Técnica de la barra del bar
Siempre que iba al bar de Antonio Lunares había un hombre sentado en la barra. Siempre se colocaba en el mismo sitio. Pensé que iría muy temprano para poder cogerlo porque era raro que siempre estuviera en el mismo lugar de la barra, al comienzo, sentado en un banco, con un pie en el suelo y el otro apoyado en el reposapiés. Para verlo ya tenías que estar dentro porque la barra hacía una especie de rincón en el que se protegía. Siempre llevaba chaqueta. Algo extraño había en él, aunque su cara no era antipática. Yo lo miraba de reojo para encontrar cualquier excusa con la que hablarle, pero él no se mostraba asequible.
Un día le pregunté a Lunares que qué sabía de él. Lunares se limitó a mirarme. De sobra sabía yo que Antonio era lo más discreto del mundo. Nunca contaba nada de nadie. Él servía copas y cantaba mientras limpiaba la barra y fregaba los vasos. Antonio Lunares podía ser un amigo de verdad y nunca preguntaba nada que tú no quisieras contarle.
Desfile de modelos
El patio de aquella casa era un baño de color y nada era porque sí. Los geranios tricolores estaban por todo el patio. Cada dos macetas había un geranio. Cada uno en una maceta del mismo color de su flor. Servían para ahuyentar insectos. La costilla de Adán medía más de dos metros de altura. Estaba sembrada en un macetón de cerámica granadina. El ejemplar era único y su misión era atraer buenas energías para la casa. Los potos colgaban por las pardes enredándose unos con otros. Simbolizaban la energía limpia. La orquídeas, cada una de ellas en un recipiente de cristal transparente, se hallaban en una mesa donde no daba el sol. Simbolizaban la limpieza del alma, según la dueña de la casa. Junto a las orquídeas, en jarrones de cristal azul, se agrupaban palos de bambú. Eran buenos conductores de energía. Tenían que estar siempre verdes y con las raíces blancas par poder cumplir con su función. En un rincón había una hamaca y a su lado una cesta con guantes, tijeras y un pulverizador en el ponía en una pegatina “no tocar”. Cuando lo leí por primera vez, no le di importancia pero con el tiempo sospeché que aquel recipiente contenía una pócima secreta que hacía que aquellas plantas lucieran siempre hermosas.
Cine
Llovía. El cielo estaba lleno de nubes. No había esperanza de que dejara de llover. Cogí mi gabardina y mi paraguas y me dispuse a pasear por la ciudad. Nunca disfrutaba de aquella ciudad los días de lluvia y necesitaba un libro nuevo.
En la calle miles de coches con las luces encendidas repartían agua por las aceras. Llegué a una librería en cuya puerta colgaba un cartel que decía “A no ser que mi novio venga en un coche de caballos con un anillo y me pida matrimonio, vuelvo en cinco minutos”. Miré hacia el interior y alcancé a ver hasta el final de la tienda donde, delante de la estantería con libros, había un sofá y una mesa donde dos personas estaban colocando guirnaldas de flores. Entré y sonaron miles de campanas que me supieron a aplausos. En el mostrador de la entrada no había nadie, pero de detrás salió un duende verde que llevaba un libro bajo el brazo. Se acercó a mí y me lo ofreció dándome la mano y hablando en un extraño lenguaje que no reconocía.
Canción de verano
Nadie sabía de dónde era aquel chico. Una noche de noviembre llegó al internado sin que lo viera nadie salvo el padre Francis que lo acompañaba. Nadie sabía quiénes eran sus padres. Nadie sabía por qué estaba en aquel preciso lugar. Por la mañana el padre Francis nos lo presentó como nuevo compañero. Pude ver que había algo en la forma de mirarlo el padre que me resultaba familiar. Nadie sabía nada de él salvo su nombre. Pero llamarse Pedro López no era nada significativo. Nadie se atrevió a preguntarle nada. Desde el primer día Pedro López fue el número uno en matemáticas, en Lengua, en Dibujo, en Gimnasia, en todo. Nadie sabía por qué, pero nadie necesitaba preguntarle nada. Él era mágico, todos lo admirábamos. Se convirtió en el mejor amigo de todos.
Noticiero
El veintidós de noviembre de 2018 Mario Verdugo, de treinta y seis años, salió de la cárcel con el único objetivo de vengarse del que había sido su mejor amigo, Juan Trufado. Ambos habían llevado una gestoría durante diez años, pero por un engaño de su amigo, él había estado en la cárcel dos años. Juan Trufado había desaparecido del mapa y lo había hecho con la novia de Mario. Le dolía tanto que, en su pecho, a la altura de la punta del esternón, Mario sentía una presencia continua que le recordaba su vulnerabilidad e ingenuidad.
Cuando Mario cruzó la puerta de salida de la cárcel tenía ya un plan trazado para localizar a Juan. La lista de amigos, la de los falsos amigos, la de conocidos y también la de su falsa novia. Su idea era encontrarlos y matarlos, sin hablar con ellos y deseaba hacerlo con sus propias manos.
Los nombres de tus personajes dicen mucho, son geniales: Antonio Lunares, Juan Trufado, Mario Verdugo
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