lunes, 16 de mayo de 2022

EJERCICIO 7-B MONÓLOGO Sonia Corcelle

 

EL OLOR A NARDOS 

 

 

                  No soporto el olor a nardos.  

                  De niña me encantaba jugar a hacer flotar barquitos de pan en el café con leche del desayuno. Pero una mañana, de pronto, el toque sonoro de nudillos contra el cristal de la puerta de la cocina, la que daba al patio delantero de la casa, interrumpió mi juego.

                  Mi madre abrió y escuché cuchicheos. No llegué a ver quién hablaba desde fuera. Cuando cerró la puerta, se quedó inmóvil un rato y solo me dijo que me diera prisa porque teníamos que salir ya mismo. Yo protesté, era muy pronto y faltaba casi una hora para el colegio. Mi madre, con una cara que no le conocía, me contestó que cogiera el abrigo. Lo dijo con una voz tan rara que no me atreví a preguntar más.

                  Una vez en la calle, recuerdo que me tiraba de la mano para que caminara más deprisa. No sabía adónde me llevaba pero yo no quería ir, no sé por qué pero no quería, me resistía con todas mis fuerzas. Eso lo recuerdo muy bien porque si lo pienso, aún me duele el brazo.

                  Entramos en una sala oscura que olía a nardos, un olor penetrante, un olor excesivo que mareaba. Olía también a cera, a cera de velas. Las llamas bailaban contra las paredes blancas. Don Damián, el cura, hablaba con la madre de Nina que lloraba escondiendo la cara. El padre de Nina, muy tieso en su traje de los domingos, retorcía su pañuelo entre los dedos. Oí que don Damián consolaba a la madre diciéndole que esa niña era un ángel y que Dios había querido que este ángel estuviera a su lado. Pero es que Dios no había entendido nada, eso le quise gritar, lo que quería Nina, eso lo sabía yo, era saltar a la comba conmigo, pisar los charcos con las botas de agua y salpicar toda la acera, clavar los dientes en la rebanada de pan con nocilla hasta mancharse la punta de la nariz y mirarnos luego en el espejo y reírnos a carcajadas, tener un pony y de mayor ser granjeras. Y ahora Nina estaba tumbada en una caja y todos la miraban como si no la hubieran visto nunca. Me entraron ganas de tumbarme yo también y cerrar los ojos como Nina, con su vestido blanco y rodeada de flores, y como ella parecer una princesa dormida.

                  Ese olor a nardos, suave y dulzón, ya jamás me dejó volver a disfrutar del sabor del pan tostado, ni jugar a hacer flotar barquitos en el café con leche de la mañana. Ni saltar charcos. Y desde aquel día lo impregna todo: mi cuerpo huele a nardos y mi pelo, y mis labios y mis ojos. Desde entonces, toda yo huelo a nardos.

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