martes, 19 de abril de 2022

EJERCICIO 3B Andrea Sanz

    CADA LOCO CON SU TEMA


Una habitación doble en la Clínica de Reposo Virgen de los Remedios. En escena se ven tres espacios, la zona de dormir con dos camas de 90cm cada una y una mesilla de noche a lado de cada cama. Entre las dos, una pequeña mesa de velador con una lámpara.  Separado por un tabique bajo está el cuarto de estar con una mesa camilla y dos sillones de orejas. En una de las paredes se abre una puerta de cristal a la terraza que da al jardín de la clínica.

Sentada en uno de los sillones de orejas está Tatín, una mujer de 80 años, que tararea bajito una canción, sin quitar la vista de encima a su nueva compañera.

La auxiliar ha deshecho la maleta de Dorotea, la nueva residente, también octogenaria, le ha enseñado cuales son sus armarios y su cama y dónde debe pulsar cada botón según lo que necesite. El hijo de Dorotea permanece junto a la puerta de entrada y cuando su madre se acerca para darle un beso de despedida, vuelve la cara y se aleja.

Cuando se quedan solas, le dijo Tatín, de improviso, a su nueva compañera:


—De donde yo vengo usamos zorros como perros guardianes y búhos como gallinas, pero sabemos cantar  


   —De donde vengo yo, los perros son perros y los búhos jamás se comportarían como una vulgar gallina, pero sabemos mentir —respondió Dorotea sin amilanarse.


    —Pues mira, sería un buen experimento —volvió a la carga Tatín—, yo puedo dirigirme a ti cantando siempre y tú me dices sólo mentiras, ¿qué te parece? 


   —Si lo que quieres es confirmar lo que todos piensan de nosotras, es decir, que estamos medio dementes, me parece fenomenal, lo importante es mantener una buena relación entre nosotras para conservar nuestra cordura.


   —Bueno…, es que yo creo que muy cuerda, no estoy —dijo Tatín, mientras cruzaba una y otra vez sobre su pecho los extremos de una toquilla.


   —Nadie está totalmente cuerdo —respondió Dorotea mirando a su compañera con una sonrisa—. Si quieres, ahora, salimos un ratito a la terraza, nos presentamos, intentamos conocernos y hacernos amigas para que el tiempo que pasemos aquí, sea lo más llevadero posible.


Sentadas en la terraza comenzaron a relatar, cada una, su historia


   —Yo tuve mi primera depresión cuando mi única nieta se independizó. No podía soportar su ausencia, me sentía siempre sola. En un par de ocasiones traté de quitarme de en medio tomando pastillas, pero, como veo fatal y no entiendo bien lo que pone, la primera vez me tomé dos cajas de anticonceptivos de mi nuera y la segunda un tarro enorme de vitaminas. Lo único que conseguí fue que mi nuera no dejara de repetir a mi hijo que no podía soportar la vida junto a una persona tan triste, que si seguía así, era ella la que se iba a deprimir.

Intenté fingir alegría y empecé a cantar. Poco a poco le fui cogiendo el gustillo, me sentía acompañada por mi voz y acabé cantando a todas horas del día y de la noche. 

Hasta que mi hijo tampoco lo pudo aguantar y acabó ingresándome en este sanatorio hasta que me recuperase. Pero llevo aquí dos años y eso que ya no canto, casi.

 

   —Bueno, ¡eso de que ya no cantas…!


   —He dicho casi. Y tú, Dorotea, ¿por qué estás aquí?


   —Pues mira, cuando murió mi marido, que me adoraba, mi hijo me suplicó que fuera a vivir a su casa. ¡Insistió tanto…! Lo mismo que mi nuera, que es adorable y me quiere como si fuera su madre. Total, que a pesar de tener que alejarme de todas mis amigas, que me adoraban, con las que todas las tardes me reunía para merendar, me fui a vivir con ellos. Ahora iban a tener un niño y para que no me molestara con sus llantos, me han traído aquí una temporada. Hasta que puedan mudarse a una casa más grande y yo pueda tener más independencia.


   —Bueno Dorotea, se nos ha echado encima la hora de la cena. Vamos al comedor.


Y salieron de la habíación. Disminuyeron las luces de la estancia y volvieron a aparecer por la puerta. Tatín entraba tarareando:


         ”vamos a la cama 

          que hay que descansar,

          para  que mañana

          podamos madrugar”


   —Dorotea, ¿qué te parece si te cojo de la mano y te canto una nana hasta que te duermas?


   —Me parece muy bien. Gracias Tatín


Retiraron el velador que estaba entre las dos camas y las acercaron, se cogieron de la mano y Tatín tarareo dulcemente una nana hasta que ambas quedaron plácidamente dormidas.







No hay comentarios:

Publicar un comentario