martes, 17 de mayo de 2022

Ejercicio 7 C- RELATO RARO, RARO- Marta Sanz

 

ISLA GOUDIER

 

Hace una semana que he vuelto de Isla Goudier en la Antártida una vez acabado el verano austral y estoy aterrado. No puedo hablar, mi conversación es indiscernible. Así es que he decidido redactar este informe para ser evaluado por un profesional competente y poder solicitar la indemnización que pueda pertenecerme.

 

Vivo solo, mis padres fallecieron y cuando leí el anuncio de la oferta de trabajo en la isla me dije que la soledad ya me acompañaba a menudo y que podría realizar el trabajo propuesto sin ninguna dificultad. Se trataba en principio de dedicarse a contar pingüinos. Las matemáticas siempre han sido una alegría para mí. La oferta correspondía a una organización benéfica británica, el Fondo del Patrimonio Antártico, y la parte más importante de dicho patrimonio son los pingüinos motivo por el cual es fundamental saber de cuantos disponen.

 

Isla Goudier es una pequeña isla con apariencia de roca pulida del archipiélago de Palmer. Yo habitaba allí una cabaña de madera que había pertenecido hacia años a la sede de la Operación Tabarin como base de investigación. En la actualidad solo se dedicaba al cuenteo de pingüinos y a recibir en temporada a turistas curiosos. Mi misión terminó justo a la llegada de estos y eran ya los guías locales los que preparaban la visita.

 

La cabaña era bastante confortable y bien equipada para soportar las temperaturas extremas y estaba ubicada al borde de un entrante de mar protegido por montañas heladas. Se trataba del lugar preferido por los animales para aparearse y para guarecerse en lo posible de los fuertes vientos. Por la parte trasera una escala permitía la subida al tejado desde dónde con unos prismáticos el conteo era más preciso. A menudo tenía que apartar a los pingüinos para poder subir dado que estos rodeaban la cabaña.

 

Lo único que eché en falta al llegar fue la conexión de wifi. Estaba bastante incomunicado, pero como ya he mencionado antes, la soledad nunca ha supuesto un problema para mí y soporto el frio con dignidad.

 

A mi llegada me entregaron un dispositivo en el que con un leve toque iba añadiendo pingüinos a una larga lista, pero para entretenerme también los contaba en voz alta lo que me servía así mismo de comprobación. Estuve cuatro meses recitando números a diario, solo números. También entablé algún tipo de amistad con los animales más empáticos que acabé reconociendo por la altura, por la diferente coloración del collarín naranja, por el tamaño de su pico, o por la manera en la que sujetaban el huevo entre las patas en el periodo de incubación.

 

Cuando regresé a mi casa en Madrid, cada vez que intentaba hablar me salía un número. Creí que eso terminaría en cuanto reanudara el trabajo de contable del que estaba en excedencia y me reuniera de nuevo con mis compañeros. Así es que me colgué del cuello una pequeña pizarra para escribir lo más imprescindible. Estaba convencido de que en breve mis cuerdas vocales recuperarían una actitud normal. Pero no ha sido así. Si me preguntan si quiero salir a tomar un café, respondo “treinta y uno”; para decir buenos días siempre digo “veintidós”. Mi trabajo no sufre, pero mi malestar va en aumento y el pitorreo de mis compañeros es imparable.

 

Llevo diez sesiones de foniatría y sigo sin encontrar palabras que me sirvan para decir con exactitud lo mismo que digo de manera eficaz con los números. Otra cosa es que no se me entienda.

 

Por lo tanto les ruego se sirvan concederme una indemnización por incapacidad debida a puesto de trabajo con la que poder vivir dignamente y visitar a mis amigos los pingüinos que deben de sentirse muy abandonados sin nuestras largas parrafadas.

 

 

 

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