lunes, 9 de mayo de 2022

6C.-Relato Juego. MªCarmen Gamero

 

Relato- Juego


 Trallazo

Jesús nació trece meses antes que su hermana Carmen. Desde ese instante que su puesto de rey de la casa terminaba. Cosas de niños que continuaron hasta bien avanzada la adolescencia. Eso sí, jugaban en casa juntos al balón, en el patio trasero para evitar romper algún macetero.

En ratos libres, el balón de goma era su compañero. El chico ponía las reglas: El que esté de portero, si para es el que tira. Si el que tira falla, vuelve a tirar. A la pequeña no le quedaba más remedio que seguir las indicaciones de él.

La niña empezaba a ser la portera, bastaba con parar un tiro para cambiar de lugar. Ese día volvieron a la cochera, donde la puerta de madera con vigas longitudinales servía de portería.

   ¡Ponte de portera de una vez— dijo Jesús

   Vale. Siempre me toca la primera — respondió ella.

   ¡Te voy a tira un trallazo que te voy a empalmar!

   No vale tan fuerte

   ¡Ponte!

   Flojo porfi.

El balón salió a gran velocidad de la zapatilla de deporte del hermano que parecía querer acabar con su contrincante. La bola de goma impactó en la cara de la chica, se flexionó hacia atrás y chocó con la parte posterior de la cabeza contra la viga de madera.

Era tal la admiración que sentía por su hermano que esos golpes apenas le dolían y solo quería poder parar algún tiro. La inexperiencia de ella con el futbol permitía que, salvo en alguna ocasión saliera de su cautiverio.

   ¡Te toca otra vez!

   Tira más suave, me he dado en la cabeza

   Ah, no. Para ser portera debes aprender a coger todos

   Pero, yo no quiero ser portera

   Pues para alguno

   Es que tiras muy fuerte.

   ¿A que no eres capaz de pararme ninguno?

   ¡Ponte!

   ¡Qué rollo!

   Pégate más atrás

   Que no. Que me das por la cara y me doy con la puerta por detrás

   Así no puedes defender una portería. Adelantada te la cuelan

Parar o recibir un gol era lo de menos. La prioridad se convirtió en evitar un doble porrazo robando, con disimulo, algún paso hacia adelante. Pero el hermano permanecía al acecho, cual gato montés que va a saltar sobre su presa.

   Preparada para el nuevo trallazo

   Eres un bruto

   Soy el rey de los trallazos y tu una mema

   Duele, ¿sabes?

   ¡Ay!

   Mimosa, eres una mimosa

   Ya prenderé

   Con lo torpe que eres, seguro

   ¡Ponte!

   Un par de veces más y ya.

   Las veces que yo diga

El dolor recibido la hizo pensar en que, si tal vez, se concentraba podía parar el próximo tiro. El hermano confiado en que iría a ganar siempre, esta vez, se equivocó.

   Para este trallazo si puedes

   Flojo

   No. Me gustan los trallazos, venga que te voy a empalmar otra vez.

   ¡Bien, bien, bien!

   Bueno, por una vez que lo paras

   Una vez hoy, los próximos días, seguro que más.

   Vámonos

   No. Ahora me toca tirar a mí

   Si tiras fatal

   Da igual, me toca y me toca

   Venga tira

La chica estaba eufórica por primera vez. La pelota de goma dejó de ser su enemiga por un instante. Debía aprovechar la ocasión y al menos, tirar derecho. Se conformaba solo con rozarlo, al menos, quedarse un tiro más en aquella posición.

Cogió carrerilla, se dirigió hacia la pelota y, aunque el tiro salió algo lateral, consiguió entrar en la puerta.

            —Potra, ha sido potra

            —¿Porqué? Te la he colado y ya está

—Tira otra vez, anda

            —Claro, tenemos que desempatar

—Te gano 3 a 1

            —¡Viva! Un gol, te he metido un gol

Vuelve a recular para coger fuerzas, tira como si dependiera la vida de ello y le da por la cara al hermano. Rebota su cabeza contra el trasversal de madera y responde.

            —Menuda potra estás teniendo hoy

            —Anda. Te he tirado un trallazo y te he empalmado

            —Porque me he descuidado

            —Como me descuido yo otras veces

            —Tú eres tonta

            —Vale. Ya vamos 3 a 2. ¿Empatamos?

            —He ganado yo. Nos está llamando mamá

Carmen sentía una felicidad inmensa. El logro de los dos goles le aumentó la confianza. Los juegos posteriores los solía ganar él, salvo algunos en los que no entendía la sonrisa de la chica, porque, al fin y al cabo, perdía.

Iban pasando los años, y cuando algún desacuerdo surgía entre ellos, la misma palabra surgía de los labios de Jesús: —¡tonta! —

 Ella con una sonrisa en los labios le respondía: — De los miles de trallazos que me has dado. Los que me empalmabas contra la puerta de la cochera, por eso me he quedado tonta —

Le irritaba la respuesta de su hermana, más aún cuando lo decía delante de otras personas, principalmente de su mujer que desconocía los juegos infantiles que acabaron el día que a Jesús se le ocurrió comprar un balón de cuero, de los de verdad.


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