Técnica de barra de bar
Aquello no podía salir bien. Eran un par de niñatos que habían visto muchas películas, pero de las malas, o de las españolas en las que los ladrones siempre fracasan. En la sucursal de un banco de barrio, dentro dos abuelos regateando las comisiones a dos empleados sin más salero que un plato de churros fríos. Eran muy jovencitos, unos chavales, de la edad de mi chico. Se habían puesto una media en la cabeza y las pistolas que llevaban lo mismo eran de juguete, pero cualquiera se arriesgaba. Estaban tan nerviosos que me acordé del chiste de los cazadores y me reí.
Yo estaba desayunando en el bar de enfrente, esperando a que abrieran la peluquería. La dueña es una clienta de hace muchos años, una buena clienta que no escatima en comprar los mejores productos, sobre todo el champú y las ampollas recuperadoras. No tenía dinero suelto para pagar la consumición y le dije al camarero que me acercaba un momento al cajero. Estaba fuera de servicio. Supuse que, como era muy temprano, aún no lo habían puesto en funcionamiento o lo estarían recargando. Al entrar, se me adelantaron dos muchachos, me cedieron el paso y se pusieron en la fila de la caja, detrás de mí. La cajera estaba atendiendo a dos señores mayores, dos pensionistas que pedían que les devolvieran las comisiones de mantenimiento de la cuenta. Otro empleado entraba y salía de una habitación que bien podría ser la de la caja fuerte. No debieron pasar dos minutos, cuando uno de los muchachos gritó: «¡Todos al suelo! ¡Esto es un atraco!» Los ladrones ya se habían puesto la media en la cabeza, estaban ridículos, como nosotros, en fila ante la cajera y con los brazos arriba. Es que, a esas horas de la mañana, da un poco de pereza tirarse al suelo, supongo que es más cómodo levantar los brazos. Los chicos sacaron las pistolas, y, con ellas en las manos, nos agruparon en un rincón.
—¡Vamos!, uno a uno vais echando los móviles en esta bolsa, calladitos y sin hacer tonterías—, dijo el más alto, el que tenía la voz más ronca, porque el otro chaval, aunque hablaba poco, no había cambiado aún la voz, carraspeaba continuamente, supongo que serían los nervios. ¡Lo que os digo, típico guion de cine! Pero uno de los abuelos, con su gorra y el botón del cuello de la camisa abrochado, más chulo que un ocho, dijo que no. ¡Que él no le daba su móvil a nadie! ¡Que ni siquiera se lo dejaba a su mujer, su Paqui, que la conocía desde hacía cincuenta años, no se lo iba a dar al primero que se lo pedía! Y se lio.
—¡Pero, hombre! ¡Que luego se lo vamos a devolver! —dijo el ladrón más joven, el de la voz sin madurar.
—¡Pues por eso mismo! ¡Yo me lo quedo en el bolsillo, y eso que nos ahorramos!
Al anciano no le temblaba la voz, ni se le movía una pestaña, estaba sereno y muy calmado. ¡Pensé que podía hacerse el valiente y cagarla, porque yo hubiera querido ser invisible!
—¡Venga, abuelo! —intervino el alto—¡Obedece, no te hagas el listillo y no tendremos problemas!
—¡Hijo! Yo no tengo ningún problema. He venido a echar una mano a mi amigo, que le están cobrando unas comisiones indebidas, y quería yo aclarar este tema con los del banco. Pero, yo, problemas no tengo; más bien, los tienes tú.
—¡Joder, abuelo! ¡No tengo tiempo de gilipolleces! ¡Echa el móvil al saco y listo!
El alto le puso el cañón de la pistola en el pecho, en el mismo corazón. La pistola, mirándola bien, no parecía de verdad. ¡Pero yo nunca he visto una, y por si acaso… ¡Me puse a rezar por lo bajini, sí, a rezar! ¡Lo que nunca en mi vida! Rezaba por el abuelo, no por mí, que yo, miedo, ninguno. ¡Ya ves! ¡Eran unos críos!
—¡Agustín, dales el móvil, hombre! —dijo el otro anciano, empujando con el codo a su amigo—. ¡Tengamos la fiesta en paz! ¡Que siempre eres el mismo! ¡Coño!
—¡Eso, Agustín, tengamos la fiesta en paz! —replicó el alto.
El resto de los rehenes asentimos, sin decir palabra, y ya con los brazos a medio camino de su conveniente altura. ¡Hasta me rasqué la oreja! Creo que me picaba de los nervios. Estábamos cansados, deseando que se acabara aquello. Porque yo, miedo no tenía; no parecía que quisieran hacernos daño, pero el abuelo se estaba poniendo tan pesado…. Iba a decirle: «¡Dele el puñetero teléfono, joder!», pero entonces intervino el jovencito.
—¡Voy a ir recogiendo el dinero, que ya nos estamos entreteniendo mucho! —dijo el ladrón joven, como queriendo que el alto le diera el visto bueno.
—¡Tu compinche sabe lo que hace! —medió el abuelo. —No os entretengáis conmigo, que no merece la pena.
—¡Agustín, me estás dando problemas! —aseguró el alto, moviendo la pistola de un lado a otro. —¡Y a mí no me gustan los problemas!
—¡Pues para no gustarte los problemas, te has metido en uno bien gordo! —contestó Agustín. ¡Ya os digo, el abuelo iba lanzado!
Y así continuo la cosa unos minutos más. Empecé a temer que el alto se hartara del viejo y, por su culpa…. Hasta que el ladrón joven recogió el dinero de la caja y acercó la bolsa al otro.
—No llega a diez mil euros. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos?
—¡No! ¡Tráeme al gordito! —ordenó el alto.
El gordito era el otro empleado del banco. Llevaba las manos asidas detrás de la nuca y le temblaban el labio y la barbilla.
—¡A ver, tú! ¡Abre la caja fuerte! ¡Ya!
—Tiene retardo— afirmó con la voz aflautada. El nudo de la corbata le estaba estrangulando. ¡El tío, más morado que la remolacha!
Total, que el gordito fue a abrir la caja fuerte, acompañado del joven. Y a su regreso le hicieron vaciar el cajero automático. ¡Como sudaba el gordito!
—¡Vamos, deprisa! ¡Ya deberíamos estar en Cuenca! —azuzaba el ladronzuelo.
Creo que jovencito era el cabeza pensante de la operación, al menos el más listo y sensato. El alto seguía dale que dale con el teléfono del abuelo. Se notaba que no querían hacernos daño. ¡Porque el abuelo era cabezón, cabezón!
En esas estaban cuando golpearon en la puerta. Ahí me cagué. Creí que sería la policía, creí que la cosa podría ponerse fea de verdad. Todos callamos, inmóviles.
—¡Abre, Gloria abre! ¡Gloria! ¡Estoy buscando a Agustín! —Era la voz de una mujer. —¿Gloria? ¡Gloria!
—¿Quién es Gloria? —preguntó el alto.
La empleada dio un paso adelante. —Soy yo —dijo tímidamente.
—¿Y quién es la que te busca?
—¡Mi Paqui! —contestó Agustín.
—Sí, es su señora —confirmó la empleada.
—¿Y a qué viene? ¿A buscar al viejo? —dijo el alto. —¡Joder, Agustín! ¡Vaya marcaje que te tiene la vieja!
—¡No la llames vieja! ¡Puedes ser ladrón, pero no maleducado!
—Sí, perdona, abuelo. Llevas razón. ¡Pero vaya tela con la Paqui! Te comprendo y lo siento. ¡Aunque que sois tal para cual! —dijo el alto soltando una risotada.
—¡Ya está todo! —dijo el joven—. El cajero vacío y la caja fuerte también. Unos noventa mil, o algo más. —Y ordenó la retirada—. ¡Nos vamos! ¡Nos vamos ya!
—¡Bien, señores, ahora esperan cinco minutos, sentaditos y calladitos! —nos dijo el alto. —¡Lo han hecho muy bien!
Nada más abrir la puerta, el joven y el alto, levantaron los brazos y colocaron las manos en la nuca. Las dos bolsas cayeron al suelo como dos piedras. Ayer abrí el buzón y encontré la notificación del juzgado. El día 20 de julio tengo que ir a testificar.
—¿Y qué hay del chiste de los cazadores? —preguntó uno con la cerveza en la mano.
—Ese lo dejo para otro día. ¡Me voy a casa, que me está esperando mi Paqui!
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