Ramona
Caminábamos en fila india. El cabo Benítez dos agentes de la guardia civil y yo el sargento pedrales. Tal vez el único superviviente de una estirpe de guardia civiles, destinados a la defensa de la sociedad. Nos dirigíamos a la cumbre del cerro Porras. Un lugar muy frecuentado en esta época del año, por recolectores de setas, durante este mes de septiembre.
Un setero había denunciado la existencia de un cadáver oculto entre piedras y tierra, el cual había sido desenterrado por alguna alimaña.
Durante el camino se contactaba un cálido olor a tomillo, que se acentuaba con el roce de las botas con las frágiles matas, convirtiéndose todo el trayecto en algo agradable.
El cabo Benítez no paraba durante todo el trayecto, de ir añadiendo escusas por haber sido incluido en el pelotón que nos dirigíamos al lugar de los hechos.
-Mi sargento ¿Por qué siempre que hay muerto me escoge a mí? Y durante las fiestas estoy siempre en el cuartelillo. –Me pregunta.
-Calla ya cabo, siempre poniendo pegas y aparte ya hemos llegado.
Hicimos una inspección ocular, donde se podía observar un conjunto de huesos enredados en una chaqueta raída, intente de abrir la chaqueta cuando el cabo como una exhalación hizo un hueco extrayendo algo entre los huesos
-¡Mi sargento! ¡Mi sargento! El arma del delito. –A la vez que nos desplazaba a todos fuera del muerto.
-“Cabo” ¿Qué has encontrado? –Y ten cuidado esto es el escenario de un crimen
-Mi sargento, un alfiler para el pelo estaba en el pecho, se lo habían clavado en el corazón.
-Siempre te digo que no cojas las cosas sin una apreciación visual.
-“Mi sargento” también hay una cartera con una carta. Ya sé quién es el muerto –-Es el juez Alberto se encuentra su carnet de identidad y su carnet de conducir, recuerdo que desapareció hace tres años y la carta dice….
-Dame esa carta Y no especules. –Le dije, arrancándosela de la manos y me puse a leerla.
Se trataba de una carta de amor, que por cierto yo escribí hace tres años a su mujer Ramona. La carta era anónima, no sé cómo estaba en su poder y que hace aquí su cuerpo, si la carta llega a oídos de la gente, terminaría mi carrera como defensor público. Ramona siempre ha sido el amor de mi vida y no he sido capaz de decírselo, lo intente con las cartas pero no fui capaz a decírselo personalmente.
-“Mi sargento” creo saber quién es el asesino. Es su mujer Ramona, el alfiler le pertenece, lleva una R de oro en un extremo y yo recuerdo de vérsela en el pelo. –Me dijo el sargento muy excitado.
-“Vale ya de especular cabo” manda que dos agentes esperen al juez y nosotros nos vamos al cuartelillo. –Le dije al cabo mientras pensaba en cómo resolver este problema sin que la gente sepa nada de las cartas que escribí a Ramona, podría ser el final de mi carrera.
Ya en el cuartelillo decidí de acercarme a visitar a Ramona, que casualmente estaba en el pueblo, normalmente suele vivir en la capital en casa de una hermana, desde la desaparición de su marido
-Cabo tráigame el alfiler, la prueba del delito, voy a casa de la sospechosa y la necesito para interrogarla. –Le pedí al cabo, que sabía de buena tinta que la tenía en su mesa dentro de una caja trasparente.
-Perdone mi sargento pero yo también debería de ir, he resuelto el caso y quiero estar en el interrogatorio, creo que me lo merezco.
Asentí a su petición a regañadientes, no se la manera de quitármelo de encima, tengo que evitar que no sepa lo la cartas. Yo personalmente no tenía los ánimos muy altos.
Llegamos a la casa de Ramona, vivía en una calle céntrica justo al lado de la plaza del pueblo, un apartamento que pertenecía a su difunto marido.
Llame discretamente a la puerta, a la vez que le pedí al cabo…
-Cabo. Déjame un momento que vea si el alfiler tiene un relieve de oro, creo haber visto otro igual.
Sin dar tiempo a respuesta, le arrebato la caja de las manos al cabo, al momento de abrirse la puerta, mientras lo alejaba de un empujón de la entrada, cerrándola tras de mí.
Y allí me encontraba frente a Ramona, mi amor de infancia y de toda la vida mis especulaciones sobre ella no han cambiado. Morena, ojos grandes y negros, labios ligeramente hinchados, a pesar de los años sigue igual de guapa. Tuvo que pasar medio minuto para poder quitarme el embrujo de esa mirada y poder entablar palabra.
-Hoola Ramona me alegro poder volverte a ver, la visita no es la que yo quisiera hacerte, pero las circunstancias mandan.
-En mi casa serás siempre bien recibido…. perdona pedrales, creo que llaman a la puerta.
-No abras es el cabo Benítez. No le he dejado entrar, porque prefiero hablar los dos solos
- Me parece bien. –Me dijo Ramona. A la vez que yo dejaba la caja con el alfiler, para que pudiese verlo.
-¿Esto te pertenece Ramona? –Lo encontramos clavado en el pecho de tu marido, que se encontraba enterrado en el cerro porras.
-Sabes que sí, el me lo regalo para nuestro primer aniversario y se lo clave en el corazón. –También te digo que no estoy arrepentida de haberlo hecho, si hubiese podido lo hubiese hecho antes. –Me contesta sin alterarse lo mas mínimo.
- Lo siento mucho, pero me veo en la necesidad de detenerte, creo que eres la autora del asesinato. –Le dije mientras ella lentamente, deslizaba su vestido al suelo, dejando a mis ojos lo que cualquier humano desearía tener delante. Pero lo que me mostraba obligaron a mis ojos a mirar al suelo. Esos pechos cubierto de quemaduras de cigarrillos a la vez que su abdomen y hombros, los pezones parcialmente mutilados. Lo que la naturaleza le había dado alguien lo ha mutilado
-El tiempo ha borrado parte de las cicatrices que me produjo ese carnicero, me maltrataba, mi vida ha sido todo un infierno. –Ya lo hacía al poco de casarnos, pero se acentuó cuando unos perros le mordieron en los genitales, dejándolo sin poder tener relaciones. – a la vez que volvió a cubrir su cuerpo, extendiendo seguidamente sus manos
-¿Por qué me ofreces tu manos Ramona?
-debo ir a la cárcel y pagar por este crimen.
-creo que ya has cumplido tu condena. –Le digo mientras recojo el alfiler para destruirlo.
-Espera Pedrales creo que esto es tuyo –Mientras me enseña las cartas
-¿Sabías que eran mías?, me agrada saberlo. Me gustaría que las guardases tú y poder venir a leerlas en otro momento, ten esta también que guardaba tu marido en la cartera. Le dije mientras abandonaba la casa.
Fuera me esperaba el cabo Benítez muy enfadado
-Mi sargento. No me parece bien la jugarreta que me ha hecho y la sospechosa ¿cómo no la has detenido?
-El alfiler pertenecía a una tal Rosa, ella no es sospechosa y además si no te callas tendrás guardias hasta navidad, le dije mientras el no paraba de refunfuñar todo el resto del camino hasta el cuartelillo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario