EXPLOTA, EXPLOTAME, EXPLO
Hay que pensar antes de hablar. Discutir
con un calentón no es una buena opción. Es mejor callarse que equivocarse. La
mejor virtud de una mujer es la prudencia.
Las
frases de su madre fueron la música de fondo durante toda su infancia hasta que
se atornillaron a su cerebro. Por eso Ana se tragó las palabras cuando en el
examen de acceso a la Universidad la acusaron de copiar y tuvo que repetirlo en
septiembre, en realidad la chuleta era de Loli, su mejor amiga. Se tragó las
palabras cada vez que la barriga de su jefe D. José Luis se rozaba con ella en
su despacho o por los pasillos de la empresa. Se tragó las palabras en las ocasiones
que Carlos, su marido se enrollaba con la vecina del tercero, Concha, la modelo
de catálogo.
Ý de tanto tragarse Ana fue
inflándose poco a poco. Primero se le hincharon los tobillos; después el reloj,
regalo por sus veinticinco años en la compañía, se le quedó enterrado en la
muñeca; los collares de perlas ya no alcanzaron a rodear su cuello y más tarde su
cintura desapareció en una enorme barriga tensa como la piel de un tambor.
Una
tarde se escuchó una gran explosión en el piso de Ana. Los cristales saltaron
en mil pedazos. En el salón se quedó una gran mancha de líquido oscuro y maloliente
sobre la que flotaban numerosos improperios mohosos y caducados, cabrón, abusador y puta eran los que más
se repetían. Las paredes aparecían sucias y ametralladas de múltiples y pequeños
cachitos que se habían incrustado en ellas. Cuando te acercabas podías apreciar
que chorreaban un líquido verde del que caían cientos de frases amenazantes: te arrastro por la escalera rezumaba
hasta el zócalo, voy a rajarte quedó como una
baba colgando del techo, y un te saco los
ojos se había quedado aplastado en una esquina.
Al
final los forenses determinaron que el cuerpo de Ana había explotado, pero no
pudieron determinar la causa exacta. En el informe figuraron, como motivos probables,
que Carlos, su marido le gritara que se estaba poniendo muy gorda, que Concha, la
vecina del tercero, tocara a su timbre para que comprara algún artículo del catálogo
o que su madre la llamara por teléfono.
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