Relato- Juego
Jesús nació trece meses antes que su hermana Carmen. Desde
ese instante que su puesto de rey de la casa terminaba. Cosas de niños que
continuaron hasta bien avanzada la adolescencia. Eso sí, jugaban en casa juntos
al balón, en el patio trasero para evitar romper algún macetero.
En ratos libres, el balón de goma era su compañero. El
chico ponía las reglas: El que esté de portero, si para es el que tira. Si el
que tira falla, vuelve a tirar. A la pequeña no le quedaba más remedio que seguir
las indicaciones de él.
La niña empezaba a ser la portera, bastaba con parar un
tiro para cambiar de lugar. Ese día volvieron a la cochera, donde la puerta de
madera con vigas longitudinales servía de portería.
— ¡Ponte
de portera de una vez— dijo Jesús
— Vale.
Siempre me toca la primera — respondió ella.
— ¡Te
voy a tira un trallazo que te voy a empalmar!
— No
vale tan fuerte
— ¡Ponte!
— Flojo
porfi.
El balón salió a gran velocidad de la zapatilla de deporte
del hermano que parecía querer acabar con su contrincante. La bola de goma
impactó en la cara de la chica, se flexionó hacia atrás y chocó con la parte
posterior de la cabeza contra la viga de madera.
Era tal la admiración que sentía por su hermano que esos
golpes apenas le dolían y solo quería poder parar algún tiro. La inexperiencia
de ella con el futbol permitía que, salvo en alguna ocasión saliera de su cautiverio.
— ¡Te
toca otra vez!
— Tira
más suave, me he dado en la cabeza
— Ah, no. Para ser portera debes aprender a coger todos
— Pero,
yo no quiero ser portera
— Pues
para alguno
— Es que
tiras muy fuerte.
— ¿A que
no eres capaz de pararme ninguno?
— ¡Ponte!
— ¡Qué
rollo!
— Pégate
más atrás
— Que no. Que me das por la cara y me doy con la
puerta por detrás
— Así no
puedes defender una portería. Adelantada te la cuelan
Parar o recibir un gol era lo de menos. La prioridad se
convirtió en evitar un doble porrazo robando, con disimulo, algún paso hacia
adelante. Pero el hermano permanecía al acecho, cual gato montés que va a
saltar sobre su presa.
— Preparada
para el nuevo trallazo
— Eres
un bruto
— Soy el
rey de los trallazos y tu una mema
— Duele,
¿sabes?
— ¡Ay!
— Mimosa,
eres una mimosa
— Ya
prenderé
— Con lo
torpe que eres, seguro
— ¡Ponte!
— Un par
de veces más y ya.
— Las veces
que yo diga
El dolor recibido la hizo pensar en que, si tal vez, se
concentraba podía parar el próximo tiro. El hermano confiado en que iría a
ganar siempre, esta vez, se equivocó.
— Para
este trallazo si puedes
— Flojo
— No. Me
gustan los trallazos, venga que te voy a empalmar otra vez.
— ¡Bien,
bien, bien!
— Bueno,
por una vez que lo paras
— Una
vez hoy, los próximos días, seguro que más.
— Vámonos
— No.
Ahora me toca tirar a mí
— Si tiras
fatal
— Da
igual, me toca y me toca
— Venga
tira
La chica estaba eufórica por primera vez. La pelota de goma
dejó de ser su enemiga por un instante. Debía aprovechar la ocasión y al menos,
tirar derecho. Se conformaba solo con rozarlo, al menos, quedarse un tiro más
en aquella posición.
Cogió carrerilla, se dirigió hacia la pelota y, aunque el
tiro salió algo lateral, consiguió entrar en la puerta.
—Potra, ha
sido potra
—¿Porqué?
Te la he colado y ya está
—Tira otra vez, anda
—Claro,
tenemos que desempatar
—Te gano 3 a 1
—¡Viva! Un
gol, te he metido un gol
Vuelve a recular para coger fuerzas, tira como si
dependiera la vida de ello y le da por la cara al hermano. Rebota su cabeza
contra el trasversal de madera y responde.
—Menuda
potra estás teniendo hoy
—Anda. Te
he tirado un trallazo y te he empalmado
—Porque me
he descuidado
—Como me
descuido yo otras veces
—Tú eres
tonta
—Vale. Ya
vamos 3 a 2. ¿Empatamos?
—He ganado
yo. Nos está llamando mamá
Carmen sentía una felicidad inmensa. El logro de los dos
goles le aumentó la confianza. Los juegos posteriores los solía ganar él, salvo
algunos en los que no entendía la sonrisa de la chica, porque, al fin y al
cabo, perdía.
Iban pasando los años, y cuando algún desacuerdo surgía
entre ellos, la misma palabra surgía de los labios de Jesús: —¡tonta! —
Ella con una sonrisa
en los labios le respondía: — De los miles de trallazos que me has dado. Los
que me empalmabas contra la puerta de la cochera, por eso me he quedado tonta —
Le irritaba la respuesta de su hermana, más aún cuando lo
decía delante de otras personas, principalmente de su mujer que desconocía los
juegos infantiles que acabaron el día que a Jesús se le ocurrió comprar un
balón de cuero, de los de verdad.
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