SOLILOQUIO
Mi madre perdió sus alianzas en la residencia.
Un año antes, abrí la puerta de entrada y ella se levantó de su sillón como todos los días, bien peinada, con sus pendientes de perlas, su falda de franela gris y una blusa azul “¡Hola Mamá! ¿cómo estás hoy?” y me acerqué a una silla para dejar el bolso. Entonces ella dijo “Sí”.
Jugaba sin descanso con sus alianzas. Las dos alianzas de boda la suya y la de mi padre, fallecido hace tiempo, adornaban su mano izquierda, bastante holgadas.
Nada más entrar yo había sentido una extraña sensación de pérdida. Algo faltaba. Comprendí que ya no olía a tabaco. Mi madre, fumadora empedernida, había olvidado fumar. En la mesa los ceniceros estaban relucientes y las fotos de bodas, vacaciones y nietos, boca abajo. La señora que vive con ella me miraba entristecida y levantó los hombros para señalar lo inevitable.
Me di la vuelta. Escudriñé sus ojos, y no vi nada. El cerebro de mi madre no estaba allí. La ayudé a sentarse y me coloqué a su lado “¿Has comido bien?” pregunté como una insensata y fui consciente de que yo ya no sabía de qué hablar. No contestó. Solo me miraba sin expresión, una tela opaca cubriendo su iris, quizá con algo de recelo o de miedo. No quise indagar si sabía quién era yo. Pensé que yo también sería una foto boca abajo. “Tengo que ir al baño” dijo. Y la acompañé.
Hipnotizada contemplé cómo las alianzas subían y bajaban enloquecidas en su dedo.
Poco después no pudimos posponer por más tiempo el ingreso en una residencia. Mis hermanos y yo éramos incapaces de manejar su deterioro. Ellos, hombres al fin y menos pacientes, insistían en que deberíamos quitarle las alianzas. A mi me parecía que eso era como despojar a un ser indefenso de la última brizna de humanidad.
Un mes después, digamos que perdió sus alianzas en la residencia. Nunca se recuperaron y tuvo que desistir del único gesto que instintivamente recordaba, aunque siguió durante algún tiempo buscando las sortijas en su dedo.
Llevo unos días jugando distraída, mientras trabajo, con mis sortijas. Es como un mantra que me da confianza y, mientras lo hago, siento que ya me van faltando hechos, imágenes, recuerdos en los que nunca he reparado. Hablo como mi madre, aplico refranes a la vida y me encojo de hombros quitando importancia a los problemas insignificantes. También tengo, como ella, peor genio y menos aguante ante las estupideces. Y, como ella, sé que voy a jugar con mis alianzas hasta que las pierda.
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