lunes, 23 de mayo de 2022

Ejercicio 8B1 Purificación Mallén

 LAS VISITAS


Cada vez que visito a mi madre vengo con una sensación de derrota. Nunca estoy lo suficientemente guapa. Nunca estoy lo suficientemente bien peinada y, a veces, me indica cómo maquillarme porque dice que tengo mala cara. No me deja que la ayude a nada. Si le llevo algún dulce me dice que ella tiene y que su hermana le lleva. Si le llevo ropa, que, si a ella no le hace falta, que tiene de sobra, que tiene lo que no le va a dar tiempo a gastar. Si le llevo flores o macetas, parece que se pone contenta y no para de sonreír. Menos mal, me digo, con algo acierto. Me cuenta que ella no lee, que solo ve la tele, que solo ve los programas que yo critico, que ella no está para películas de miedo o muy largas, que ella está para programas de telebasura y para telenovelas. Cuando me habla de presentadores que no conozco, me da la sensación de que vivo en un mundo paralelo muy distante. Ella me dice que conmigo no se puede hablar, que no conozco a nadie. Me reprocha que no voy a verla, que otras hijas visitan a diario a sus madres y que yo no tengo tiempo para ella. También me reprocha mi divorcio. Me dice que así ella no tiene nietos. Cuando me despido se abraza a mí tan fuerte que a veces tengo que armarme de valor para separarla. Me da pena, tanta pena, que me dura hasta el siguiente domingo que voy a visitarla. 

Cada vez que visito a mi madre me río muchísimo. Me cuenta anécdotas de sus compañeras de las que dice que se les ha ido la cabeza o que están muy olvidadizas. Que si su amiga Charo fue a visitarla, que si el cura dice tonterías en las homilías, que si fulanita se ha puesto muy gorda, que si setanita ha perdido los dientes, que si no le salen las sopas de letras, que si...y no paramos de reírnos. No para de decirme lo guapa que estoy y lo bonito que es todo lo que le llevo. Que no le importa que le lleve bombones porque, aunque no quiere comérselos, después invita a sus amigas y presume de lo buena que es su hija. Siempre me recuerda lo orgulloso que estaba mi padre de mí, de lo que presumía de que había sido la número uno de mi promoción. Entonces lloramos las dos, un poco, solo un poco, es como un pequeño homenaje que le hacemos recordándolo cariñoso y amable y discreto. Después de eso me hace saludar a sus amigas, que no me recuerdan, pero que me preguntan por mi salud y por mis hijos. No tengo hijos, les digo a algunas, a otras les digo que bien, que están bien. Todo eso de la mano de mi madre, las dos unidas, hasta que llega la hora de irme y se aparta con dos besos diciéndome lo mucho que me quiere y que vaya a verla cuando pueda, que no me preocupe por ella. 

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