2C.- Cuento
Petra era una mujer viuda entrada en los ochenta, algo ruda
en la manera de actuar que discordaba con su corazón amable. Solía usar un
vestido de hombros amplios y mangas abombadas de terciopelo negro que, en
ocasiones, se enganchaba en la silla de esparto de la cocina, lugar favorito
para pasar el día.
Recién casada, su abuela le regaló una cuchara sopera que perteneció
a su madre. De plata, con cabo de bordes torneados y pala ancha dificultaba la
entrada a la boca, sobre todo a bocas pequeñas, como la de Petra que la sintió
como favorita desde el principio sin importarle llevársela a la boca de manera ladeada,
incluso para comer caldos y sopas.
Su minúscula boca impedía seguir las reglas que le enseñaron
de pequeña. La parte ancha de lado para alimentos sólidos, cremosos o pastosos
y, la estrecha para líquidos. Sin embargo, desconocía la mala leche del
cubierto, motivo por el cual acabó en el cajón inferior de la cómoda antigua.
Deseaba salir de allí hacía muchos años, desde el día en
que Petra, ya viuda, pretendió disfrutar por primera vez, tras la muerte de su
marido, de su postre preferido: leche frita.
En el fogón puso el cazo con el liquido blanco, limón y el resto
de los ingredientes para llevarla a hervir. Metió la cuchara para remover y,
ésta, en un ademán de desprecio escupió a la cara de Petra que tuvo reflejos
para evitar quedar ciega, pero quedó marcada en medio de la nariz.
Tal vez, por la temperatura o por el limón, la parte
posterior del cubierto parecía un espejo que desagradaba a Petra. Aprovechando
sus bordes plateados, decidió arrastrase por todos los lugares como una
serpiente sigilosa acecha a sus presas.
Cuando la dueña conseguía olvidar su desdicha, aparecía delante
para que viera su mal. La causa de tan mala leche era tan incomprensible como
la capacidad de desaparecer. Poco a poco dejó de comer con ella y la dejó en un
cubertero pegado a la pared del fregadero.
Ni una noche pasó allí. A la mañana siguiente regresó a su
maldad tras saltar y atravesar media cocina. Petra la agarró como a un mosquito
que revoloteara alrededor de su cabeza y la metió en el primer cajón de la
cómoda.
Se sabe que consiguió escapara porque el día en el que
Petra desayunaba tranquila la tostada con aceite y ajo, cayó dentro de la taza de
porcelana pintada a mano para manchar el mantel bordado de la mesa de camilla
que le regaló su marido en el primer aniversario de boda.
La ira se apoderó de la amable señora que la alcanzó, intentó
dañarla sin éxito y la puso en el último cajón del mueble, el único que podía
cerrarse con llave.
La malvada cuchara de plata trazó un plan para salir de su
cautiverio. Primero introdujo su mango por la cerradura e intentó bailar con la
intención de hacer girar el pestillo. Sin conseguir darle una vuelta, empezó a
golpear la madera de roble del cajón.
Pasado mucho tiempo encerrada y, viendo que nadie iría a
usar la llave, empezó a gritar para llamar la atención de Petra que, a sus
ochenta años y, tras varios achaques de salud, perdió la audición, una arruga
le tapó la cicatriz de la quemadura, se olvidó de la cuchara y, vivió feliz con
el único recuerdo de su marido.
Después del funeral de la anciana sin descendencia, la casa
se puso a cargo del ayuntamiento mientras se buscaba a algún pariente que se
quedara con ella. Por aquel entonces, un vecino se quedó tuerto tras la agresión
de una cuchara.
Maldita cuchara!!! ajjajjajajaja
ResponderEliminar