manos sobre su abultada panza y cierra los ojos.
Ahora llegará María con la manta de lana.
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