SOBREDOSIS
Encogido en posición fetal entre el lavabo y la bañera, con la jeringuilla aún clavada en el brazo izquierdo y la mirada ausente, así encontró Francisca a su hijo Fernando al volver de la compra. Un reguero de baba se deslizaba lentamente por la comisura derecha de la boca y se perdía luego por su cuello. Las manos colgaban temblando a ambos lados del cuerpo.
Francisca se dejó caer sobre la taza del váter, incapaz de reaccionar. Ni siquiera soltó las asas de las bolsas. Y la angustia volvió a trepar desde lo más profundo de sus entrañas y le atenazó la garganta. Y el llanto brotó, violento, espasmódico, descontrolado.
Solo había bajado a la calle media hora. Un tiempo en el que escapó del salón devastado por la agresividad de Fernando. La luna rota del espejo, la puerta del aparador arrancada de cuajo, el sofá herido por cuchilladas rabiosas y el terror de ella, agazapado en el dormitorio donde se refugiaba cuando arreciaba la tormenta. Los gritos que traspasaban los muros y le horadaban los tímpanos y el corazón. Al principio, había intentado frenar esos ataques de rabia desatada de su hijo pero constató que esto no hacía más que agravar la situación. Había optado entonces por esperar a que escampara.
Y los insultos. “¡Mala puta, no eres más que una mala puta! ¡Y de las peores! ¡Una mala puta de mierda! ¡La reina de las malas putas de mierda!” Fernando se excitaba solo. Refugiada en el dormitorio, Francisca se tapaba los oídos pero los gritos eran imparables.
A veces no conseguía zafarse a tiempo de las garras de la bestia que se erguía frente a ella, imponente. Era como si de pronto él hubiera crecido veinte centímetros. Francisca agachaba la cabeza, encogiéndola entre los hombros y encorvando la espalda en un intento desesperado de protegerse. Llovían los golpes, las patadas, los puñetazos. Ella terminaba tan magullada que se quedaba varios días sin asomarse a la calle por los moratones que la desfiguraban. Alguna vez le llegaron a preguntar qué le había pasado, pues las huellas eran obstinadas y tardaban mucho tiempo en borrarse. Francisca mascullaba entonces alguna explicación que no convencía a nadie; eso, ella lo sabía.
Todo empezó con los robos. Así fue cómo Francisca sospechó que Fernando, todavía un crío, no iba por buen camino. Primero fueron unas cuantas monedas que desparecieron de su bolso. Repasaba la cuenta de la tienda. ¿Se habrían equivocado al devolverle el cambio? Se negaba a aceptar la evidencia de que el ladrón estaba en casa. Fernando era tan buen niño… Era su razón de vivir desde que se quedó viuda. Poco a poco las cosas se fueron torciendo. Un día la llamaron de la tienda de discos de la esquina. Su hijo había sustraído varios cedés escondiéndolos en una bufanda atada a la cintura. Ella tenía que abonar el importe si quería que no pusieran una denuncia. Y Francisca pagó. Otro día la queja llegó desde unos Grandes Almacenes del centro. Ya eran palabras mayores: varias llaves USB y dos discos duros. Él había conseguido arrancar las alarmas para que no le delatara el detector a la salida pero una cámara lo había filmado todo. Avergonzada, tuvo que ir a rescatar a su hijo a la comisaría.
Desde entonces, los vecinos se volvieron esquivos. Ningún chico del edificio jugaba ya al balón con Fernando. Él se fue a buscar a los amigos al extrarradio.
Y la vergüenza que ella sentía cada vez que se cruzaba con un vecino en la escalera. Bajaba la mirada, aceleraba el paso y se escurría hacia el portal. Había días en que hasta se sentía monstruosa por haber parido a un hijo así. Algo habría hecho ella para merecer este castigo.
Si por lo menos estuviera Pedro… Él seguro que habría sabido cómo encarrilar al hijo. Pero se había ido tan joven, destrozado por la silicosis que le abrasó los pulmones.
Después de las crisis, siempre llegaba el llanto. Y el remordimiento. “Solo te tengo a ti en el mundo” sollozaba Fernando, de rodillas en el suelo, agarrándose a sus pantorrillas. “Me quieres como nadie me ha querido. Y yo a ti, mamá. ” La miraba desde abajo, implorando como un niño pequeño un perdón que siempre llegaba. Mañana sería distinto. Se lo prometía. Y esta vez, de verdad. Francisca siempre caía en la trampa.
Sin embargo a las pocas horas, él volvía a las andadas. En cuanto asomaba el mono, empezaba a ponerse nervioso. Caminaba sin parar por las distintas habitaciones, movido por una desazón que anunciaba la tormenta. Ella entonces se ponía a planchar en la cocina, intentando que el cuidado que ponía en la tarea calmase la aceleración de su pulso. Se aplicaba en marcar el pliegue de un pantalón o en rodear con la punta de la plancha los botones de las camisas para dejarlas perfectas. Suspendía la respiración. De reojo observaba cómo Fernando se aferraba a la mesa para controlar los temblores que sacudían todo su cuerpo. Veía cómo bajaba la cabeza, apretando los dientes hasta desencajarse la mandíbula. Y llegaba el estallido, brutal, atronador. Francisca, encogida, se desmoronaba.
Ahora él estaba allí, hecho un ovillo. Había dejado de temblar. Lo vio tan tranquilo, como descansando. Sintió un enorme alivio.
Por fin liberados, pensó. Y suspiró.
Pero de pronto lo vio frágil y menudo, tan desvalido, con las dos manos tendidas en busca de ayuda como un niño. Su niño.
Francisca se levantó, caminó con paso cansino hacia el salón, cogió el teléfono y marcó el número del Samur.
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