“TENER ANTENAS”
Aurelia vivía sola en un piso del Madrid viejo. El portal era angosto y oscuro con unos buzones desangelados como único adorno. No había espacio para colocar un ascensor y tenía que subir a la cuarta planta por unas escaleras de madera desgastada que gemían a cada paso. Ella era delgadita, de piernas tobilleras y muy ágil, por lo que la subida no le resultaba muy ardua. Circulaba muy a menudo por la escalera a la búsqueda de arañas y cucarachas que le gustaba coleccionar en cajas transparentes. Muy habladora, los vecinos la rehuían con frecuencia.
Don Cosme, que residía en su mismo rellano, ya muy mayor, harto de estar encerrado a causa de su artrosis de cadera, decidió vivir en una residencia y alquilar su piso. Era un vecino aburrido que no tenía conversación. Su casa era silenciosa.
Cuando Aurelia vio ascender penosamente a una pareja joven cargada de bártulos, se llenó de expectación. Les saludó cariñosamente y se ofreció para cualquier cosa que precisasen.
El siguiente fin de semana, cuando vinieron a visitarla su hija y su nieto de dos años, estaba radiante y les explicó con toda clase de detalles como eran sus nuevos vecinos.
El piso de enfrente cobró vida. Todos los días se oían murmullos y trasiego de personas por las escaleras.
Aurelia necesitaba saber más. Su salón lindaba con el del vecino y un día cogió un vaso de cristal fino y lo aplicó a la pared como había visto en las películas. El sonido le llegaba más nítido pero no acababa de descifrar el significado.
De repente se acordó de que no se había deshecho del fonendo de su marido fallecido unos años antes; presurosa lo aplicó a la pared. Las conversaciones se escuchaban así con mayor nitidez y Aurelia, como un ectoplasma, comenzó a habitar el salón de los vecinos.
La mujer, Diana, le cayó bien enseguida. Comprendió que era una buena ama de casa, que le gustaba guisar, pasaba la aspiradora cantando las canciones del momento y parecía feliz. Era enfermera con turno de noche y salía hacia las siete todas las tardes a cumplir con su trabajo. Le contaba a su madre por teléfono, antes de irse, los pormenores del día y únicamente le molestaba no ver más a su marido.
El marido, Andrés, era diferente. Aurelia, jubilada de una consulta donde había tratado con muchos pacientes lo que le había proporcionado un instinto especial para conocer a las personas, no sabía muy bien por qué motivo no le gustaba. Era ingeniero industrial y llegaba a casa hacia las cinco, dos horas antes de la salida de su mujer. Era cariñoso con ella pero le parecía algo distante.
Aurelia necesitaba imperiosamente poder acceder al resto de habitaciones para calibrar debidamente esta relación. Estaba desesperada y semana tras semana no paraba de hablar de ello con su hija. Esta empezaba a pensar que su madre perdía la cabeza.
Una mañana, al peinarse, Aurelia descubrió dos pequeños bultos en la cabeza que le picaban con insistencia. Día tras día las dos protuberancias rosadas iban creciendo y descubrió que, si las acercaba a la pared, le resultaba mucho más fácil seguir las conversaciones y que incluso conseguía oír lo que pasaba en las dos habitaciones adyacentes. Nada muy importante. Se trataba del pasillo y de la cocina y saber lo que comían por las explicaciones que le llegaban del robot de Diana, no calmaba sus ansias de conocimiento.
Pero las protuberancias se fueron haciendo más y más largas. Se las enrollaba alrededor de la cabeza y nunca se quitaba el sombrero. Ni siquiera a su hija le comentó el curioso fenómeno. Esta empezaba a acostumbrarse a las excentricidades de su madre.
Las mirillas de los pisos eran amplias, un circulo de un palmo cubierto por una filigrana dorada. Los vecinos no se molestaban nunca en cerrar la abertura convenientemente. Una tarde, en cuanto el gemido de las escaleras le hizo saber que Andrés acababa de llegar, calculando que tenía dos horas hasta la salida de Diana, se acercó a la mirilla e introdujo sus largas y flexibles antenas que crecían y crecían acercándose al otro gemido que se apreciaba a lo lejos.
Y descubrió todas las intimidades de la pareja hasta en los más mínimos detalles. Su simpatía por Diana fue en aumento mientras disminuía la que sentía por Andrés al que tachó de frio, calculador y hasta un poco maltratador, si no de hechos sí de palabras.
Pasados unos meses Aurelia sorprendió pasos en la escalera a una hora fuera de lo común. Se asomó con cuidado por la mirilla y vio entrar a una rubia despampanante que fue recibida por Andrés muy efusivamente. La alarma saltó inmediatamente en su mente y, con sigilo, introdujo sus antenas en la filigrana de la puerta del vecino. Andrés tenía, al parecer, una amante que pasaba varias horas con él. Aurelia estaba escandalizada y sentía que su intuición no le había fallado.
Varios días a la semana la rubia hacía su aparición. La ira iba creciendo en la mente de Aurelia al mismo tiempo que sus antenas. Pensó en cómo cambiar esta situación sin hacer saber a sus vecinos que eran estrechamente vigilados.
Un lunes descubrió que su nieto había dejado abandonados sus coches de juguete en la mesa de la cocina. Esperó con paciencia el día y el momento oportuno en que la rubia hiciera su aparición y, con cuidado, colocó los cochecitos en fila india en el segundo escalón de uno de los tramos empinados de la escalera.
El batacazo de la rubia fue monumental. Aurelia se precipitó entonces a retirar el arma del delito que escondió en su delantal al tiempo que gritaba pidiendo auxilio. Andrés salió despavorido de su piso en paños menores. El resto de los vecinos aparecieron en la escalera. Llamaron al Samur. La rubia sufría varias roturas óseas y fue ingresada en el hospital.
La noticia, por supuesto, llegó a oídos de Diana y pidió explicaciones a su marido. Este, muy en su papel, se consideró gravemente ofendido por las sospechas de su mujer y tuvieron una discusión acalorada que terminó con su expulsión del domicilio.
Aurelia no cabía en si de gozo. A partir de ese día se convirtió en amiga de su vecina y en su apoyo incondicional. Sus antenas se fueron marchitando hasta desaparecer por completo. Ya no le eran necesarias. Ya no estaba sola.
He visto tu cara traviesa en Aurelia colocando el cochecito. Me ha encantado, vaya imaginación
ResponderEliminarA mí también me ha gustado mucho. Muy buena metáfora de la soledad, llevada, como indicaba José Manuel, a sus ultimas consecuencias.
ResponderEliminarQué bueno!parece eso de; "la función hace el órgano"👏
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