miércoles, 4 de mayo de 2022

Ejercicio 5A - María José Ventaja - Comienzos

 


Técnica de barra de bar


Aquello no podía salir bien. Eran un par de niñatos que habían visto muchas películas, pero de las malas, o de las españolas en las que los ladrones siempre fracasan. En la sucursal de un banco de barrio, dentro dos abuelos regateando las comisiones a dos empleadas sin más salero que un plato de churros fríos. Eran muy jovencitos, unos chavales, de la edad de mi chico. Se habían puesto una media en la cabeza y las pistolas que llevaban lo mismo eran de juguete, pero cualquiera se arriesgaba. Estaban tan nerviosos que me acordé del chiste de los cazadores y me reí. 



Técnica del desfile


Ocurrió en el autobús. Yo iba con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la ventanilla. Una señora estornudó a lo grande tres veces seguidas, su acompañante le gruñó algún improperio. Dos chavales de la fila de enfrente se partían de risa y se cruzaron algunas palabras con los del estornudo. La cosa fue a mayores y el conductor volvió la cabeza pidiendo calma bajo amenaza de parar en seco y bajarnos a todos. El silencio completo y el traqueteo me cerraban los ojos, estaba somnoliento y para no quedarme dormido, me levanté del asiento, me dirigí hacia la puerta central y me agarré a la barra, aunque aún faltaban dos paradas para bajarme. Delante de mí, también agarrada a la barra, su mano sin anillo por debajo de la mía, su cabello suelto, moreno como su piel, se movía acariciándome los labios, me cosquilleaba la nariz, me tapaba los ojos. Algún pelo se me debió meter en la boca, sabía a colonia de fresa, o como el jarabe para la tos que tomábamos de niños. ¡Estábamos tan cerca! No tenía intención de recrearme en su figura, pero lo hice.



Técnica del zoom, comienzo cinematográfico.


Llegó tarde a clase. Al abrir la puerta todo quedó en silencio y todas las miradas confluyeron en su figura de modelo. Vaqueros ajustados, blusa abotonada hasta el mismo final del pecho, y un movimiento ladeado de cabeza para retirarse del rostro un mechón de cabello que se le había enganchado en la boca. Desde mi posición, casi al final de la clase, veía las cabezas unidireccionales apuntando a sus labios entreabiertos. Ella se retiró el pelo con la uña del dedo meñique, afectadamente dio un paso adelante y los buenos días. Creo que solo contestó Bermúdez, el de la segunda fila, que se deslizó hacia una esquina de su banco para dejarle sitio. Entonces todos cambiamos el sentido de nuestra mirada; el profesor bajó con tiento el escalón de la palestra y, tiza en mano, con una imaginada verónica, le ofreció tomar asiento.

—Adelante señorita….

—Begoña Álvarez

—Bien, señorita Álvarez, gracias por honrarnos con su presencia.

El profesor dio media vuelta, subió al estrado, y, tiza en mano, continuó la explicación sobre los vectores equipolentes.



Técnica canción del verano; comienzo poético.


Cuando todo es demasiado vago y es demasiada la pereza que te retiene en el sillón, es el momento de saltar, y, sin pensar, levantar de un respingo la pesadez de una voluntad sobrevenida, servirte una copa de champán y enjuagar el aliento a sangre que retienes en el cielo de la boca. A tus pies, el cuerpo tendido no es inerte a la muerte, sino a la vida inerme. No es una mera conjetura, no es un escabroso sueño. Estás despierta, y es real la marca de tus dientes en su cuello de seda, translúcidas sus venas, cetrino su rostro, moreno y rizado su cabello.



Técnica del noticiero


No era una travesía cualquiera. Fue el día de la fiesta del Sacrificio, la pascua del cordero, el 9 de julio. Partimos del muelle de Isla Verde a las 11:45 y durante sesenta minutos navegamos sobre dos aguas. Al volver la vista hacia Algeciras sentí cómo dejaba atrás el viejo continente, y lloré por dentro como si lo fuera a perder para siempre. Europa ya no me pertenecía y África descansaba en el horizonte, donde casi no alcanzaba la vista, con algún temor dado por su mismo nombre. El comandante sabía bien que mi origen estaba en África; le pedí que viniera conmigo, pero el Ministerio me asignó otro acompañante. Desde la cubierta del Avemar de Balearia, puse atención en divisar delfines o cachalotes que viven en las profundas aguas frías y oscuras del Estrecho. Dicen que, a veces, suben a la superficie durante unos minutos para acompañar a los turistas en su viaje. Yo no era una turista, y, aunque era verano, tampoco vi orcas ni rorcuales en sus tradicionales rutas migratorias. A la media hora ya se divisaba la costa marroquí. Supuse, con acierto, que las montañas de tonos grisáceos que resaltaban sobre la tierra y el agua eran las estribaciones de la sierra del Rif.





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