jueves, 7 de abril de 2022

2C.- Cuento. MªCarmen Gamero

 

2C.- Cuento

 

Petra era una mujer viuda entrada en los ochenta, algo ruda en la manera de actuar que discordaba con su corazón amable. Solía usar un vestido de hombros amplios y mangas abombadas de terciopelo negro que, en ocasiones, se enganchaba en la silla de esparto de la cocina, lugar favorito para pasar el día.

Recién casada, su abuela le regaló una cuchara sopera que perteneció a su madre. De plata, con cabo de bordes torneados y pala ancha dificultaba la entrada a la boca, sobre todo a bocas pequeñas, como la de Petra que la sintió como favorita desde el principio sin importarle llevársela a la boca de manera ladeada, incluso para comer caldos y sopas.  

Su minúscula boca impedía seguir las reglas que le enseñaron de pequeña. La parte ancha de lado para alimentos sólidos, cremosos o pastosos y, la estrecha para líquidos. Sin embargo, desconocía la mala leche del cubierto, motivo por el cual acabó en el cajón inferior de la cómoda antigua.

Deseaba salir de allí hacía muchos años, desde el día en que Petra, ya viuda, pretendió disfrutar por primera vez, tras la muerte de su marido, de su postre preferido: leche frita.

En el fogón puso el cazo con el liquido blanco, limón y el resto de los ingredientes para llevarla a hervir. Metió la cuchara para remover y, ésta, en un ademán de desprecio escupió a la cara de Petra que tuvo reflejos para evitar quedar ciega, pero quedó marcada en medio de la nariz.

Tal vez, por la temperatura o por el limón, la parte posterior del cubierto parecía un espejo que desagradaba a Petra. Aprovechando sus bordes plateados, decidió arrastrase por todos los lugares como una serpiente sigilosa acecha a sus presas.

Cuando la dueña conseguía olvidar su desdicha, aparecía delante para que viera su mal. La causa de tan mala leche era tan incomprensible como la capacidad de desaparecer. Poco a poco dejó de comer con ella y la dejó en un cubertero pegado a la pared del fregadero.

Ni una noche pasó allí. A la mañana siguiente regresó a su maldad tras saltar y atravesar media cocina. Petra la agarró como a un mosquito que revoloteara alrededor de su cabeza y la metió en el primer cajón de la cómoda.

Se sabe que consiguió escapara porque el día en el que Petra desayunaba tranquila la tostada con aceite y ajo, cayó dentro de la taza de porcelana pintada a mano para manchar el mantel bordado de la mesa de camilla que le regaló su marido en el primer aniversario de boda.

La ira se apoderó de la amable señora que la alcanzó, intentó dañarla sin éxito y la puso en el último cajón del mueble, el único que podía cerrarse con llave.

La malvada cuchara de plata trazó un plan para salir de su cautiverio. Primero introdujo su mango por la cerradura e intentó bailar con la intención de hacer girar el pestillo. Sin conseguir darle una vuelta, empezó a golpear la madera de roble del cajón.

Pasado mucho tiempo encerrada y, viendo que nadie iría a usar la llave, empezó a gritar para llamar la atención de Petra que, a sus ochenta años y, tras varios achaques de salud, perdió la audición, una arruga le tapó la cicatriz de la quemadura, se olvidó de la cuchara y, vivió feliz con el único recuerdo de su marido.

Después del funeral de la anciana sin descendencia, la casa se puso a cargo del ayuntamiento mientras se buscaba a algún pariente que se quedara con ella. Por aquel entonces, un vecino se quedó tuerto tras la agresión de una cuchara.

1 comentario: