jueves, 5 de mayo de 2022

Ejercicio 5A- RELATO 1- Marta Sanz

 

SOPHIE

 

 

La conoció en un bistrot del barrio latino envuelto en humo.

 

Allí se daban cita todos los pintores revolucionarios de finales del 19, los que veían la vida y la plasmaban a pinceladas, con grandes trazos.

 

Allí se armaban de razones contra los clásicos realistas escandalizados por el nuevo movimiento, consumiendo botellas enteras de absenta hasta perder el sentido. Los veladores de mármol habían adquirido un tinte verdoso y las suelas de los zapatos desgastados se pegaban al pavimento de cerámica. Bebían a crédito o entregaban a cambio sus pequeños cuadros, protegidos por el dueño, papá Louis, un ser que cubría las paredes de colores, paredes en las que fluía el agua, vibraba la luz y palpitaba la vida.

 

Allí resplandecía ella, Sophie, etérea, altiva pero tierna, risueña, sin excesos. Se deslizaba entre ellos siempre envuelta en largos fulares con los que jugaba distraída y ocultaba, a ratos, su pelo, su cara, su figura. Misteriosa, nadie conocía su procedencia. Circulaba el rumor de que papá Louis la había recogido de la calle, apenas recién nacida, y que se alimentaba de arte. Se prestaba a servir de modelo a cualquiera de los parroquianos, desnuda o disfrazada. A la entrada, en lugar preferente, en un cuadro que había sido rechazado por los academicistas al considerarlo obsceno, exponía sus encantos y la calidez de su piel, sentada en la hierba entre caballeros vestidos de etiqueta. Se trataba de un cuadro de Manet. Pero tenía sus preferencias y estaba secretamente enamorada de Renoir, al que perseguía con la mirada. El pintor, alto delgado de pelo muy negro se había dejado crecer una perilla puntiaguda y un pequeño bigote sedoso. Un corbatín de seda de color indefinido algo deshilachado oprimía la nuez y, cuando se emocionaba pintando, lo enrollaba con descuido en el dedo por lo que más bien parecía un lampazo. Bajo las pobladas cejas sus ojos solo veían la belleza que pintaba y, por supuesto, a Sophie.

 

Y allí, en un rincón obscuro, Guillaume la devoraba, la acariciaba, la lamía oculto detrás de sus largas pestañas. A la muerte de su abuelo del que había heredado una gran fortuna, aterrizó en aquel café en busca de artistas con los que aprender, quedando deslumbrado por el ambiente y clavado a la silla por Sophie. Alto, desgarbado, de abundante pelo negro ensortijado, tenía mucho instinto para perseguir la belleza y poco arte en las manos. Se dedicaba a garabatear dibujos al carboncillo de ninfas con la imagen de Sophie que se negaba a mostrar consciente de su inferioridad. Asistía en silencio a los debates, las discusiones y acompañaba a sus amigos en los momentos de desesperación ante la escasa acogida de sus obras. En secreto, y ayudado por papá Louis, compraba cuadros: unos los atesoraba en su mansión, otros los dejaba colgados en el café para no llamar la atención.

 

Finalmente, Sophie partió a provincias del brazo de Renoir. La luz se esfumó de Paris detrás de ellos, y se instaló definitivamente en las escenas campestres pintadas al aire libre de los nuevos cuadros en los que se mostraba una corriente de sensibilidad, de felicidad fugaz y transitoria. En todos ellos la sensualidad de Sophie se hallaba presente. Renoir no consentía en pintar paisajes donde no estuviera ella, continuando con el dialogo de intimidad entre pintor y modelo.

 

Guillaume claudicó y guiado por su seguro olfato y su valentía, seguía adquiriendo a escondidas todos los cuadros que podía conseguir. Los exponía en todas las paredes de su casa y ya no iba al bistrot. Se sentaba horas y horas en éxtasis contemplando las obras. Viviendo su vida con Sophie.

 

Hoy, pasados los años, ha vuelto al lugar. Necesitaba regresar ya que sentía una inmensa añoranza. Los pintores han huido. Unos han conseguido la gloria, otros desaparecieron muertos de hambre y de enfermedad. Papá Louis se retiró y el café ha perdido su aura. Ahora es un espacio anodino, limpio, con paredes desnudas de luz, y manteles estampados con mal gusto frecuentado por una burguesía encorsetada. Guillaume es allí un burgués más, opulento y parsimonioso. Ha perdido su cabellera y, en compensación se ha dejado crecer bigote y barba recortada. Su vestimenta denota el estado de su bolsillo, impecable. Unos gemelos de oro aprisionan los puños de su camisa. Un foulard de seda sobresale del bolsillo superior de su chaqueta. Se trata del amuleto que le arrebató a Sophie en un momento de descuido y del que nunca se separa. Acaba de conseguir, por un precio exorbitante, una imagen de su amor. Una estatuilla que un joven escultor realizó en los años felices, de una Sophie despreocupada que sonreía mientras aprisionaba, en un moño, sus largos cabellos. Llevaba años persiguiendo la estela de la obra, preguntando por doquier a todos los marchantes de la ciudad y por fin, pujando fuerte, la había conseguido. La sostiene con cuidado, con las dos manos, por miedo a que se escape y la contempla fijamente con los ojos hundidos en otros escenarios. Acaricia su sueño. Tenía que celebrarlo aquí, en el bistrot donde empezó todo.

 

Piensa que, finalmente, posee algo más tangible, algo que va a poder acariciar y que va a tomar posesión del entorno que él le ha ido preparando, y se deleita pensando que ya no va a tener necesidad de salir de su mansión.

 

 

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